Todo lo que él deseaba era pasar el resto de su vida con una mujer y Adele era la indicada, según sus estándares. Él es exigente y exclusivo, no posa sus ojos en cualquiera.
Cuando amanece, lo primero que ve es su carita de ángel mientras duerme, los recuerdos de la noche anterior le nublan los pensamientos. Especialmente ese momento es que tocaba los labios de ella y sus piernas flaquearon.
La piel de Adele lo volvía loco, era tibia ante su tacto, además de que podía moldearla como cual gelatina. La apretó con sus fuerzas y ella le respondió en un hilo de voz que le permitiría todo lo que él quisiera hacerle.
Entonces ella despertó y le besó, no dudó en corresponder aquel gesto tan genuino. La mezcla de sus sabores era su mayor vicio.
—Es un pecado no besarte cada segundo de cada día —murmuró Ryan al separarse de ella.
Los besos desunieron aquellos voraces labios y la alcohólica lengua de Ryan traspasó los límites e invitó a la boca de Adele a su seductor juego de caricias. Adele subió sus manos al cabello que crecía en la parte alta del cuello de Ryan. Ya no se hallaba a sí misma, estaba perdida en los confines de sus labios, en la dulzura del aroma y en la calidez de su mano en la espalda de ella a medida que escalaba su camino.
En un beso que adormeció las extremidades de Adele, Ryan consumió todo su oxígeno como cuál dementor. Sus besos eran apasionados, feroces, fogosos, tan intensos que succionaban todos los problemas existenciales de Adele y calmaba sus tristezas en un santiamén. Él, sobre ella, acarició su cabello, Adele simultáneamente le acarició el rostro sin despegar la mirada de aquellos ojos azules.
Adele sintió que revivía cuando se separaron para tomar el néctar que emanaba aquel frío ambiente en París. Era una delicia, lo confirmó cuando entró en sus pulmones. Aquel par de jóvenes incansables se besaban hasta traspasarse el calor humano que sus cuerpos necesitaban para que el corazón latiera con normalidad.
Si había una cosa que ella no quisiera en ese momento era alejarse de los brazos de Ryan, se sentía protegida a su lado pero estaba consciente de que fue dócil ante él desde el primer momento.
—¿Me acompañarías a otro lugar? —preguntó él, en un susurro.
—¿Crees que estaría aquí si no? —le respondió Adele con una sonrisa coqueta.
—Me refiero a salir del país, ir a otro lugar.
—¿A dónde?
—Milán, Italia. —concluyó él, Adele lo miraba sorprendida e ilusionada a la vez. La última vez que estuvo en Italia fue hacía dos años con Brandon, cuando este le pidió matrimonio.
Milán era el lugar perfecto para escabullirse y concluir aquel capítulo. De huir tal como quería hacerlo al principio, el resto de la historia no existiría. Ella no dijo nada más porque Ryan la silenció con sus besos, por ello, asintió sin pensarlo dos veces. Se dejó llevar por la pasión que él le daba, esa seguridad que sentía a su lado.
Él sonrió entre besos y se separó de sus labios, deslizó su mano en la de ella y la obligó a levantarse de la cama, llevándola hacia la cocina. Mientras él cocinaba, ella lo observaba en silencio, imaginándose con él en cada posición, disfrutando del sexo que solo él le sabía dar.
¿Qué que pasó en el resto del día?
Los dos parecían tortolos enamorados, después del desayuno los dos se dispusieron a ver películas mientras comían palomitas, sin se besaban de vez en cuando. Él le tenía ganas desde la mañana y cuando ya no pudo resistir más, la tomó de la cadera, se subió sobre ella y abrió sus piernas con delicadeza, lo suficiente para devorar su perla y hacerla enloquecer de placer.
Ella soltó un grito ahogado cuando los dedos de Ryan se fundieron en su interior, elevó su espalda y apretó su mano en el cabello de él. Ella sacó su parte cavernícola enseguida y, aunque Ryan pensó que ella se avergonzaría de tal cosa, ella cedió a sus deseos. Con un ligero movimiento de manos, él la regresó a sus azulados ojos, electrizando su piel con un toque tan efímero como la noche. Ella estaba embobada, perdida en los ojos de aquel hombre.
—Quiero que sientas, disfrutes y recuerdes siempre este momento, Adele. —susurró antes de introducir su lengua en el vértice que unía sus piernas, ese lugar donde él era feliz. Ella gimió fuerte cuando sintió el clímax atravesando su cuerpo, un orgasmo venía y no podía detenerlo. Cuando acabó, Ryan se limpió los labios con su lengua, Adele permanecía con los ojos cerrados—. Adele, quiero que recuerdes como mi cuerpo caliente roza el tuyo, la sensación de mis manos viajando por tu cuerpo, cuando te muerdo los labios, apretó tu piel y beso tu cuello —añadió antes de subir a punta de besos por su abdomen. Adele asintió, estaba ensimismada en el placer. Él sonrió y agregó algo más—: ¿Sabes qué recordaré yo? Tus manos en mi espalda, mi cabello, la presión, el deseo voraz de cada encuentro y la pasión de nuestros besos.
—¿Por qué te despides? —le preguntó Adele en un susurro. Ryan la miró confundido—. Lo que dices, es una despedida, ¿por qué lo haces? Sabes que yo iré contigo a donde sea, Ryan —la voz le temblaba, las piernas ya habían cedido y la libertad se apoderó de su cuerpo de una manera excitante.
—Cariño, en cualquier momento nos encontrarán y tú por fin serás libre. —le respondió Ryan en un murmuro, lo peor es que era cierto pero lo desconcertó la respuesta de Adele.
—Ya no quiero ser libre, Ryan.
—¿Qué dices, Adele? —Ella tomó el rostro de Ryan entre sus manos y besó su frente de una forma protectora—. Cariño, ¿qué es lo que has dicho? Repítelo, mi preciéux.
—Lo que escuchaste, Ryan, no quiero ser libre. —Ryan la miraba fijo, buscando en su mirada un rastro de mentira pero no encontró más que pura verdad. Una verdad que lo asustaba, que no deseaba admitir y que Adele ya no podía ocultar.
Él se deshizo de esos pensamientos, Ryan no se enamoraba y no se permitiría hacerlo. Sabía que en algún momento terminaría sufriendo y no quería repetir la historia. Pero ella, ¡Dios! Ella era distinta en todos los sentidos, sabía que ella le era leal, que no le fallaría. Aun así, tenía miedo de que Adele no fuera el otro extremo de su hilo rojo del destino.
En respuesta, la besó con pasión y ella se entregó de nuevo a él. Ryan quería que Adele lo deseara tanto como él a ella, salvaje y animal. Adele cerró sus ojos al sentir su aliento bajar por su pecho y sus manos detenerse en sus costados.
—No te voy a presionar —murmuró al emigrar de ella.
—Ryan. —Le llamó Adele, él la miró y ella lo besó—. Quiero estar contigo, nada deseo ahora más que eso.
Ella apretó su brazo, sabiendo lo que esto significaba y enseguida notó como un destello de sonrisa victoriosa apareció en sus labios, en la comisura específicamente, antes de sujetar su mano y regresarla a su cintura. Allí debía permanecer siempre, hasta que el sol rayara el horizonte y la luna se ocultara detrás del supremo rey, el sol, después de ser suya, de convertirse en su mujer una vez más.
Adele le declaró que jamás se separaría de él, que no le olvidaría y quería sentir con él, sentirlo con ella cada día que pasara. Entonces él le hizo una pregunta cuya respuesta ya conocía y de igual manera lo sacó de su zona de confort.
—Tú también me gustas, Ryan, más de lo que me gustaría admitir. —reconoció ella en un hilo de voz.
Y allí se encendió la llama de nuevo, para ellos ya no era solo sexo. Significaba algo más, en especial para él. Ahora había un trasfondo, un vínculo emocional que los unía. Los labios de Ryan abrieron la boca de Adele y sus lenguas se encontraron enseguida, para iniciar una danza erótica entre ellas. Sus manos se abrieron paso debajo de la blusa de ella y tocaron su húmeda piel.
Él no tenía nada encima, a pesar del frío mortal que hacía en París. Sus dientes mordisquearon el cuello de Adele cuando las manos afanosas y traviesas de la chica bajaron por su desnudo torso, ella lo contemplaba como cual espectador a una obra de arte. Las manos de Adele desprendieron el pantalón corto que lucía Ryan esa noche. Él, en respuesta, subió la tela de su camisa y tocó cada centímetro del plano y definido abdomen de la modelo. Ella, enseguida, experimentó un centenar de odiosas cosquillas bajo su vientre mientras él le besaba con deseo.
Sus manos tan prolijas bajaron por las piernas de Adele al ritmo, las abrió de nuevo e introdujo su lengua en toda la entrada de su feminidad, haciéndole gritar desesperada. La excitación goteaba entre sus muslos y le provocaba un leve dolor.
—¿En realidad quieres esto, Adele? —preguntó Ryan al morder su labio inferior.
Adele sabía de qué hablaba, no precisamente se refería al sexo.
—Lo quiero —susurré con un hilo de voz.