A primera hora de la mañana me pongo en pie, siempre dormir hasta tarde me llama la atención, pero no debo ceder a mis deseos carnales, tengo que trabajar. Debo apresurarme, si quiero lograr ser una de las primeras en la firma de abogados, quizás no tengan ni que postular en el periódico que buscan un asistente para el caso de mayor atención de la población en la actualidad, estoy segura de que si convocan a entrevistas masivas habrá gente de todo el país, la conmoción ha arropado todo Estados Unidos, no sólo Miami y todo Florida ha llorado a las víctimas, sus familiares hacen marchas, protestas, vigilias, la gente clama por justicia.
La falda negra ceñida a mi cuerpo que llega encima de mi rodilla con los confiables tacones rojos y una camisa blanca me hará llamar la atención, debo lucir impecable, la primera impresión cuenta y si mi amiga tiene razón, en el perfil de lo que buscan prefieren a una mujer atractiva, no es que yo lo sea tanto, pero no estoy nada mal, el espejo dice que me veo muy bien.
No tengo tiempo para desayunar, ya mi pelo arreglado, ropa lista, nervios a flor de piel y deseos de poder obtener este empleo. El caso de ese señor, acusado de crímenes horrendos me genera mucha curiosidad, si ya le han condenado no veo cómo podrá demostrar su inocencia, así que aprenderé mucho si me aceptan, la universidad no me preparó para esto, la vida en si misma es la escuela y universidad que me hace falta y tengo ganas de vivir las experiencias que me forjen el nombre que necesito tener por mí misma, más allá de mi padre.
Tomo un taxi, hace un tiempo que no uso los vehículos de mi casa, mi padre que ama controlar todo le tiene GPS y creo que hay límites hasta para andar controlando.
—¿A dónde señorita? —pregunta el taxista.
—A la firma Walter y asociados, por favor.
Llegamos en poco tiempo, camino al edificio a toda prisa, el reloj está a punto de marcar las ocho y eso hace estallar el tránsito y el flujo de personas yendo a sus trabajos, escuela y todo tipo de lugares, así que camino casi corriendo para alcanzar el ascensor, pero está a punto de cerrarse la puerta hasta que un brazo la detiene, un hombre intervine el ascensor para que pueda tomarlo.
—¡Gracias! —bajando mi falda, pasando mi mano por el pelo aun despeinado por la brisa que me recibió al llegar y con la prisa que se me ve en el rostro, aquel hombre de traje me mira de arriba abajo, lo cual me parece una falta de respeto.
—Un placer ¿Nos conocemos? —pregunta.
—No lo creo y no estoy interesada en conocerlo.
—¿Por qué tan tosca? Sólo estaba siendo amable.
—Si, si, saltémonos esas líneas, lo he atrapado mirándome de arriba hacia abajo.
—Perdone usted, si no quiere que le vean no se arregle una falda en público y no calce zapatos rojos porque usualmente eso llama la atención.
—Muy gracioso ¿No? Ahora es mi culpa, pero es lo que ustedes siempre dicen “estaba siendo amable” y después me siento apenada, me invita un trago, terminamos en la cama y no nos volvemos a ver.
—¿Ese es el estilo de vida que usted lleva? ¿Acostumbra a hacer esas cosas? —escandalizado pregunta.
—Es el estilo que a ustedes los hombres les gusta que una dama lleve, pero no, yo ya se me ese juego y precisamente como no llevo ese estilo de vida, evado a toda costa que me acerquen a ello —se le ve en la cara que acostumbra a que le rueguen las mujeres porque es un hombre muy apuesto, maduro, debe andar en sus treinta y algo, ojos claros como miel, piel blanca algo bronceada, usa traje, pero se puede notar que se ejercita y yo porque me detenga el ascensor no voy a caer en agradecimientos, porque pocos hacen algo sin esperar a cambio.
—¿La pongo nerviosa? Me parece que exagera en sus palabras y está siendo totalmente incoherente, no crea que mi amabilidad era un cortejo, no soy esa clase de hombres, debería medir bien sus palabras antes de hacerse juicios.
—Tal vez hablé sin pensar… —me interrumpe.
—Déjelo así, espero no volver a toparnos y que no deba ser amable con usted. Está claro que no tiene juicio para juzgar si alguien le dice algo con cierta intensión o no, ha estado creando un mundo sin pruebas, espero que usted no se dedique al litigio porque lo haría fatal con esa clase de prejuicios —me deja con la palabra en la boca y con semejante bomba de insulto.
Los nervios me han afectado a tal punto que tal vez me he excedido con un total desconocido creyendo que coqueteaba quizás terminé ofendiéndole, espero que no trabaje aquí, sería una locura verle otra vez después de semejante encuentro. En lo adelante debo tratar de ser más reservada y no decir lo primero que me llegue a la mente.
Pregunto por mensaje a Mónica en cuál piso debo quedarme, resulta que me he pasado, era en el cuarto piso según lo que me responde y allí es donde debía preguntar por el licenciado Darren White. Selecciono el piso correcto y espero a que el ascensor baje. Sigo acusándome mentalmente de actuar como una loca y excesiva exagerada con demás ingredientes, es que siempre que meto la pata después repaso y veo mis errores.
—Buen día ¿Cómo le podemos ayudar? —se acerca a mí una joven.
—Buen día, busco al licenciado White.
—¿Darren White?
—Si, vengo por el puesto de asistente.
—¿El señor le espera?
—No, me lo ha dicho una amiga y vine sin avisar, él ni siquiera me conoce.
—Entiendo. Puede sentarse, en breve le aviso al señor que le buscan y vemos si le puede recibir hoy.