ROMA, ITALIA Un cadáver en el suelo. Un hombre lleno de sangre. Ojos cargados de miedo. Tres cosas que complacieron a Luca Salerno y provocaron que un destello de diversión ocupara sus ojos sin ni una sola pizca de arrepentimiento. Gian no iba a morir, estaba asustado, viendo como el cuerpo de un hombre que le traería problemas colapsaba en el suelo, mientras se desangraba no de a poco, si no de forma desmedida. Luca esperó que tomara el cuchillo. —¿Qué estás esperando, Tognazzi? —Yo… No iba a hacerlo. Negó. No iba a matar a un inocente nada más porque un hombre con tendencias sádicas se lo pedía. La negativa hizo que Luca bajara el cuchillo pero para sorpresa de todos terminó enterrando la filosa hoja en la espalda del Nasser, quien soltó un grito para después caer arrodil

