Capítulo 18: Celos retorcidos

1415 Words
Jax Me quedé en la oficina de mi padre —ahora mía— revisando papeles que no me importaban una mierda. Mi familia había construido esta empresa desde cero, y yo había estado alejado por años, manejando mis propios asuntos en las sombras, pero ahora volvía para tomar el control. El anuncio había sido solo el comienzo. Pero mi mente no estaba en balances financieros ni en estrategias corporativas. Estaba en ella. En Catalina. En cómo se veía sentada en su escritorio, con esa camiseta de cuello alto que cubría las marcas que yo le había dejado, fingiendo que todo era normal. La observé desde la puerta entreabierta de mi oficina como la primera vez que llegué a la empresa y la vi trabajando en silencio. Desde el momento que mis ojos la atraparon, comenzó el juego del gato y el ratón sin que ella tuviera la menor idea. Ahora ella tecleaba algo, concentrada, pero vi cómo se movía inquieta en la silla, como si su cuerpo recordara cada embestida que le había dado esa mañana en la ducha. Sonreí para mí mismo. Sabía que se mojaba solo con pensarlo. Pero entonces llegaron ellos. Dos idiotas de la oficina se acercaron a su escritorio. Un tipo con pinta de gracioso y una mujer con olor a vainilla que se notaba a la distancia que Cata le atraía. No conocía sus nombres y no me importaba. Eran ruido de fondo. Al principio solo charlaron, riendo de algo que ella dijo. Mi mandíbula se tensó un poco, pero lo dejé pasar. Luego el tipo la tomó del brazo. Un toque casual, como si tuviera derecho. Como si ella fuera de cualquiera. Cerré los puños hasta que los nudillos blancos amenazaron con romper la piel. No eran solo celos; era una alerta biológica de propiedad. Ver la mano de ese tipo rozando la tela que ocultaba mis marcas me provocó una náusea violenta. Ese imbécil estaba tocando algo que yo había pagado con sangre y reclamado con fuego. La obsesión que sentía por Catalina no era un sentimiento, era un hambre que consumía mi juicio. Si no la apartaba de allí en ese instante, el escritorio de roble de mi padre terminaría manchado de una sangre y visceras. No podía soportarlo, no iba a tolerarlo. No después de haberla roto y reconstruido, de haberla marcado por dentro y por fuera. Nadie más podía ni mirarla, mucho menos tocarla. Si ese idiota supiera lo que le había hecho a Erick por menos que eso… lo cortaría en pedazos sin pestañear. No esperé más. Tomé el teléfono interno y marqué su extensión. —Catalina —dije cuando contestó, mi voz calmada pero con ese tono que sabía que ella reconocía—. Ven a mi oficina. Ahora. Colgué antes de que respondiera. La vi levantarse, excusarse con esos dos y caminar hacia mí. Su paso era inseguro, pero sus ojos se iluminaron cuando entró y cerró la puerta detrás de ella. La miré de arriba abajo. Estaba preciosa con esa ropa que le había elegido, pero la idea de que otros la vieran, de que ese tipo la hubiera tocado, me volvía loco. —Acércate —ordené, sentado en la silla ejecutiva detrás del escritorio. Ella no obedeció, vi la duda en sus ojos. —Jax… estamos en la oficina. ¿Qué pasa? Me puse de pie con un movimiento rápido y la acorralé contra la puerta. Mi mano subió a su cuello, no apretando, solo recordándole quién mandaba. —¿Qué pasa? —repetí, mi voz baja y peligrosa—. Te vi con esos dos. El chico te tomó del brazo. ¿Crees que puedes dejar que cualquiera te toque? ¿Crees que porque estamos en la oficina no soy yo quien manda aquí? Sus ojos se abrieron de par en par, pero vi cómo apretaba las piernas, intentando ocultar lo que provocaba en ella. Siempre respondía así a mi posesión. —No fue nada… solo amigos… La besé con fuerza, mordiendo su labio inferior hasta que gimió. Luego la giré y la empujé hacia el escritorio. —Desnúdate —ordené, y el contraste entre mi tono gélido y el sol que entraba por el ventanal de la oficina fue un látigo. —¿Aquí? ¿Y si alguien entra? —susurró ella, mirando la puerta de cristal esmerilado donde se proyectaban las sombras de sus compañeros. —Que entren. Que miren. Que aprendan a quién pertenecen los gemidos que salen de esta oficina —gruñí. La idea de que alguien pudiera interrumpirnos solo alimentaba mi necesidad de marcarla más profundo. Quería que ella sintiera el miedo a ser descubierta mezclándose con el calor de mi boca. Quería que supiera que, incluso rodeada de gente, su único refugio era mi sombra. No soportaría que otros la vieran, apreté discretamente el botón de bloqueo interno. Nadie entraría. Nadie la vería. La fantasía del riesgo era mía. La realidad no. Obedeció. Se quitó la camiseta, revelando los moretones y chupetones que cubrían sus pechos y vientre. Los jeans cayeron al suelo, luego la ropa interior. Se subió al escritorio, desnuda, vulnerable. Colocó un pie sobre el borde, abriendo las piernas para mí, exponiendo su coño ya brillante de excitación. Caminé hasta ella, me senté en la silla y la acerqué hasta que quedé entre sus muslos abiertos. Inhalé su aroma, ese olor dulce que me volvía loco. Pasé la lengua por toda su entrada, lento, deliberado, saboreando cómo se contraía bajo mi boca. Luego succioné su clítoris hinchado, chupando con fuerza, alternando con lamidas rápidas que la hacían jadear. Ella dio vuelta los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, las manos aferradas al borde del escritorio. —Jax… por favor… Succioné más fuerte, sintiendo cómo se acercaba al borde. Su orgasmo llegó rápido, violento. Bebí cada gota, succionando su placer como si fuera mío, prolongándolo hasta que tembló entera. Sin darle tiempo a recuperarse, liberé mi polla de los pantalones. Estaba dura como una roca, palpitando por ella. La penetré con un empuje seco, ignorando la resistencia de su cuerpo que aún no estaba listo. El escritorio de madera crujió bajo su peso mientras mi mano se sellaba sobre su boca, transformando su grito en un gemido sordo contra mi palma. Me gustaba sentir el sabor de su aliento atrapado, la forma en que sus ojos se dilataban al entender que su 'vida normal' acababa de ser violada por mi presencia. Cada embestida era una lección de geografía interna: yo era el mapa, ella era el territorio, y ese despacho era nuestra nueva fortaleza. La follé sin control, cada estocada era brusca, un castigo por los celos que me consumían. Mi mano libre apretaba su muslo, dejando nuevas marcas invisibles bajo la ropa. —Dime que eres solo mía —exigí, mi voz entrecortada por el placer—. Dime que si ese imbécil te toca de nuevo, me dejarás matarlo. Dime que tu coño es solo para mí, que nadie más te hace correrte así. Ella no respondió de inmediato, jadeando bajo mi mano. La castigué saliendo casi por completo y penetrándola más lento, torturándola con movimientos deliberados que la dejaban al borde sin darle alivio. —Dilo, Catalina —insistí, mordiendo su oreja—. O te dejo así, con el coño vacío y desesperado, hasta que supliques delante de todos. —Soy… solo tuya… —jadeó contra mi palma—. Nadie más… te lo juro… mátalo si me toca… mi coño es tuyo… fóllame más fuerte… por favor… Sonreí de lado, satisfecho. Aumenté el ritmo, follándola sin piedad otra vez, sintiendo cómo su obsesión por mí se mezclaba con la mía por ella. Era un maldito adicto a esto: a su rendición, a su cuerpo temblando bajo el mío, a la idea de que nadie más la tendría. Si alguien se atrevía, lo destrozaría. Ella era mi posesión absoluta. Mi todo. Me corrí dentro de ella con un gruñido ahogado, llenándola hasta que goteó sobre el escritorio. Salí despacio, viéndola jadeante, rota, mía. —Limpia esto —ordené, soltándola para que se desmoronara sobre la madera brillante. Vi cómo el rastro de mi posesión se extendía sobre los documentos de la empresa, una mancha que ningún balance financiero podría ocultar. Me abroché el cinturón y volví a ser el director general, pero el animal que vivía dentro de mí seguía rugiendo. Catalina se vistió con dedos temblorosos. Supe que ya no habría vuelta atrás.
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