Capítulo 8: Lo Que No Debo Elegir

1451 Words
La tormenta llegó al anochecer. No era solo lluvia. Era un diluvio furioso, como si el cielo supiera lo que estaba por suceder y llorara por anticipado. Valeria miraba por la ventana del almacén convertido en refugio temporal, con una manta alrededor de los hombros y el sabor de Dante aún en los labios. Él estaba al otro lado de la habitación, limpiando su arma con movimientos precisos, metódicos. Pero sus ojos no dejaban de buscarla. Cada pocos segundos, como si necesitara asegurarse de que seguía allí. Los refuerzos habían llegado hacía dos horas: cuatro hombres leales a la familia Moretti, enviados por el padre de Valeria en cuanto supo del ataque. Ninguno les hizo preguntas. Solo asintieron, montaron guardia, y les dieron espacio. Demasiado espacio. Demasiado silencio. —Van a venir por mí —dijo Valeria, sin mirarlo. —Lo sé —respondió Dante. —No por ti. Por mí. Porque saben que soy su punto débil. Dante dejó la pistola sobre la mesa y se acercó. No la tocó, pero se detuvo a medio metro, como si ya supiera que cualquier contacto los haría arder de nuevo. —No eres su punto débil. Eres su legado. Y los legados… se defienden hasta la muerte. —¿Y si no quiero ese legado? —preguntó ella, girándose—. ¿Y si no quiero ser la hija del jefe? ¿Y si solo quiero ser… tuya? Dante cerró los ojos. —No es tan simple. —Sí lo es. Elige. O me proteges como guardián… o me amas como hombre. Pero no puedes hacer ambas cosas para siempre. Antes de que él pudiera responder, la puerta del almacén se abrió con fuerza. Uno de los hombres entró, empapado, con el rostro tenso. —Llamada entrante del jefe. Quiere hablar con ustedes. —Hizo una pausa—. Dice que ya sabe quién envió a los atacantes. Dante asintió. —Ponlo en altavoz. El teléfono sonó una vez. Luego, la voz de su padre llenó la habitación, fría, controlada, peligrosa. —Valeria. Dante. Escuchen bien. Los hermanos Ríos han declarado guerra. No solo a mí… sino a ti, Valeria. Te culpan por la muerte de su sobrino, el que murió en el atentado del puerto hace tres meses. —Silencio—. Piensan que eres la próxima heredera. Y quieren asegurarse de que nunca lo seas. —¿Qué quieren? —preguntó Dante. —Tu cabeza, Dante. Y el cuerpo de mi hija… como trofeo. Valeria palideció. —No van a tocarme —dijo, con la mandíbula apretada. —No si haces lo que te diga —respondió su padre—. Mañana a las siete, habrá un avión privado en el hangar norte. Dante, tú la llevarás a Ginebra. Allí estará a salvo. Nueva identidad. Nueva vida. Lejos de todo esto. —¿Y tú? —preguntó Valeria. —Yo me quedaré. Y limpiaré esta ciudad de traidores. —¿Y Dante? —insistió ella, con el corazón en la garganta. Silencio al otro lado de la línea. Largo. Demasiado largo. —Dante se queda conmigo —dijo al fin su padre—. Es lo que debe hacer. Es lo que juró hacer. Valeria miró a Dante. Sus ojos decían todo lo que no podía decir en voz alta: No me dejes. —Señor… —empezó Dante, con voz ronca—. Permítame acompañarla. Solo hasta que esté segura. —No. —La voz del jefe era definitiva—. Si te vas con ella, nunca regresarás. Y si no regresas… no eres el hombre que creí que eras. La llamada terminó. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier balacera. —No puedo irme sin ti —dijo Valeria, acercándose a Dante. —Tienes que irte —respondió él, agarrándola de los hombros—. Es la única forma de que sobrevivas. —¡Pero tú no sobrevivirás aquí! ¡Él te usará hasta que no quede nada de ti! —Ese es mi destino. —¡No! —gritó ella, con lágrimas en los ojos—. Tu destino es conmigo. Dante la atrajo contra su pecho, enterrando el rostro en su cabello. —Si me voy contigo… traiciono a tu padre. Rompo mi juramento. Y en este mundo, eso me convierte en un traidor. Y los traidores… no tienen futuro. —Entonces construyamos uno nuevo —susurró ella—. Lejos de aquí. Lejos de las reglas. Solo nosotros. Él la apartó suavemente, mirándola a los ojos. —¿Y si no soy suficiente para ti, Valeria? ¿Y si un día me maldices por haberte arrastrado lejos de tu legado? —Nunca —dijo ella, con firmeza—. Porque tú eres mi legado. Eres todo lo que he querido desde que supe lo que era el deseo. Dante respiró hondo, como si estuviera tomando una decisión que cambiaría el curso de su vida. —Entonces escúchame bien. Mañana, a las siete, estaré en el hangar norte. Pero no para despedirte. Sino para irme contigo. Valeria lo miró, incrédula. —¿Estás dispuesto a perderlo todo? —Ya lo perdí todo el día que te besé —respondió él, con una sonrisa triste—. Lo único que me queda… eres tú. Esa noche, mientras la tormenta arreciaba, hicieron el amor por primera vez. No fue en un almacén frío ni bajo la amenaza de balas. Fue en una habitación pequeña al fondo del edificio, con una cama estrecha y una lámpara que parpadeaba. Pero para ellos, fue un santuario. Dante la tocó como si fuera un milagro. Lento. Reverente. Cada caricia una promesa. Cada beso, un juramento distinto al que había hecho años atrás. Cuando entró en ella, ambos gimieron como si sus almas se reconocieran al fin. Valeria se aferró a su espalda, sintiendo las cicatrices que él nunca le había mostrado, y supo que cada una tenía una historia… y que ahora, también tenía la suya. —Te amo —susurró ella, con los ojos cerrados. Dante se detuvo, enterrado en ella, y apoyó la frente en su cuello. —No digas eso. Porque si me amas… nunca podré dejarte ir. —Entonces no lo hagas. Y siguieron, moviéndose como si el mundo ya no existiera. Como si solo importara ese momento. Ese calor. Esa verdad. Al amanecer, estaban abrazados, exhaustos, con las piernas enredadas y los corazones sincronizados. —¿Estás segura? —preguntó Dante, acariciando su cabello. —Nunca he estado más segura de nada. Se vistieron en silencio. Recogieron lo poco que tenían. Y salieron del almacén bajo la luz gris del alba. El hangar norte estaba desierto. Demasiado desierto. —Algo no está bien —dijo Dante, agarrando su arma. Pero antes de que pudiera reaccionar, las luces del hangar se encendieron de golpe. Y allí, en medio de la pista, estaba su padre. Solo. Sin guardaespaldas. Sin armas visibles. —Sabía que vendrían —dijo, sin sorpresa—. El amor siempre es predecible. —Papá… —empezó Valeria. —No. Déjame hablar. —Se acercó—. Anoche, ordené la muerte de los hermanos Ríos. Ya no son una amenaza. Y tú, Valeria… ya no necesitas huir. —Entonces, ¿por qué estamos aquí? —preguntó Dante. —Porque tú necesitas elegir. ¿Te quedas conmigo… o te vas con ella? Dante miró a Valeria. Luego a su jefe. Y supo que, esta vez, no había reglas. Solo corazón. —Me voy con ella. Su padre asintió, como si ya lo supiera. —Entonces ya no eres mi hombre. Pero tampoco eres mi enemigo. —Hizo una pausa—. Solo recuerda esto, Dante: si alguna vez la lastimas… no enviaré sicarios. Iré yo mismo. —Nunca la lastimaré —dijo Dante, tomando la mano de Valeria—. Porque ella es mi redención. Su padre se giró, caminando de regreso al coche. Pero antes de subir, se detuvo. —El avión es real. Está lleno de dinero, pasaportes, todo lo que necesiten. —Miró a su hija—. Vive, Valeria. Vive como nunca pude enseñarte a hacerlo. Y se fue. Dante y Valeria subieron al avión, dejando atrás la ciudad que los había forjado… y encadenado. Mientras el jet despegaba, Valeria apoyó la cabeza en el hombro de Dante. —¿A dónde vamos? —A donde nadie nos conozca. A donde solo seamos tú y yo. Ella sonrió, cerrando los ojos. —Entonces ya llegamos. Porque en sus brazos, por fin, estaba a salvo. No como la hija del jefe. Sino como la mujer que había elegido amar al único hombre que la había visto… y no había tenido miedo de desearla.
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