Capítulo 3: Te odio

1704 Words
AVERY Derek se levanta de la silla y se aleja hasta el otro rincón de la habitación. Sus ojos bien abiertos no pueden creer lo que están viendo. —Avery, tranquilízate por favor, yo… —sus palabras salen atropelladas. Llenas de desconcierto. Me siento en la cama con gran dificultad, mirándolo con pura ira. ¿Acaso puede ser más descarado? —Ni se te ocurra dirigirme la palabra, Derek Soto —aprieto los dientes en cada letra que pronuncio, amenazándolo con un dedo. Si no es porque no tengo otro objeto a mi alcance, volvería arrojarle lo que sea a esa cabeza, que a mi parecer no le sirve para nada. A pesar de mi advertencia, ese hombre vuelve a suplicarme. —No es lo que tu piensas, amor yo- —No vuelvas a decirme así —lo interrumpo. Siento que esa palabra en su boca quema mi corazón. Veo cómo su manzana de Adán se mueve cuando traga saliva. —Avery, yo nunca quise hacerte eso. Yo… Por un momento siento que debo escucharlo. Tal vez merezco una explicación, pero es que el enojo no me deja pensar con claridad. —No quiero volver a verte —. No permito que mi voz se rompa, aunque por dentro quiero llorar durante tres días seguidos y sumergirme en mi angustia y mi dolor. Él se rasca la nuca dejando a la vista sus canas en ese cabello oscuro que tiene. Una gota de sudor cae por su frente, dejando en evidencia que está nervioso. —Yo no quería hacerlo, pero tú me obligaste. Me empujaste a esto —su voz se rompe con la última palabra. Se me corta la respiración. No sé si es porque acabo de presenciar el evento más traumático de mi vida, o porque las cosas no salieron como las tenía planeadas, o por ambas, que hace que me quite las sábanas que cubren mi cuerpo, arranque de mis brazos las intravenosas que administran medicamentos y me pare de un solo salto de la cama. ¿Con qué fuerza? Ni yo lo sé. Se lo acredito a que acabo de enterarme el día de mi boda, que mi esposo me ha estado engañando. —Repite lo que dijiste —le digo con frialdad. Él abre los ojos y retrocede un paso. —No puedes culparme, amor —niega con la cabeza, mirándome con lástima. Lo que me dice es razón suficiente para que me abalance y dando zancadas largas llegue hasta él. Lo agarro del esmoquin que aún lleva puesto, y le pego una bofetada que me deja ardiendo la mano, pero él no ha salido ileso, la marca roja queda en su rostro bronceado. Lo golpeé tan fuerte que hasta en su tono de piel se alcanza a evidenciar. Derek me agarra de los brazos e intenta liberarse de mi agarre. —¡Eres un imbécil! —le grito con todas mis fuerzas. Golpeo su pecho con puños y palmadas torpes. No quiero llorar, pero las lágrimas amenazan con escaparse. No debe ver mi debilidad, no puedo mostrarle mi dolor. —¡Escúchame, joder! —me ladra y luego me empuja obligándome a soltarlo. Casi caigo al suelo si no es porque me estrello contra la pequeña mesa de noche. Me agarro de ella y me quedo paralizada al escuchar su grito. —Avery, me tenías abandonado —empieza bajando su tono de voz—. ¿Qué querías que hiciera? Si mi corazón se había partido en dos cuando me enteré, ahora lo ha terminado de destruir en mil pedazos. Es lo más egoísta que he escuchado. Quisiera reprocharle, pero me es imposible gesticular una palabra. Derek suelta un pesado suspiro y continua: —Trabajabas día y noche, Avery, casi no tenías tiempo para la relación. —Lo dice como si le doliera. No lo soporto más así que de repente exploto. Me aferro a esa mesa como si mi vida dependiera de ello, porque no quiero volver a golpearlo, creo que suficiente tiene con mis palabras. —Trabajaba día y noche para poder comprar nuestro apartamento —se me quiebra la voz—, estaba ocupada todo el tiempo porque debía pagar nuestra boda. Y aún así, ¿te atreviste a engañarme con otra? Él se lleva una mano a su corazón. —Yo también trabajaba, y nunca fue eso un impedimento para estar juntos. —Tampoco fue impedimento para irte con la otra —le lanzo de inmediato y es como si las palabras quemaran mi boca. Mi pecho sube y baja con rapidez. Estoy intentando analizar lo que me dijo y es entonces cuando una duda surge en mi mente: —Dime, ¿la llevaste alguna vez a nuestro hogar? —murmuro lo suficientemente alto para que pueda oírme sin dejar de mirarlo a los ojos. Ya ni siquiera tiene sentido llamarlo “hogar”. Derek niega con la cabeza. —No me mientas —gruño con la voz tan filosa como un cuchillo. Él avanza unos pasos en mi dirección, pero se detiene cuando levanto una mano en el aire. Ni loca lo quiero cerca porque le arrancaría la cabeza. —Dime la verdad. Él suspira agotado mientras eleva la cabeza para mirar al techo, como si le rogara al cielo que le dé paciencia. Cuando sus ojos vuelven a encontrarse con los míos están llenos de todo, menos de arrepentimiento. —Sí. Sí, ¿y qué? —levanta un hombro—. ¿Qué vas a hacer ahora? Me llevo una mano a la boca para ahogar un grito. Ese cínico fue capaz de meter a otra mujer a nuestra cama, de hacer el amor con ella, y luego cuando yo llegaba; hacerlo conmigo. Mientras yo trabajaba como un animal, ese hombre se veía con su amante en nuestro apartamento, que por cierto, ¡yo pagaba! Su transformado tono me saca de mis pensamientos cuando continúa hablando como si me estuviera leyendo la mente. —Si, sé lo que te estas imaginando, y todo es cierto, me acostaba con ambas a la vez, a veces con las dos el mismo día. ¡Sí!, ese bebé que lleva dentro, mi hijo, lo hicimos en esa misma cama —suelta una larga exhalación—. No sabes el alivio que me da por fin decirte esto. Sé que sus palabras solo buscan herirme, y lo ha conseguido. Una lágrima rueda por mi mejilla así que me la limpió con enojo. No puedo darle el gusto de verme mal, pero creo que mi expresión ya lo denota. —Eres un… —jadeo. —¡Si, soy todo lo que tu quieras!, pero bien que te hacía gemir de placer. Siento cómo mi rabia hierve hasta el punto de que ya no puedo contenerla. Derek continúa mirándome, y su expresión arrogante es la gota que colma el vaso. —¿Así que soy yo la culpable, eh? —le espeto, casi escupiendo las palabras—. ¿Soy yo la que te llevó a engañarme con esa... esa cualquiera? Él no se inmuta, de hecho, se cruza de brazos, manteniéndose firme, como si estuviera convencido de cada palabra que me lanza. —Sí, Avery, ¡tú también eres culpable! —responde, levantando la voz—. ¡Nunca estabas aquí! ¡Para ti, siempre fue más importante tu trabajo, tus cosas! Y claro, ahora te haces la víctima, ¿no? La furia que siento es tal que apenas puedo respirar. —¡Me estaba matando trabajando para darte la vida que siempre soñamos! —le grito, sin poder contenerme—. ¡Pero claro, qué fácil es ponerme a mí la culpa mientras tú te divertías con otra! ¡Y en nuestra cama, Derek! ¡En la cama que compartíamos! Él sonríe, pero es una sonrisa amarga, sin arrepentimiento alguno. —¿Sabes qué? Sí, me acosté con ella. ¿Y qué? Lo disfruté. Al menos ella me hacía sentir valorado, al menos ella me escuchaba, cosa que tú olvidaste hacer hace mucho tiempo. Hubiera dolido menos una puñalada al corazón. Pero a pesar de todo, no le permito que me vea débil. —¡Valorado! —me burlo, dejando escapar una carcajada llena de ira—. ¿De verdad crees que puedes justificar lo que hiciste porque alguien más te “escuchaba”? ¡No seas tan miserable, Derek! ¡Si querías irte con otra, ¡habérmelo dicho antes de arruinarme la vida! —¡Ah, claro! —se burla, imitándome con una mueca burlona—. Porque seguro tú hubieras entendido, ¿verdad? ¡No, Avery! Tú jamás aceptarías algo que no fuera tu “perfecta” fantasía. Siempre querías controlarlo todo, incluso a mí. —¡No se trata de control! —le respondo, mi voz retumba en la habitación—. Se trata de respeto, de honestidad. ¡Algo que claramente tú no sabes qué significa! Derek da un paso hacia mí, y veo el odio en sus ojos. Ya no hay nada de amor en su mirada, solo rencor y desprecio. —¿Honestidad? ¿Respeto? —suelta una risa—. No me vengas con tus cuentos, Avery. Todo lo que querías era alguien que llenara los huecos de tu vida. Al final, me convertí en una pieza más en tu estúpido juego de “vida perfecta”. ¡Y tú, ¿te sorprendes de que busqué a alguien que me viera por lo que soy, y no por lo que tú querías que fuera?! No puedo más. Estoy tan dolida, tan agotada de sus reproches sin sentido, que siento que ya no hay vuelta atrás. Me levanto y me acerco a él. —Te odio —lo digo con el mayor rencor posible. De repente la puerta se abre de golpe y ambos giramos la cabeza para observar a la figura que ha entrado por ella. —Bebé, he traído café… —se interrumpe cuando nos ve a ambos con los ojos abiertos moviéndose de un lado a otro. Es esa… la mujer que me arruinó la vida, la causante de todas mis desgracias. Justo cuando creí que no podía caer mas bajo… ahí está ella.
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