Era sábado, me desperté todavía sin poder creerme que estaba casada, no quería abrir los ojos, sabía lo que encontraría: un gran cuarto lujoso, pero solo, suspiré. Tenía los parpados pegados, no me molestaría dormir y no despertar, pero tenía que hacerlo, con pereza los abrí lentamente y no pude creer lo que encontré frente a mí. Mis cinco y chifladas amigas me observaban con total descaro, como si fuera normal despertar con ellas respirando en mi cara. - ¿Qué... están... haciendo? - articulé con dificultad. -Ya sabes... lo normal, ir a la mansión de una amiga tuya que ya se casó y apenas tiene la edad para ser adulta, es algo que solemos hacer todos los sábados en la mañana. - Argumentó Liz con total sarcasmo. Asentí como si eso fuera un comentario para nada fuera de lugar. -Ni siqui

