Capítulo 6: Lo Que No Debo Escuchar

1467 Words
La biblioteca del ala este siempre olía a cuero viejo, tabaco sin quemar y decisiones que nunca se deshacían. Valeria lo sabía porque, desde los nueve años, había aprendido a esconderse tras los estantes más altos cuando quería escuchar lo que no debía. Hoy no era distinto. Solo que esta vez, su corazón latía con tanta fuerza que temía que los dos hombres al otro lado de las estanterías la oyeran respirar. —Siéntate, Dante —dijo la voz de su padre, grave y controlada. Valeria asomó apenas un ojo entre dos tomos encuadernados en verde oscuro. Dante estaba de pie junto al escritorio, con las manos a los costados, la chaqueta abierta, la pistola visible en su cadera. No se sentó. —Prefiero estar de pie, señor. —Como quieras. —Silencio. Luego—: Anoche pasó algo que no me gustó. —Lo sé. —¿Lo sabes? ¿O solo supones? Dante no titubeó. —Sé que llevé a Valeria a una fiesta sin su autorización. Sé que la saqué de allí cuando estuvo en peligro. Y sé que… no le conté. —No me refería a eso —dijo su padre, levantándose—. Me refería a lo otro. Valeria contuvo el aliento. Dante bajó la mirada. —No pasó nada que pusiera en riesgo su seguridad. —¡Su seguridad no es lo único que está en juego! —estalló su padre, por primera vez mostrando una grieta en su compostura—. ¡Ella es mi hija! ¡La única sangre que me queda! Y tú… tú has estado a su lado desde que era una niña que lloraba en funerales que ni entendía. —Lo sé —dijo Dante, con voz ronca—. Por eso jamás la tocaría. —¿Entonces por qué la miras como la miras? Silencio. Valeria apretó los dientes. No quería escuchar esto. Pero tampoco podía irse. —No tengo excusa, señor —dijo Dante al fin—. Solo lealtad. Y, sí… deseo. Pero el deseo no me ha traicionado. Me ha recordado por qué debo mantener distancia. Su padre se acercó a él, hasta quedar a menos de un metro. —Dime la verdad: ¿la besaste? Dante no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro, pero firme. —Sí. Valeria cerró los ojos. La palabra cayó como una piedra en su pecho. —¿Y qué más? —Nada. La detuve. Me fui. —¿Por qué? —Porque no soy digno de ella. Porque lo que he hecho en mi vida… no merece tocar lo que usted ha protegido con tanto sacrificio. Su padre lo miró largo rato. Luego, con una calma inquietante, se sirvió un trago de whisky de una botella de cristal tallado. —Hace trece años, un hombre con un rifle esperaba en la azotea del Palazzo Rosso. Iba a dispararme en la cabeza durante el funeral de mi hermano. Tú lo viste antes que nadie. Subiste, solo, sin refuerzos, y lo mataste con tus propias manos. —Se giró—. ¿Sabes por qué te dije que cuidaras a Valeria ese mismo día? —Porque le salvé la vida. —No. Porque vi algo en ti que ya no veía en mis hombres: honor. No lealtad por miedo. Honor por convicción. Dante no dijo nada. —Pero el honor se rompe, Dante. Y el deseo… el deseo es el primer clavo en su ataúd. —No quiero traicionarla —dijo Dante, con los puños apretados—. Ni a usted. Ni a ella. Pero cada día que pasa, se vuelve más difícil fingir que solo soy su sombra. —Entonces vete. Valeria abrió los ojos de golpe. —¿Qué? —preguntó Dante, incrédulo. —Vete. Deja de ser su guardaespaldas. Deja esta casa. Esta ciudad. Empieza de nuevo en otro lado. —No puedo. —¿Por qué no? —Porque si me voy… ¿quién la protegerá de mí? Su padre se quedó callado. Fue un silencio largo, denso, como si ambos hombres estuvieran midiendo el abismo entre el deber y el corazón. —Escúchame bien —dijo al fin—. Si alguna vez la tocas… no como guardián, sino como hombre… no seré yo quien te mate. Será ella. Porque cuando te des cuenta de lo que has hecho, ya será demasiado tarde para arrepentirte. Ya habrás destruido lo único puro que te quedaba. Dante bajó la cabeza. —Lo sé. —Entonces quédate. Pero recuerda tu lugar. Recuerda que ella no es tuya. Y si algún día lo fuera… que sea porque ella lo elija, no porque tú no pudiste resistir. —Nunca la presionaría. —No tienes que hacerlo. Basta con que la mires. Basta con que respires cerca de ella. Porque Valeria no es tonta. Y ya no es una niña. En ese momento, un ruido leve hizo que ambos hombres se tensaran. Valeria había rozado un libro sin querer. El corazón le golpeó las costillas como un pájaro enjaulado. —¿Quién está ahí? —preguntó su padre, girándose hacia los estantes. Valeria no tuvo tiempo de reaccionar. Salió, con la cara enrojecida, los ojos brillantes. —Yo. Su padre la miró, no con enojo, sino con resignación. —¿Cuánto oíste? —Todo. Dante no se movió. Pero sus ojos la atravesaron, llenos de culpa, advertencia… y algo más. Algo que no podía nombrar. —Entonces ya sabes —dijo su padre—. Esto no es un cuento. No hay fin feliz para los que desobedecen las reglas de este mundo. —No quiero un cuento —respondió Valeria, con la voz temblorosa pero firme—. Quiero la verdad. Se giró hacia Dante. —¿Por qué te fuiste anoche? Él la miró como si le doliera hacerlo. —Porque si me quedaba, no habría podido detenerme la próxima vez. —¿Y si no quiero que te detengas? —¡Valeria! —intervino su padre—. No sabes lo que dices. —Sí lo sé. Sé que lo deseo. Sé que él me desea. Y sé que ambos estamos atrapados en una jaula que no construimos. Dante dio un paso al frente, como si fuera a tocarla, pero se detuvo. —No es una jaula. Es una protección. Y si la rompemos… no habrá regreso. —Entonces que no haya regreso —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Prefiero caer contigo que vivir sin tocarte nunca. Su padre suspiró, cansado. —Vayan los dos. Hablen. Pero recuerden: lo que decidan hoy… tendrá consecuencias mañana. Se retiró, dejándolos solos en la biblioteca. El silencio entre ellos era tan denso que parecía respirar. —No deberías haber escuchado —dijo Dante. —No debería haber besado —respondió ella—. Pero lo hice. Y no me arrepiento. Él se acercó, lentamente, hasta que solo los separaban unos centímetros. —Valeria… si esto sigue, alguien va a salir herido. —Ya estoy herida. Cada vez que me miras y te alejas. Él cerró los ojos. —No sabes lo que es querer algo que no puedes tener. —Sí lo sé. Es lo único que conozco. Dante levantó una mano, como si fuera a tocar su rostro, pero la detuvo en el aire. —Eres la hija del jefe. Eres el futuro de esta familia. Y yo… soy el hombre que mató para que tú vivieras. No somos iguales. —No quiero que seas igual. Quiero que seas mío. Él bajó la mano, derrotado. —No puedes tenerme. —¿Por qué no? ¿Porque tienes miedo de mancharme? Pues ya lo hiciste. Con tu mirada. Con tu silencio. Con la forma en que me abrazaste anoche, como si yo fuera lo único sagrado en tu vida. Dante no respondió. Pero en sus ojos, Valeria vio la verdad: ya no podía negarlo. —Dime una cosa —susurró ella—. Si no fuera la hija del jefe… ¿me habrías dejado ir anoche? Él la miró, y por primera vez, no hubo disciplina en su expresión. Solo deseo. Solo dolor. —No —dijo—. Te habría tenido toda la noche. Y habría pagado cualquier precio por ello. Valeria sonrió, triste pero segura. —Entonces ya sabes mi respuesta. Se acercó, apoyó la frente en su pecho, y sintió su corazón latir desbocado contra su mejilla. Dante no la abrazó. Pero tampoco se movió. Y en ese momento, ambos supieron que la línea había sido cruzada. No con un beso. No con un toque. Sino con la verdad. La puerta de la biblioteca se cerró con un chasquido suave. El mundo seguía allí afuera, esperando destruirlos. Pero por ahora… por ahora, solo existían ellos.
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