Capítulo 4: Lo Que No Debo Sentir

1217 Words
El cuerpo de Valeria era fuego sobre su piel. No el fuego rápido y destructivo de una explosión, sino el lento, devorador, que quema desde adentro hasta que ya no queda nada que salvar. Dante la tenía entre sus manos —literalmente—, arrodillada sobre él, el vestido n***o hecho un ovillo en la cintura, los pechos desnudos iluminados por la tenue luz que entraba por las cortinas entreabiertas. Firmes, perfectos, coronados por unos pezones rosados que se endurecieron bajo su mirada antes incluso de que los tocara. Y él quería tocarlos. Dios, cómo quería. Había soñado con eso. No en imágenes claras, no en fantasías elaboradas, sino en sensaciones: la curva de su cintura bajo sus dedos al ayudarla a bajar del coche, el olor de su champú cuando se inclinaba para ajustarle el cinturón, el sonido de su risa al cumplir quince, dieciséis, diecisiete… cada año más mujer, cada año más peligrosa para su cordura. Pero esto… esto era real. Y era peor que cualquier sueño. —Dante… —susurró ella, inclinándose hacia adelante, las manos apoyadas en su pecho—. No pares. Él no respondió. No podía. Porque en el momento en que sus dedos rozaron sus pechos —suaves al principio, luego con más presión—, Valeria emitió un gemido bajo, gutural, que resonó en su cráneo como una detonación. Y entonces se perdió. Sus manos subieron por su espalda, la atrajo contra sí, sintiendo cada centímetro de su piel desnuda contra la tela de su camisa. Ella se frotó contra su entrepierna, instintivamente, buscando alivio, buscando más. Y él, el hombre que había controlado cada impulso durante trece años, dejó escapar un gruñido ronco que no reconoció como suyo. Por un instante, pensó: Que se joda todo. Que se joda el juramento. Que se joda el deber. Que se joda el pasado. Pero entonces, como una cuchilla helada en medio del fuego, recordó. No soy digno de ti. No por lealtad. No por edad. Sino por lo que había hecho antes de conocerla. Antes de que Valeria Moretti existiera para él, Dante ya había manchado sus manos en sangre que no era de guerra, sino de venganza. Había matado a hombres por dinero, por lealtad mal entendida, por silencio. Había sido el brazo derecho de un mundo que no merecía su inocencia. Y aunque el jefe lo había redimido con un nuevo propósito —“protege a mi hija”—, Dante nunca se había perdonado a sí mismo. Y ahora… ahora ella estaba allí, desnuda, jadeante, ofreciéndose con la pureza desesperada de quien cree que el deseo es amor. —Valeria… —dijo, con la voz quebrada, agarrándola por los hombros—. Para. —¿Por qué? —preguntó ella, confundida, los ojos vidriosos de deseo y alcohol—. ¿No me deseas? —Más de lo que debería. Más de lo que puedo. —Entonces… hazlo. —¡No! —El grito salió más fuerte de lo que pretendía. Valeria se tensó. Dante respiró hondo, luchando contra el impulso de atraerla de nuevo. En cambio, la abrazó. No con pasión, sino con desesperación. La envolvió en sus brazos como si quisiera protegerla no del mundo exterior, sino de él. —Escúchame —dijo, pegando su frente a la de ella—. Lo que siento por ti… no es solo deseo. Es algo peor. Porque quiero protegerte, sí, pero también quiero poseerte. Y eso… eso me convierte en lo que más temo ser. —¿Un hombre? —susurró ella. —Un pecador. Ella lo miró, confundida, vulnerable. —No entiendo. —No tienes que entenderlo —respondió, acariciando su cabello con una ternura que contradecía el caos en su pecho—. Pero tienes que creerme cuando digo que no merezco tocarte. No después de todo lo que he hecho. No cuando tu vida aún puede ser limpia… y la mía ya está manchada. Valeria frunció el ceño. —No me importa tu pasado. —A mí sí. Porque si alguna vez alguien te lastima… que no sea yo. Hubo un silencio largo. Ella lo miraba como si lo viera por primera vez no como su guardián, sino como un hombre con cicatrices invisibles. —Entonces quédate —dijo al fin—. No me toques… solo quédate. Pero Dante ya estaba al límite. Si se quedaba un segundo más, rompería. Y cuando rompiera, no podría volver a mirarla sin desearla. Sin arrepentirse. Sin odiarse. Con un esfuerzo que le costó el alma, la apartó suavemente, se levantó de la cama y se alejó. Recogió su chaqueta del suelo, se ajustó el cinturón donde llevaba la pistola —el símbolo de lo que era, no de lo que quería ser— y se giró hacia ella por última vez. Valeria estaba sentada en el borde de la cama, desnuda, con los brazos cruzados sobre el pecho, no por vergüenza, sino por frío. O por abandono. —Lo siento —dijo él. —No lo sientas —respondió ella, con una voz más fuerte de lo que esperaba—. Pero no vuelvas a decirme que no me deseas. Porque ya te vi. Y sé la verdad. Dante no respondió. Salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad, como si temiera despertar a un fantasma. En el pasillo, apoyó la frente contra la pared fría de mármol. Su corazón latía como si hubiera corrido una maratón. Sus manos temblaban. Se sentía vacío. Y al mismo tiempo, lleno de algo que no tenía nombre. Había dejado salir el deseo. Y ahora, no sabía si podría meterlo de vuelta en la jaula. Caminó hasta su cuarto en la parte trasera de la residencia —una habitación modesta, sin adornos, como su vida— y se quitó la camisa. Frente al espejo, vio las marcas en su pecho: las uñas de Valeria, los besos húmedos, la huella de una tentación que ya no era abstracta. Se dejó caer en la cama, con los ojos abiertos, mirando el techo. Sabía que no podría dormir. Porque cada vez que cerrara los ojos, la vería a ella. Desnuda. Jadeante. Diciéndole que era suyo. Y la peor parte no era que la deseaba. Era que, por primera vez en su vida, quería ser de alguien. Pero no tenía derecho. No con su pasado. No con su juramento. No con el mundo en el que vivían. Más tarde, mucho más tarde, cuando el reloj marcó las tres de la mañana, Dante salió de la casa. Después de una larga ducha fría para poder bajar la presión que todavía sentía sus gemidos cuando cerraba los ojos. El deseo lo hizo desbordar, se agarro su m*****o con tal fuerza, no lo llevo mas de tres apretadas para venirse con tal violencia contenida. Se vistió todavía con el deseo sobre su piel, ya no se la podía sacar de su mente. Caminó hasta el garaje, subió al coche y condujo sin rumbo, con las ventanas abajo, dejando que el aire frío le limpiara la piel… y el alma. Pero sabía que nada lo limpiaría de esto. Porque lo que sentía por Valeria ya no era un deber. Era una condena. Y una bendición. Y no sabía cuál de las dos lo destruiría primero.
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