Capítulo 20: Corona de cenizas

1311 Words
Jax El día se arrastró como una tortuga moribunda, cada minuto una tortura calculada mientras observaba a Catalina desde mi oficina. La vi moverse por el lugar abierto, respondiendo mails, charlando con idiotas que no merecían ni su mirada. Cada vez que alguien se acercaba demasiado —un colega con una pregunta, una secretaria con una carpeta— sentía los celos arder de nuevo, pero me contuve. Tenía que mantener la fachada, de hombre frío y calculador, un hijo de puta con todo el mundo. Les hablaba con voz cortante, los despachaba con órdenes secas que no admitían réplica. Nadie se atrevía a cuestionarme. Nadie excepto ella, que me había visto vulnerable, roto por su coño apretado y sus gemidos desesperados. Cuando el reloj marcó las cinco, la llamé por el interno. —Termina y espérame en el estacionamiento —dije, sin dar explicaciones. Ella no preguntó. Solo un “sí” suave que me puso duro al instante. Salí de la oficina primero, ignorando los saludos serviles de los empleados. Bajé al garaje subterráneo, donde mi auto n***o esperaba como un depredador en las sombras. La oficina era una fachada impecable: consultoría financiera, inversiones limpias, números que cuadraban en los libros. Pero detrás, mi familia controlaba todo: tráfico de influencias, lavado de dinero, alianzas con capos que movían más que las cifras en un balance del negocio legal. Yo no era un ejecutivo; era el puño de una organización que respiraba bajo el asfalto de la ciudad. Los documentos que firmaba por la mañana eran la anestesia para los crímenes que financiábamos en las sombras. Había enemigos peligrosos acechando: familias rivales que esperaban un paso en falso para hundirnos. Y yo era el heredero, el que mantenía el equilibrio con frialdad absoluta. Calculador hasta la médula. Catalina era el único punto de luz en ese submundo, y el hecho de que ella no supiera la magnitud del monstruo que la reclamaba era lo único que me mantenía humano. Entré al auto y esperé. Ella llegó minutos después, con el bolso colgado al hombro y una sonrisa tímida que me hizo querer follarla allí mismo, contra el capó. —Sube —ordené. Conduje en silencio hasta su departamento; nuestra residencia por ahora. En el ascensor, la empujé contra la pared y la besé con fuerza, mordiendo su labio hasta que gimió. La puerta se abrió y la arrastré adentro, arrancándole la ropa antes de llegar al dormitorio. La tiré sobre la cama y la follé con intensidad brutal, cada embestida un reclamo por los celos que había sentido en el día. Le abrí las piernas y me enterré hasta el fondo, gruñendo contra su cuello mientras ella gritaba mi nombre. Me corrí dentro de ella, marcándola por dentro como no podía hacerlo por fuera. Después, nos quedamos tumbados, jadeando. Ella se acurrucó contra mi pecho, y por un momento permití esa ternura. Le acaricié el cabello con movimientos lentos, casi tiernos, mientras su respiración se volvía cada vez más profunda. Pero mi mente ya no estaba ahí. Algo en mí nunca descansa del todo. Ni siquiera después del placer. Ni siquiera cuando debería. Me levanté con cuidado, sin despertarla, y fui a la cocina. Me serví un vaso de agua cuando el teléfono sonó. El tono bastó para saber quién era. Era mi padre. —Jax —dijo su voz grave al otro lado—. Ven a la casa. Ahora. No pregunté por qué. Sabía que no era una invitación. Conduje hasta la mansión en las afueras de la ciudad, una fortaleza disfrazada de lujo: muros altos, guardias armados en las sombras, cámaras que lo veían todo. La organización de la familia se ocultaba tras empresas legítimas como la oficina, pero aquí, en casa, las máscaras caían. Donald me esperaba en su estudio, sentado detrás de un escritorio de caoba con un puro encendido. Era un hombre de sesenta y pico, con ojos fríos como los míos y una cicatriz en la mejilla que contaba historias de traiciones pasadas. No sabía nada de Catalina. No sabía que mi obsesión por ella me consumía más que cualquier negocio sucio. Y así debía seguir, ella era solo para mí. —Siéntate —ordenó. Me senté, cruzando las piernas con calma. —¿Qué pasa, padre? Él dio una calada al puro y soltó el humo lento. —Los Rossi. El capo quiere confirmar la alianza. Sally está lista para el matrimonio. Es hora de que cierres el trato. Sally. La hija del capo Rossi, una mujer que había visto una vez: bonita, ambiciosa, pero vacía como una bala gastada. El matrimonio era un acuerdo para unir familias, fortalecer el control sobre el tráfico en la costa. Un enemigo común —los Vargas, que acechaban desde el norte— nos obligaba a aliararnos. Pero yo no quería eso. No ahora. —No —solté, y la palabra resonó en el estudio como un disparo. Mi padre dejó de masticar su puro, sus ojos fijos en mí con una decepción gélida. —En este mundo, Jax, las mujeres son moneda de cambio, no destinos —sentenció con una voz que recordaba al roce de una piedra sobre una tumba—. Los Rossi no quieren tu dinero, quieren tu apellido. Quieren que sus nietos hereden nuestro imperio. Casarte con Sally es la política. No aparté la mirada. Lo dejé que continuará con su discurso. —Lo que hagas con tu 'zorra' en los hoteles es vicio. Aprende la diferencia o este negocio te devorará vivo. Me reí bajo y frío. —No. Ya tengo a alguien. Y no pienso dejarla. Sus ojos se entrecerraron. —¿Alguien? ¿Quién? —No importa. Lo que importa es que no me casaré con Sally. No la tocaré. No la quiero. Donald se inclinó hacia adelante, la voz baja y amenazante. —Escúchame bien, hijo de puta. Rossi es peligroso. Si lo desprecias, nos declarará la guerra. Paga el precio o acepta el matrimonio. Puedes tener a tu zorra como amante. Nadie lo sabrá. La rabia me subió por la garganta, pero la contuve. No era momento de explotar. —Pagaré el tributo que Rossi exija, pero no habrá boda —respondí, poniéndome de pie—. Prefiero quemar la alianza antes que ponerle un anillo a otra mujer que no sea ella. Mi padre me miró como si hubiera contraído una enfermedad terminal. —Entonces muéstrala —dijo finalmente—. Llévala a la fiesta de la próxima semana. Si vas a renunciar a una corona por una puta, asegúrate de que entiendan por qué. Si huelen debilidad, nos despedazan. Si huelen amenaza… nos temen. Me burlé, poniéndome de pie. —Ahí estaremos. Y no te preocupes por ella, entenderán porque la elegí Salí del estudio sin mirar atrás. Donald no me detuvo. Sabía que no cedería. En el auto de vuelta, solo podía pensar en una cosa: Catalina. Su cuerpo temblando bajo el mío, sus gemidos cuando me rogaba más. La obsesión ardía más fuerte. Necesitaba follar a mi mujer. Hundirme en ella hasta olvidar las amenazas, los enemigos, el mundo entero. Ella era mi ancla en la oscuridad. Y nadie —ni Rossi, ni mi padre, ni ningún hijo de puta— me la quitaría. Entré en el departamento con el sabor amargo de la traición familiar en la boca. Verla allí, tan ajena a las guerras que yo acababa de desatar por ella, me provocó una oleada de posesividad insoportable. La follé con la desesperación de un condenado, enterrándome en ella como si quisiera esconderme del mundo. Cada gemido suyo era un recordatorio de por qué estaba dispuesto a pagar cualquier precio. La estaba marcando para una batalla que ella ni siquiera sabía que íbamos a librar. Ella era mi ancla, sí… pero también el fuego voraz que reduciría mi mundo a cenizas.
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