AVERY
No puedo creer lo que estoy viendo. La mujer en el umbral está paralizada, sus brazos sueltan los envases de café. Se derraman en el suelo, salpicándole los zapatos.
¿He escuchado bien? ¿Le dijo “bebé”?
Giro mi cabeza hasta observar a Derek, su rostro está pálido y su boca forma una línea.
Es mi oportunidad de lanzar todo lo que he estado conteniendo, pero decido iniciar de una manera suave y calmada, a pesar de que mi cuerpo esté en llamas.
—¿Así que tu eres la perra de Derek? —elevo mi barbilla para demostrar superioridad. Omito por completo decir: “esposo”, “exesposo”, “exprometido” o cualquiera de sus derivaciones. Entre ese hombre y yo ya no hay ni un lazo que nos una. Y si aún queda algo, en este mismo segundo acaba de romperse; cuando esa mujer entró a mi habitación trayendole café. ¡Café! ¡Trajo café la muy descarada, como si nada!
La mujer de piel canela abre la boca, supongo que para intentar defenderse, pero su voz no sale.
—¿Qué? ¿El gato te mordió la lengua? —enarco una ceja, desafiándola.
—Avery, no te permito que le hables así a Mary —interviene el hombre a mi lado.
—¿Así que ese es el nombre de la zorra que estuvo acostándose con mi exprometido? ¿Mary? Un gusto en conocerte —le digo con una falsa sonrisa.
La ira se aviva en mi interior, como un fuego que crece rápidamente.
—Disculpe, pero no tiene el derecho a hablarme así. Yo no hice nada malo —por fin responde con voz tímida.
¿Aparte de ser la amante del que era mi hombre, es descarada? Suelto una risa amarga, intentando tener autocontrol.
—¿Qué no hiciste nada malo? ¿Te parece que destruir un hogar no es nada malo? —doy un paso hacia ella.
—Yo… —Mary traga saliva—. Solo pasó, no pude evitar enamorarme de él.
—No necesitas decirle nada, Mary —habla Derek antes de que yo pueda hacerlo—. No necesitas darle explicaciones.
Derek acaba de decir eso, y siento como si me clavara un puñal. Me acerco a él, sin importarme la presencia de esa tal Mary.
—¿Explicaciones? —le escupo las palabras—. ¿Te atreves a hablar de explicaciones cuando has arruinado todo? Cuando tú, Derek, me debes una lista entera de disculpas por cada mentira, cada beso robado y cada segundo que pasaste con ella mientras yo te esperaba en casa, ciega, confiada. ¡Me has destruido!
Derek da un paso hacia atrás, incómodo, mientras Mary entrelaza los brazos y me mira con una arrogancia que me saca de quicio.
—Avery, basta —me dice, como si él fuera el que tuviera derecho a detenerme—. Esto no es sano para ti. Yo ya te lo dije, las cosas entre nosotros ya estaban… mal.
Sus palabras golpean cada rincón de mi corazón. Y ella, Mary, parece disfrutarlo, con una sonrisita en el rostro que no se molesta en ocultar.
—¿Mal? —repito, casi sin aliento, y me vuelvo hacia ella—. ¿Y tú? ¿Qué tienes que decir al respecto? Te metiste en una relación de años, destrozaste una vida y ahora, ¿vienes aquí con tu café como si nada?
Mary se cruza de brazos y alza la barbilla, tan segura de sí misma que me da nauseas. Ya no tiene ni una pizca de timidez como al principio. Su actitud se transformó por completo.
—No veo qué ganas atacándome —dice, con voz melosa y la mirada cargada de falsa compasión—. Derek me ama, Avery. Así que, ¿por qué no aceptas que ya no significas nada para él y nos dejas en paz?
Esa última frase me golpea como un puñetazo. Respiro profundamente, pero apenas puedo mantener el control.
—¿En paz? —mi voz se quiebra—. Yo soy la que debería tener paz. Yo fui quien lo dio todo por esta relación mientras tú, Mary, te colabas como una serpiente.
Porque eso es lo que es, una asquerosa serpiente escurridiza.
Derek la toma del brazo y me mira como si yo fuera la intrusa en mi propio drama. Como si su traición fuera algo que yo simplemente debería entender y dejar pasar.
—Avery, ya basta. Esto es ridículo. Te lo dije: no funcionábamos.
—¡Ah, claro! —respondo, soltando una carcajada amarga—. No funcionábamos porque tú te estabas acostando con otra mujer en mi propia cama. No funcionábamos porque no eras capaz de ser honesto.
Mary lo sujeta, y con una seguridad que raya en la insolencia, dice:
—Él y yo estamos juntos ahora, Avery. Nosotros sí funcionamos. Así que acéptalo y sigue adelante.
—Oh, lo siento —digo con falsedad mientras me llevo una mano al corazón que aún me duele—, es que no puedo normalizar ser una perra.
—Te lo advierto, deja de llamarme así —me señala con un dedo.
—¡Suficiente! Se acabó —decreta Derek. Me mira de arriba abajo y prosigue—. Y tú, déjanos en paz. Terminamos.
Camino hacia él con llamas en mis ojos. ¿Me está terminando? Por supuesto que no, ¡Yo le termino a él!
Un pequeño detalle hace que frene en seco, Mary se lleva una mano a su vientre con rapidez, algo asustada por mi inesperado arranque. Me mira con temor.
Ese simple gesto, me destruye por completo. Por un segundo mi enojo había nublado la idea de que esa mujer está esperando un hijo del hombre que lastimosamente amo. Por que sí, mi cabeza lo odia, pero mi corazón lo sigue amando. No puedo evitar pensar que ese hijo pudo haber sido mío, podría estar ahora en mi vientre.
—Lárguense —susurro con frialdad. No quiero que vean mi dolor, no les daré el gusto.
Mary resopla mientras ambos se dan la vuelta hacia la puerta.
—Ya era hora —murmura para sí.
Esa última provocación hace que cruce los últimos centímetros que me faltaban para llegar a ella, y agarrarla del cabello color azabache. Tiro de él hasta hacerla caer de espaldas.
—¿¡Qué diablos!? —grita la mujer abriendo los ojos.
El tomo tan fuerte del cuero cabelludo, que cruje bajo mis manos.
Derek corre hacia mí e intenta apartarme. Con mi mano libre le lanzo un rasguño a la cara que lo hace gruñir y aparatarse de dolor.
Mary vuelve a gritar de dolor mientras se lleva las manos a su cabeza. Cierra los ojos cuando empujo su cabeza hacia atrás.
—Por favor… suéltame —suplica.
La obligo a mirarme sin aflojar mi mano.
—Eres una asquerosa. Quédatelo, te lo regalo —aprieto los dientes con cada palabra.
La mujer empieza a llorar, entonces Derek se acerca y me toma de la cintura, empujándome hacia atrás para liberarla. Mary vuelve a gritar cuando me resisto.
—¡Avery, para! ¡Le hace daño! —me grita halándome los brazos.
“No tanto como el que tú me haces” pienso, pero no lo digo porque no vale la pena. Cuando siento que por fin le he causado un poco del dolor que ellos me han hecho a mí. Así sea tan solo una pizca, la suelto.
Mary se arrastra hasta la puerta, y Derek, con su cara de terror, la ayuda a levantarse del suelo, mientras me mira y dice con odio:
—Ojalá no tenga que volver a verte en lo que resta de mi vida.
Con una frialdad impresionante y mis manos temblando me acerco hasta él y le digo:
—Estas acabado Derek Soto, ¿me oíste? Sabes quien soy y lo que puedo llegar a hacerte.
Sin decir una palabra, Derek se da la vuelta, llevándose a Mary, quien se acurruca entre sus brazos, fingiendo fragilidad. Los observo alejarse, cada paso de ellos se siente como un clavo que se hunde más en mi pecho. No sé cuánto tiempo me quedo ahí, de pie, viendo cómo se van, cómo se llevan mi historia.
De repente, choco contra un pecho fuerte, y una voz profunda rompe el silencio.
—Escuché gritos —es una voz masculina y grave que habla algo alterado.
Y, en ese instante, me rompo. No puedo contenerlo más. Lloro y grito por dolor que ya no puedo sostener. Mis manos cubren mi rostro, mis lágrimas caen sin control, y me apoyo en ese extraño sin conocer su nombre, sin saber quién es. Y me dejo sostener, porque en este instante, aunque sea en brazos de un extraño, encuentro el único refugio que necesito.