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Lo Que No Debo Tocar

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Blurb

Durante trece años, Dante Valeri ha sido la sombra de Valeria Moretti. La protegió cuando apenas era una niña temblorosa tras el atentado que casi le cuesta la vida a su padre, el jefe de una de las familias más implacables del submundo. Dante salvó al hombre, y a cambio, se le encomendó una misión: cuidar a su hija como si fuera suya.

Nunca fue su amigo. Nunca fue su hermano. Solo su guardián.

Ahora Valeria está a punto de cumplir 18 años. Ya no es la niña inocente que se escondía tras su abrigo en los funerales. Es una joven observadora, intensa, con una inteligencia afilada y una curiosidad peligrosa. Ha crecido sabiendo que el mundo está dividido en dos: los que mandan y los que obedecen. Y Dante siempre ha estado en la segunda categoría… aunque sus ojos digan otra cosa.

Lo que comienza como una fascinación adolescente pronto se convierte en algo más: una atracción mutua, silenciosa, inevitable. Pero en su mundo, el deseo es una debilidad… y el amor, una traición.

Cuando una nueva amenaza emerge desde dentro de la propia organización familiar, Dante se ve forzado a elegir entre su juramento de lealtad… o el corazón que ha protegido desde antes de que supiera latir por él.

Porque protegerla ya no significa mantenerla a salvo.

Significa resistir el impulso de tocar lo que nunca debió desear.

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Capítulo 1: Lo Que No Debo Ver
La lluvia caía en hilos finos sobre el parabrisas, desdibujando las calles de la ciudad en acuarela gris. Dante ajustó el retrovisor sin levantar la vista del camino. A las siete y doce de la mañana, como cada día desde hacía trece años, recogía a Valeria frente a la verja de hierro forjado de la residencia Moretti. Hoy, sin embargo, algo era distinto. No en el exterior —el coche n***o blindado seguía siendo el mismo, el cielo seguía estando cargado, la rutina seguía intacta—, sino en ella. Valeria bajó las escaleras con un paso más ligero, casi saltarín, como si hubiera bebido algo prohibido antes del desayuno. Llevaba el uniforme escolar: falda plisada azul marino, camisa blanca con el escudo bordado, medias hasta las rodillas. Pero algo en la forma en que se colocó el bolso al hombro, en cómo sonrió al verlo —no con la familiaridad de siempre, sino con un brillo deliberado— le tensó la mandíbula. —Buenos días, Dante —dijo, abriendo la puerta trasera. Él asintió, sin mirarla. —Señorita Valeria. Ella subió, dejando escapar un suspiro que no era de fastidio, sino de… anticipación. Se acomodó en el asiento, dejando la mochila a un lado, y cruzó las piernas con una naturalidad que, en otro contexto, habría pasado desapercibida. Pero Dante conocía cada gesto de Valeria. Había visto sus primeros pasos, sus primeras lágrimas, la primera vez que se negó a tomar la mano de su padre en un funeral. Sabía cuándo fingía y cuándo no. Y hoy no fingía. Sacó su teléfono del bolsillo y, tras un rápido vistazo al espejo retrovisor —sí, él seguía mirando la carretera, sí, estaba concentrado—, marcó un número. —¿Hola? Sofía, soy yo —dijo, con una voz más baja, más suave, como si ya estuviera compartiendo un secreto. Dante mantuvo las manos a las nueve y tres, los ojos fijos en el tráfico, el oído afinado como siempre. No por desconfianza. Por costumbre. Por instinto. —Sí, estoy en el coche —rió Valeria, tapándose la boca con la mano—. No, él no puede oír. Dante nunca escucha… bueno, sí escucha, pero no entiende lo que decimos. Una pausa. —¡Exacto! Es como si fuera parte del asiento. Dante no reaccionó. Pero su pulso, por primera vez en años, se aceleró medio latido. —¿La fiesta? Sí, ya tengo el plan —continuó Valeria, girándose un poco en el asiento, apoyando la espalda contra la puerta y estirando las piernas hacia el frente. Al hacerlo, la falda se deslizó unos centímetros más arriba de lo debido. No fue intencional, no del todo. Pero lo suficiente como para que, al cambiar de carril, Dante viera —solo un instante— el borde de unas braguitas negras, de encaje fino, bajo la tela azul marino. Cerró los ojos por una fracción de segundo. No mires. No pienses. No te atrevas. Volvió a centrarse en la carretera, pero su postura se endureció. Los nudillos se le blanquearon sobre el volante. —Voy a decirle a papá que me quedo a estudiar en casa de Lucía —decía Valeria, jugueteando con el dobladillo de su falda, sin darse cuenta de lo que había revelado—. Pero en realidad iré a la fiesta de Marco en el loft de su tío. Dicen que va a haber DJ, alcohol… y chicos de otras escuelas. Otra risa. Más baja. Más húmeda. —Sí… quiero sentirme normal, por una noche. Solo una. Dante tragó saliva. Normal. Como si su vida hubiera sido otra cosa. Valeria colgó poco después, dejando el teléfono sobre su regazo. Hubo un silencio largo, espeso, roto solo por el ronroneo del motor y el tamborileo de la lluvia en la carrocería. Luego, con una lentitud deliberada, ella se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el respaldo del asiento del conductor. —Dante —dijo, su aliento cálido rozando casi la nuca de él. Él no respondió. No podía. —Sabes que no dirás nada, ¿verdad? No era una pregunta. Era una certeza. Y eso, más que cualquier gesto o palabra, fue lo que lo conmovió. Porque Valeria ya no era la niña que necesitaba protección. Era una joven que confiaba en que él la protegería incluso de su padre. Incluso de sí misma. —No es mi lugar opinar —dijo al fin, con voz ronca, cuidadosamente neutral. —Pero sí lo es —susurró ella—. Siempre lo ha sido. Volvió a su asiento. Esta vez, al acomodarse, no cruzó las piernas. Simplemente dejó que una rodilla se doblara hacia un lado, la falda subiendo un poco más. No lo miraba. Pero sabía que él la miraba. Y Dante… Dante no podía dejar de hacerlo. En el espejo, vio cómo ella se mordía el labio inferior, cómo sus ojos se entrecerraban como si ya estuviera imaginando lo que haría esa noche: la música, las luces, las manos ajenas rozándola. La idea le revolvió el estómago. No por celos. No exactamente. Por miedo. Porque él conocía ese mundo. No el de los lofts y los DJ. El de verdad. El de las promesas rotas, los cuerpos usados, las vidas desechadas. Y Valeria… Valeria era demasiado brillante para eso. Demasiado pura, a pesar de todo. —Tendrás que regresar antes de la medianoche —dijo, sin mirarla. Ella sonrió. —¿Eso es un sí? —Es una advertencia. —Entonces es un sí —repitió, recostándose contra el asiento con una satisfacción que rayaba en la insolencia. Dante apretó los dientes. Había traspasado una línea. No con ella. Consigo mismo. Porque había respondido. Porque había permitido. Porque, por primera vez en trece años, no había sido solo su guardián. Había sido cómplice. Cuando llegaron a la escuela, Valeria bajó sin prisa. Se ajustó la falda, se alisó el cabello y, antes de cerrar la puerta, se giró hacia él. —Gracias, Dante. Él asintió. —Cuídate, señorita. Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. —No soy una niña, ¿sabes? —Lo sé. —Entonces deja de tratarme como tal. Cerró la puerta. Él esperó a que desapareciera tras las puertas del instituto antes de encender el motor de nuevo. Pero mientras se alejaba, no podía sacar de su mente la imagen de su ropa interior negra, el brillo travieso en sus ojos, la forma en que había dicho “sí” como si ya hubieran cruzado juntos el umbral de algo irreversible. Y lo peor no era que la hubiera visto. Era que había querido verla. Ya no era solo su deber protegerla. Ahora, también tenía que protegerse de sí mismo. Porque lo que había despertado en él no era lealtad. Era deseo. Y en su mundo, el deseo era la primera chispa del caos.

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