AVERY
Un olor punzante a desinfectante se me cala en la nariz. Las luces blancas encima de mí son tan intensas que apenas puedo mantener los ojos abiertos. Al intentar moverme, noto que cada centímetro de mi cuerpo está sumido en una abrumadora pesadez, como si el aire mismo se hubiera convertido en algo espeso y oscuro que no puedo respirar.
Intento recordar por qué estoy aquí, pero mis pensamientos son lentos, dispersos. Respiro profundamente, y con ese esfuerzo siento cómo me deslizo hacia algo más oscuro, como si cayera en un pozo sin fondo.
De repente, abro los ojos de nuevo, ya no hay luces ni desinfectante. Estoy en otro lugar. Hay un túnel frente a mí, largo, húmedo, y al final de él, una luz blanca que parpadea suavemente como una llama. Me llama, como si me conociera, como si yo fuera una parte de ella. Dudo, y giro la cabeza para mirar hacia atrás. Pero no hay nada, ni un rastro, ni una sombra. La oscuridad es absoluta, y siento un escalofrío subirme por la columna.
¿Qué tan malo sería ir hacia la oscuridad? La idea se me presenta y la desecho de inmediato. Sé que no es seguro, ni por muy loca que estuviera iría en esa dirección. Así que empiezo a caminar hacia la luz.
El suelo está mojado y frío, y mis pasos resuenan con eco. Mientras avanzo, percibo una serie de silbidos, suaves, casi hipnóticos.
Me detengo, el sonido se intensifica, y siento que no estoy sola. Un susurro ininteligible me rodea, como si las paredes mismas intentaran hablarme. Mi piel se eriza, y el miedo me tensa los huesos.
Entonces escucho pasos detrás de mí, lentos al principio, pero cada vez más cercanos. Algo o alguien me sigue.
El pánico me invade. Mis piernas se echan a correr, tan rápido como pueden. Mis pies chapotean en el suelo mojado, el sonido de mis pasos se mezcla con los ecos de aquellos que vienen tras de mí. Corro y corro, con la mirada fija en la luz al final del túnel, como si pudiera salvarme de algo que ni siquiera puedo comprender.
Pero entonces, la luz se hace más brillante, y al llegar al final, veo una figura esperándome. Es una persona, pero no una cualquiera.
Su piel es tan pálida que brilla bajo la luz, y lo único que cubre su desnudez es un par de alas enormes, blancas y radiantes, que se extienden con una majestuosidad imposible.
Me detengo en seco, con el pecho ardiéndome, respirando entre jadeos. La figura alza una mano y me mira. Sus ojos son de un color verde profundo, llenos de una paz que me hace sentir expuesta, como si pudiera ver dentro de mi alma. Trato de decir algo, pero mi voz no sale; solo el sonido ahogado de mi respiración.
—Aún no es tu tiempo —dice, su voz resuena en el túnel.
Antes de que pueda procesar esas palabras, siento cómo una fuerza invisible me arrastra hacia atrás. Intento resistirme, mis brazos buscan sujetarse a algo, pero no hay nada que sostener. La oscuridad me envuelve, y caigo. Caigo en una negrura infinita, desesperada, luchando, gritando, con el miedo latiendo en cada rincón de mi cuerpo.
De pronto, un destello me atraviesa, y mis ojos se abren con un sobresalto. La luz me ciega por un momento, pero esta vez no es una luz cálida y blanca. Es la luz fría del hospital, los sonidos y olores vuelven a mí de golpe. Siento un peso en mi pecho.
Parpadeo y, a través del resplandor, veo unos ojos verdes, como el color de un bosque profundo. Son intensos, serenos y llenos de algo que no puedo identificar. Me siento segura bajo su mirada, pero también profundamente vulnerable.
—¿Puede escucharme, señorita? —La voz que me habla es grave, cálida, y a la vez firme, como si cada palabra estuviera pensada para sostenerme, para anclarme a esta realidad.
Trato de responder, pero mi garganta está seca, y apenas logro emitir un sonido. Mis labios se mueven, y los ojos verdes frente a mí se suavizan en una sonrisa. Es una sonrisa reconfortante, casi cautivadora, que hace que mis nervios se apacigüen.
—Todo salió bien. Solo… relájese —me dice, y siento cómo mi cuerpo obedece sin siquiera proponérmelo.
El hombre frente a mí se inclina un poco más, y alcanzo a ver el contorno de su rostro, aunque los detalles aún son un poco borrosos. Pero la calidez de su mirada y esa sonrisa hacen que todo parezca menos aterrador.
—Va a estar bien —me dice, con una seguridad que calma la tempestad que aún arde en mi interior.
Al intentar mover mi mano, siento una suave presión sobre ella. Sus dedos están sobre los míos, una conexión que es reconfortante ancla mi confusión y disipa la oscuridad de la que recién escapé.
Un cansancio me golpea de pronto, y no puedo evitar volver a cerrar los ojos.
Un rato después despierto en una habitación privada, no se siente acogedora, pero supongo que eso es lo que hay. En ese momento, una imagen se me viene a la mente.
—Hijo de… —la ira se acumula en mi interior. Pienso en Derek y la mujer que se apareció en mi boda.
¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? Desgraciado. ¡Estuvo con ella mientras estaba conmigo! ¡Íbamos a casarnos!
Por Dios, estuve a punto de casarme con un hombre que va a ser padre con su amante. ¿Cuánto tiempo me estuvo engañando? Las dudas asaltan mi cabeza. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuántas veces sonrío mientras me mentía?
De repente, noto una respiración a mi lado. Me sobresalto y, al girar la cabeza, mis ojos se encuentran con él. Derek. Sentado allí, como si nada hubiera pasado, como si yo fuera su prioridad, como si el amor que alguna vez sentí por él pudiera sanar este abismo de traición.
Por un instante, me quedo paralizada, simplemente mirándolo. Mi pecho se agita, y sé que él ve mi furia en el brillo de mis ojos. La rabia, el dolor y la decepción explotan dentro de mí. Sin pensarlo dos veces, mi mano se extiende hacia la mesita junto a la cama, y mis dedos encuentran algo firme y metálico, algo que puedo levantar con facilidad. Ni siquiera sé qué es; en este momento, solo necesito liberar toda esta ira contenida.
—¡Tú…! —logro decir entre dientes antes de levantar el objeto y golpearlo con todas mis fuerzas en la cabeza.
Él emite un gruñido, sobresaltado, llevándose una mano a la cabeza mientras retrocede, desconcertado y atónito.
El golpe no es suficiente para borrar el dolor que me ha causado, pero me da una pequeña chispa de alivio. Mi respiración se vuelve pesada mientras lo observo, sintiendo que, por primera vez, he tomado el control de esta pesadilla.