Capítulo 11: Centro de gravedad

1190 Words
Jax La empujé dentro de un solo movimiento brutal, enterrándome hasta las bolas en su coño empapado mientras el juguete seguía clavado en su culo. El doble relleno la hizo arquearse violentamente contra las cuerdas, un grito ronco saliendo de su garganta abierta. Sentí cómo sus paredes se contraían alrededor de mi polla, apretándome como si quisieran tragarme entero, y joder, el dolor que le causaba solo me ponía más duro. Su interior estaba caliente, hinchado, resbaladizo por todo lo que le había hecho antes, y ahora conmigo dentro y el consolador estirándole el culo al límite, estaba tan llena que su cuerpo parecía haber olvidado cómo ser un individuo. No había espacio para el aire, solo para mi invasión. Sentía cada una de sus pulsaciones internas chocando, un eco de su pánico que se transformaba en una rendición rítmica. Estaba expandiéndola desde adentro, reclamando cada milímetro de su anatomía como territorio conquistado. —Dios mío… —jadeó ella, los ojos cerrados con fuerza y lágrimas frescas rodando por sus sienes. Le agarré la mandíbula con una mano y la obligué a abrir los ojos y mirarme, aunque le doliera. —No hay ningún dios aquí, Cata —gruñí, mi voz baja y peligrosa—. Solo yo. Grita mi nombre. Dilo mientras te parto en dos. Embestí sin piedad, saliendo casi por completo para volver a clavarme hasta el fondo, sintiendo cómo el consolador en su culo hacía que todo se apretara más alrededor de mi polla. Cada golpe era profundo, salvaje, el sonido de piel contra piel mezclado con sus gritos y mis gruñidos. Ella intentó cerrar los ojos de nuevo, pero le apreté la mandíbula más fuerte. —Mírame —ordené—. Mírame mientras te follo como la puta que eres. Quiero verte romperte. Sus ojos se clavaron en los míos, vidriosos, desesperados. La follé más duro, mis caderas chocando contra ella con fuerza suficiente para mover la cama entera. Envolví su cuello con una mano, sintiendo el latido desbocado de su vida bajo mi palma. Apreté lo justo para que el mundo se le borrara, para que yo fuera lo único que sus pulmones buscaran desesperadamente. En ese umbral entre el oxígeno y la negrura, ella dejó de ser Catalina la administrativa, la prometida, la mujer libre; en ese segundo de asfixia, ella era solo mía. Sus ojos dilatados no buscaban la libertad, buscaban mi permiso para seguir mirando. La sentí convulsionar alrededor de mi polla, al borde del orgasmo, y apreté más fuerte. —Así… —jadeé, mi voz ronca—. Córrete para mí, zorra. Aprieta mi v***a mientras te ahogo. Cuando sus mejillas se pusieron rojas carmesí y sus ojos empezaron a rodar, la solté de golpe. Aspiró aire con un jadeo desesperado, tosiendo, y en ese mismo instante su coño se contrajo con violencia alrededor de mí, un orgasmo brutal que la hizo gritar mi nombre sin que tuviera que pedírselo otra vez. —Jax… ¡Jax! Salí de ella de un tirón, mi polla brillante de sus jugos, palpitando furiosa. Ella gimió de inmediato, un sonido de frustración pura, las caderas levantándose solas buscando llenarse de nuevo. —No… por favor… más… —suplicó, la voz rota, los ojos entrecerrados, como si sintiera vergüenza de pedir más. Sonreí, oscuro, satisfecho. Liberé sus tobillos de las cuerdas con movimientos rápidos, agarré sus piernas y las subí sobre mis hombros, doblándola casi en dos. El roce de su pie en mi brazo herido me envió una corriente de dolor por el sistema nervioso, apreté los dientes y lo dejé pasar. Su coño quedó expuesto, abierto, chorreando. Volví a entrar de un empujón seco, esta vez llegando más profundo que antes, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía arquearse y gritar. —Joder, sí… —gruñí, embistiéndola sin control—. Mira cómo te abro, cómo te parto con mi v***a. Tu coño está hecho para esto, para tragarse todo lo que te meta. La follé como un animal, mis manos clavándose en sus muslos, dejando marcas rojas. Me incliné hacia adelante, mordiéndole el cuello con fuerza, dejando un moretón que duraría días. Palmeé su culo con la palma abierta, el sonido seco resonando, y luego otra vez, más fuerte, mientras seguía clavándome dentro de ella hasta el fondo. Gruñí contra su piel, jadeando, el sudor cayendo de mi frente sobre sus tetas que rebotaban con cada embestida. —Siente esto, puta… siente cómo te destrozo el coño… cómo te lleno hasta que no puedas caminar… —le escupí al oído, mi voz entrecortada por los gemidos—. Vas a chorrearte para mí otra vez, vas a correrte gritando mientras te inundo con mi leche caliente. Ella se retorcía debajo de mí, las piernas temblando sobre mis hombros, las manos aún atadas tirando de las cuerdas. Sus gemidos se volvieron gritos continuos, su coño contrayéndose una y otra vez alrededor de mi polla. Sentí cómo se acercaba de nuevo, cómo su cuerpo entero se tensaba. —Jax… voy a… voy a correrme… —jadeó, los ojos clavados en los míos. La embestí más rápido, más profundo, mis bolas golpeando contra su culo lleno con el juguete. Mordí su hombro, gruñendo como un animal poseído. —Córrete, Cata… córrete en mi polla… déjame sentir cómo me aprietas mientras te lleno… Ella explotó. Su coño se contrajo con fuerza brutal, chorros calientes salpicando entre nosotros mientras gritaba mi nombre una y otra vez. El orgasmo la sacudió entera, sus paredes ordeñándome sin piedad. No pude aguantar más. Me enterré hasta el fondo, gruñendo su nombre contra su cuello, y me corrí dentro de ella con chorros violentos, llenándola hasta que sentí cómo mi semen se desbordaba alrededor de mi polla. Me quedé ahí, inmóvil un segundo, jadeando, enterrado en ella hasta la raíz, sintiendo cada contracción de su orgasmo prolongado. La miré a los ojos, todavía vidriosos por el éxtasis y el trauma, y sentí una grieta en mi propia armadura. No era solo la satisfacción de haberme corrido; era la aterradora comprensión de que me había vuelto adicto a su ruina. Ver mi semen desbordándose de su cuerpo me dio una paz que la violencia nunca me había otorgado. Ella no era una víctima que guardaría en un sótano; era el centro de gravedad de mi propia cordura. Si ella se rompía del todo, yo caería con ella. No iba a dejarla ir nunca. Jamás. Saqué la polla despacio, viendo cómo mi semen salía de ella en un hilo espeso. Me incliné y lamí su entrada una vez, saboreando nuestra mezcla, antes de subir la mirada hacia ella. —Esto no termina aquí —susurré contra sus labios hinchados, saboreando el sabor de su rendición—. Tu cuerpo va a recordar mi peso cada vez que intentes dar un paso. Vas a estar llena de mí todo el día, sintiendo cómo mi rastro se enfría dentro de ti, recordándote que el mundo exterior ya no tiene lugar para alguien que ha sido marcada así. Una pequeña carcajada se me escapó, antes de sentenciar: —Bienvenida a tu nueva realidad, Cata.
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