Capítulo 13: La marca de la bestia

1050 Words
Jax Estaba extasiado. Joder, no había otra palabra. Verla de rodillas frente a mí por decisión propia, con los labios hinchados y los ojos brillantes de deseo mientras me chupaba la polla con esa hambre desesperada, fue lo más cercano a la perfección que había sentido en mi vida. Ella no solo se rendía; me rogaba. Cada gemido ahogado alrededor de mi carne, cada vez que tragaba más profundo como si su garganta existiera solo para mí, me hacía sentir invencible, poderoso, un maldito adicto. La agarré del cabello con más fuerza. La alejé de mi polla mientras escuchaba sus protestas. —Jax, aún no termino… Negué con la cabeza y la levanté del suelo en brazos, como si no pesara nada. La tiré de nuevo sobre la cama. Me subí encima, inmovilizándola con mi peso, y empecé a marcarla. Mordí su cuello con una fuerza que bordeaba la violencia, necesitando que mi rastro fuera más profundo que su propia piel. No quería solo poseerla; quería que cualquier espejo le devolviera mi firma. Ver las marcas de mis dientes en su clavícula y los hematomas de mis dedos en sus muslos me daba una satisfacción primitiva. Cada marca era un aviso al mundo, y a ella misma, de que su cuerpo ya no era un templo, sino mi propiedad privada. Sus tetas fueron las siguientes: pellizqué los pezones con los dientes, los succioné hasta que se pusieron duros y adoloridos, mordí la carne blanda alrededor hasta que ella gimió fuerte y se arqueó pidiendo más. —Más… Jax, más… —gemía, las uñas clavadas en mi espalda—. Marca todo… hazme tuya… No necesitaba pedírmelo dos veces. Bajé por su vientre, mordiendo la piel sensible justo encima del hueso de la cadera, dejando moretones en forma de mis dedos en sus muslos internos. Volví a su cuello, a su mandíbula, a sus labios, mordiendo hasta que sangraron un poco y lamí la sangre como si fuera miel. Ella lloraba de placer, el cuerpo temblando debajo de mí, rogándome que no parara. La follé otra vez esa noche. Y otra. Y otra. Hasta que ambos estábamos exhaustos, cubiertos de sudor, semen y marcas. Me corrí dentro de ella tantas veces que perdí la cuenta, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi polla como si nunca quisiera soltarme. A la mañana siguiente, fui directo al baño a cambiar las vendas de mi herida. Era algo superficial, pero ardía como si me hubiera quemado con un hierro caliente. Al salir la encontré en la cocina. Estaba de espaldas a mí, preparando el desayuno. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de su piel todavía cargada de nuestro sexo. Verla así —con mi camiseta ocultando a medias los estragos de la noche— era una imagen de una domesticidad retorcida que me aceleró el pulso. Parecía una esposa perfecta, si no fuera por el temblor de sus piernas y la forma en que su cuerpo se tensó en una invitación silenciosa en cuanto sintió mi sombra detrás de ella. El contraste entre la luz de la mañana y la oscuridad de lo que estábamos haciendo en esa cocina me puso duro al instante. No dije nada. Me acerqué por detrás, le levanté la camiseta de un tirón y la doblé sobre la encimera de granito frío. Ella jadeó, pero no se resistió; al contrario, abrió las piernas y arqueó la espalda, ofreciéndose. La penetré sin aviso, de un solo empujón brutal hasta el fondo. Gritó mi nombre, las manos aferradas al borde de la encimera. La follé con fuerza, mis caderas chocando contra su culo, cada embestida haciendo que sus tetas rebotaran contra el granito. Me incliné sobre ella, agarré uno de sus pechos y lo apreté con avidez, pellizcando el pezón hasta que ella se retorció y gimió más alto. —Jax… sí… más profundo… —suplicó, empujando hacia atrás contra mí. Salí de ella unos segundos, escuchando su jadeo de reproche. La senté en la encimera, dejándola de frente a mí. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura al instante. Volví a entrar, esta vez más lento pero igual de profundo, mientras chupaba sus tetas como un hombre poseído. Mordí, lamí, succioné, dejando más chupetones rojos alrededor de los pezones. Ella se arqueó hacia mí, agarrándome del cabello con ambas manos y tirando para que mordiera más fuerte. —Muerde… chupa… no pares… —gemía, los ojos cerrados de placer. Sabía que me tenía entre las manos. Lo supe por la forma en que sus uñas se clavaban en mi cuero cabelludo, no con miedo, sino con exigencia. Había creado un monstruo que ahora me devolvía el hambre. Comprendí… Estaba atrapado en ella como ella en mí. Esa revelación me golpeó como un disparo. No me importaba una mierda ser el siervo de mi propia obsesión, siempre y cuando pudiera seguir hundiéndome en ella hasta desaparecer. Estaba a punto de correrme. Sentí el orgasmo subir como una ola imparable. Salí de ella de golpe, la bajé de la encimera y la puse de rodillas frente a mí. Me masturbé rápido, dos, tres veces, y exploté en su cara. Chorros calientes y espesos salpicaron sus mejillas, sus labios, su lengua que salió a buscar más. Ella se lamió los labios, tragando lo que podía alcanzar, los ojos fijos en los míos mientras se limpiaba con los dedos y se metía el semen en la boca como si fuera lo más delicioso que había probado. La agarré del cabello y la levanté. La besé con desesperación, saboreando mi propio semen en su lengua, mordiendo sus labios hinchados hasta que gimió en mi boca. Nuestras respiraciones se mezclaron, jadeantes, salvajes. Cuando nos separamos, ella me miró directo a los ojos, todavía con rastros de mí en la mejilla. —Tenemos que hablar —dijo. Los rastros de mi semen en su mejilla brillaban bajo la luz de la cocina, pero su mirada era fría, lúcida por primera vez en días. Esa firmeza en su voz era una grieta en la burbuja de carne y deseo que habíamos construido. Me quedé quieto, sintiendo cómo el aire se enfriaba entre nosotros. El depredador en mí se puso en alerta. Catalina ya no pedía placer. Empezaba a negociar su existencia.
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