Catalina
El tiempo dejó de tener forma.
No supe si fueron horas o días hasta que el hambre empezó a doler de verdad, como un puño cerrado bajo mis costillas. Dormía a ratos, si aquello podía llamarse dormir: breves caídas en la inconsciencia interrumpidas por el entumecimiento en los brazos y el ardor en las muñecas.
No volvió esa noche.
Ni la siguiente.
La ausencia fue peor que su voz.
Me soltó solo lo necesario.
La primera vez que regresó lo hizo en silencio. Desató mis tobillos, luego mis muñecas, sin quitarme el saco. Intenté incorporarme sola, pero mis piernas fallaron y él me sostuvo por el brazo con firmeza, guiándome como si yo fuera un objeto frágil que no debía romperse todavía.
El olor cambió: menos aceite, más humedad. Azulejos fríos bajo mis pies.
—Hazlo.
Nunca hubo burla en su voz. Tampoco compasión.
Hice lo que mi cuerpo necesitaba hacer con él allí, presente, respirando detrás de mí. No dijo nada. No se apartó. Solo esperó, como si supiera que ese momento también le pertenecía.
Cambió el talego por un antifaz, de esos que se usan para dormir. La oscuridad no se fue. Se volvió más densa, más íntima, obligándome a depender de él para cada movimiento.
Me ayudó a ducharme. El agua corría sobre mi piel mientras sus manos me guiaban con una calma inquietante, firme sin brusquedad, precisa… como si conociera mi cuerpo mejor que yo misma.
Antes de volver a vestirme con una camiseta y un antifaz seco, me dio agua. Apenas unos sorbos. Luego algo de comida. Lo justo.
Lo suficiente para mantenerme consciente.
Lo suficiente para explorarme a su gusto.
El cansancio siempre estuvo ahí, pero con los días se volvió algo distinto. Ya no era solo físico. Era mental. El silencio pesaba más que las cuerdas. Empecé a esperar el sonido de sus botas sobre el cemento... y odiaba cuando no llegaba.
Ese día, cuando volvió, no anunció su presencia. Lo supe antes de oírlo. El aire cambió. El silencio dejó de ser vacío y se volvió expectativa.
Mi pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, el sudor me pegaba la blusa al cuerpo y la piel se había humedecido alrededor de mi boca por la saliva y las lágrimas que no había podido contener.
Me sentía expuesta de una forma que iba más allá de la desnudez física. Era como si Jax hubiera encontrado un interruptor dentro de mi carne que yo misma desconocía, uno que solo respondía a su crueldad.
Mi cuerpo se había convertido en un traidor, en una entidad ajena que celebraba su cautiverio mientras mi mente gritaba de asco. Cada espasmo era una confesión de sumisión que yo no quería firmar.
Escuché el roce de sus botas cuando se movió. No se alejó; se acercó más, hasta que sentí el calor de su cuerpo justo entre mis piernas abiertas por las ataduras. Mis muslos temblaban, sensibles después de tanta estimulación, y el aire frío del taller rozaba mi piel húmeda de una manera casi dolorosa. Intenté cerrar las rodillas, pero las cuerdas en los tobillos no cedieron ni un centímetro. Estaba completamente a su merced, y lo sabía.
Sus manos volvieron a mis muslos, esta vez con más firmeza. Deslizó los dedos por la cara interna, subiendo despacio, trazando líneas que me hicieron arquear la espalda involuntariamente. No dijo nada al principio; solo respiró contra mi piel, un aliento cálido que contrastaba con el frío que me rodeaba.
Luego sentí sus labios en la parte alta de mi muslo, un beso suave, reverente, que me arrancó un jadeo ahogado. Besó el otro muslo de la misma forma, deteniéndose justo donde la piel se volvía más sensible, donde aún palpitaba el eco de los orgasmos anteriores.
—No… —murmuré, aunque mi voz salió débil, sin convicción. No sabía si le estaba pidiendo que parara o que continuara. La confusión me ahogaba.
Él ignoró la palabra. Sus manos subieron más, apartando con delicadeza la tela de mi ropa interior ya empapada. Sentí el roce de su aliento directamente allí, caliente, deliberado. Un escalofrío me recorrió entera.
Mi cuerpo se tensó en anticipación, traicionándome de nuevo. Intenté mover las caderas hacia atrás, alejarme, pero la silla no me dejaba espacio. Estaba atrapada, abierta, vulnerable.
Entonces su boca me tocó.
Fue lento al principio, un roce de lengua que apenas rozó mi clítoris hinchado. Gemí sin poder evitarlo, el sonido reverberando bajo el saco. Él no se apresuró; lamió con calma, explorando cada pliegue con una lentitud metódica que me hacía querer morir y renacer al mismo tiempo.
Saboreó la mezcla de mi miedo y mi humedad como si fuera un catador analizando mi ruina. Sentir la aspereza de su lengua contra mi piel más sensible, en medio de la oscuridad y el olor a metal oxidado del taller, transformaba el placer en algo sucio, denso y absolutamente inevitable. La necesidad volvió a construirse con una rapidez alarmante.
Mis manos se cerraron en puños contra las cuerdas. Quería odiarlo, quería gritarle que se detuviera, pero mi cuerpo respondía con una urgencia que me avergonzaba. Mis caderas se movieron hacia adelante sin mi permiso, buscando más contacto, más presión. Él lo notó, porque gruñó contra mí, un sonido bajo y satisfecho que vibró directamente en mi piel. Eso me hizo jadear más fuerte.
Aumentó el ritmo gradualmente. Su lengua se volvió más insistente, lamiendo con movimientos largos y profundos, deteniéndose solo para succionar mi clítoris con la presión justa para que estrellas explotaran detrás de mis párpados cerrados. Sentí sus manos en mis caderas, sujetándome con fuerza para que no pudiera escapar del placer que me estaba imponiendo. Cada lamida me llevaba más cerca del borde, cada succión me hacía arquear la espalda hasta que la madera de la silla crujía bajo mi peso.
—No pares… —las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas, un susurro roto que me hizo odiarme al instante.
En cuanto el sonido las dejó escapar de mi boca, lo supe.
Le había entregado la llave de mi voluntad.
Fue una súplica mínima, casi insignificante… pero en el silencio del taller estalló como un disparo. No solo se estaba adueñando de mí físicamente; me estaba llevando a algo peor.
Me obligaba a firmar, con mi propia voz, la autorización de mi caída.
Él se detuvo un segundo, solo para que sintiera la ausencia de su boca. El vacío fue insoportable. Luego volvió, más hambriento. Su lengua me penetró, explorando mi entrada, saboreando todo lo que yo le había dado sin querer.
Bebía de mí con avidez, como si cada gota de mi excitación fuera algo precioso que había esperado toda la vida. Gemí más alto, incapaz de contenerme. El placer se acumulaba en oleadas, cada una más intensa que la anterior.
Cuando el orgasmo me golpeó esta vez, fue devastador. Mi cuerpo se convulsionó sin piedad, las cuerdas cortándome la piel mientras intentaba arquearme hacia su boca.
Él no se apartó; siguió lamiendo, succionando, prolongando cada contracción hasta que las lágrimas corrieron por mis mejillas. Bebió todo: cada espasmo, cada gemido, cada gota de mi liberación. Sentí cómo tragaba contra mí, cómo su lengua recogía cada rastro de mi placer como si fuera un elixir.
No se detuvo después del primero. Continuó, más suave ahora, pero sin darme respiro. Su boca volvió a mi clítoris, lamiendo con toques ligeros que me hicieron temblar de nuevo.
El segundo orgasmo llegó rápido y doloroso de lo intenso. Grité su nombre sin darme cuenta, y él gruñó de satisfacción contra mi piel, vibrando todo mi cuerpo con el sonido. Bebió también ese, succionando con más fuerza, prolongándolo hasta que mis piernas temblaron incontrolablemente.
El tercero me dejó sin defensas. Mi mente se nubló, el placer se mezcló con el agotamiento y la confusión. No sabía quién era yo en ese momento: la mujer que había salido de trabajar quien sabe hace cuánto, o esta criatura temblorosa que se retorcía bajo la boca de un desconocido. Él lo absorbía todo, su lengua incansable, su respiración pesada contra mí, sus manos sujetándome como si temiera que desapareciera.
Cuando finalmente se apartó, lo hizo con lentitud, dejando besos suaves en mis muslos internos, en la piel sensible que aún palpitaba. Escuché su respiración entrecortada, más agitada que antes, y supe que él también estaba al límite, se estaba conteniendo, esperando que le rogara por usarlo a él. Se inclinó hacia arriba, su boca rozando mi cuello, mi mandíbula, hasta que sentí sus labios cerca de mi oído.
—Dilo —susurró, su voz ronca, cargada de deseo contenido—. Dime que me quieres dentro de ti. Ruega por mí, Catalina. Solo entonces te daré lo que ambos necesitamos.
No respondí. No podía. Mi cuerpo aún temblaba, mi mente era un torbellino de vergüenza, placer y terror.
Pero en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí ya empezaba a preguntarse cuánto tiempo más podría resistirme antes de romperme. La oscuridad bajo el saco empezaba a sentirse como mi nuevo hogar, y su voz como la única verdad que me quedaba.
El goteo lejano parecía marcar la cuenta regresiva de mi cordura, mientras esperaba que él decidiera si el siguiente paso sería mi liberación o mi aniquilación definitiva.