Capítulo 6 (+21)

1549 Words
Adele tenía una extraña fijación sobre los hombres “malos” por llamarlos de alguna manera. Y sin duda Ryan era uno de ellos. Él, en cambio, prefería las dóciles y mansas, que las pudiera manejar con solo susurrarles cosas al oído o con un par de palabras bonitas. Adele no era de ellas, no se dejaba conquistar tan fácil y la prueba fiel fue Brandon, le costó años ganarse su corazón y que Adele aceptara ser su novia, aun cuando él no cumplía con el perfil, no entraba en la lista de “delincuentes con los que me quiero acostar” que Adele ocultaba en su diario. Cuando el secuestro ocurrió, los dos llevaban dos años de feliz relación. Pero Ryan cambió todos los estándares. Él era esa manzana prohibida y aunque tampoco figuraba en la mencionada lista, Adele se fijó en él. Ella era de los que se acostaba una noche y no los llamaba más por el resto de sus vidas, menos que menos si eran un mal polvo. Él, ni se diga, le pagaba a cuanta prostituta se le atravesara por el frente para satisfacer sus más bajos deseos. Hasta que ella llegó. Cuando la vio por primera vez en la televisión, sintió que le pertenecía, que solo ella podía ser dueña de su corazón y de su virilidad, que solo Adele podía hacer lo que le diera la gana, incluso romperle el corazón. Con ella, Ryan aprendió que el sexo implicaba más que infinitos roces hasta llegar al cansancio, con ella se añadió un ingrediente más a la ecuación que él no anticipó: el amor. Y entendió que todo, con amor, tenía mejor sabor. Desde la comida hasta el sexo. En aquel restaurante no fueron el centro de atención, él supo como moverse y realizar su cometido. Sin embargo, como el hambriento que era, deseaba más. Y ella no se quedaba atrás. Adele sabía como jugar también, en el tiempo que llevaba con él, aprendió a seducirlo y prenderlo. La mujer, con el escote pronunciado y parte de sus prominentes senos a la vista, se tocó una oreja y se percató de que no cargaba el arete, —He perdido el arete, ¿me ayudas a buscarlo? Ryan captó el mensaje subliminal de su declaración y sin mediar palabra se encogió para “buscarlo”. Él, debajo de la mesa, sube con delicadeza el vestido, ella de inmediato sintió el tacto en sus muslos y una fría corriente le atravesó el cuerpo. Ryan introduce un dedo en su vértice húmedo, mientras simula buscar el arete que suponía había perdido en el baño cuando los dos estaban de apasionados y aventureros. Aquel movimiento leve provocó que ella soltara un gemido. Ryan que se encontraba aún debajo de la mesa, procedió a meter dos dedos dentro de la feminidad. Ella elevó una pierna. El color de la piel de Adele pasó de moreno trigueño a blanco vampiro. Una pareja que se encontraba cerca, les miró y por la expresión de su rostro, dedujo que algo no andaba bien, la mujer, preocupada por Adele (sin conocerla) llamó al mesonero, este se acercó con disimulo. —Señorita, usted no está bien, ¿necesita agua o un calmante? —No, no… Es-esto-estoy bien… —la voz le temblaba y hasta tartamudeó. Tuvo que agarrar un trozo de pan y metérselo a la boca para ahogar los gritos. —Mi amor… ¿Lo encontraste? —preguntó con mucho esfuerzo, el joven mesero le miró confundido—. Perdí el arete y mi novio lo está buscando. Ryan reprimió una risotada al escuchar la explicación. —Sí… ¡Lo encontré! Y con eso dicho, ella introdujo completamente su lengua en la feminidad de Adele, deslizándola con rigurosidad, provocando que ella grite de placer. —¡Señorita! Me está asustando, ¿qué tiene? Ell tumba su cabeza sobre la mesa, incapaz de hablar, mientras Ryan despega los labios y se sienta de nuevo. —Listo, lo encontré. —exclamó y le tomó las manos disimulando que le entregaba algo. Ella asintió y poco a poco el color de su piel volvió a la normalidad—. Traigale por favor un vaso de agua a mi novia, creo que todavía se siente algo mal. —Claro, enseguida. —habló el muchacho y se retiró. Los dos quedaron allí, mirándose con una complicidad enorme. Se sintió mal por asustar al mesonero pero la sensación de placer que invadió su cuerpo en aquel momento fue indescriptible y casi inevitable no plasmarlo en el rostro. El mesero regresó con el vaso de agua y la cuenta, Ryan pasó su tarjeta de crédito y número de identificación, al cabo de unos minutos, el chico regresó para entregársela y despedirles. Ellos salieron del restaurante y se dirigieron a la suite para al fin descansar. Tomaron un taxi y al llegar, rompieron a reír. —¡Tenías que verle la cara al mesero cuando me vio toda pálida! —exclamó Adele llorando de la risa con un muy pronunciado acento español de Madrid—. Parecía un manojo de nervios el pobre. —Y cuando le dijiste del arete… —Ryan ni podía terminar de hablar a causa de la risa—. Not is possible! Yo estaba que me orinaba de la risa mientras fingía buscarlo. —¡Ya sé! —Adele se retorció de la risa en el sofá, Ryan se divertía viéndola así de feliz, su corazón palpitaba fuerte. Luego de unos minutos, Adele logró recuperarse y le miró a los ojos—. De nuevo te agradezco esto. —Es un placer para mí, ya lo sabes. —No eso, Ryan —Él la miraba confundido—, sino que me hayas sacado para despejar la mente por lo de esta tarde. —Oh, bueno, no soy tan hijo de puta como pensabas. —Y ahora lo sé. De no ser por ti, no estaría aquí. —Y yo no podría vivir sin ti, Adele, creo que eso está más que claro. —le confesó él. Por primera vez, se estaba abriendo sentimentalmente con ella—. Me gustas, Adele. Para Adele eso fue la cereza del pastel. Una confesión que ella no esperaba pero si imaginaba en sus sueños. Todas las noches Adele visualizaba a Ryan con un traje de gala pidiendo su mano. Estaba irrevocablemente enamorada de él y ya no podía pararlo. Estaba consciente de que algún día se separarían, de que a ella le encontrarían y él iría a la cárcel por el delito de secuestro pero no le importó. Ella quería permanecer con él, huir a donde fuera pero con él siempre. Por eso, al escucharle decir que gustaba de ella, Adele no lo pensó dos veces, se puso de pie y se abalanzó sobre él, a besarle como fiera poseída por una legión de demonios, Ryan como el dominante que era, la tumbó en el mismo sofá y, encima de ella, besaba cada milímetro de su piel. Aquel apartamento tenía ventanas de cristal que permitían la vista desde el exterior. Aunque a ella le gustaba la adrenalina, en ese momento deseaba la privacidad. Vale decir que el penthouse tenía solo dos habitaciones, cada una con su baño y armario, además contaba con espacios de entretenimiento como el bar, la sala de cine y la sala de juegos, todas con la amplitud de una suite presidencial. Él la tomó de la cadera, ella rodeó su cintura con sus delgadas piernas y caminaron hacia la habitación principal. Antes de empezar, desprendió el cierre de su vestido satinado y lo quitó de su piel, dejándola completamente desnuda, la tumbó suave sobre la cama y ella como quien no quiere la cosa, movió sus pestañas con sensualidad, enrojeció sus pómulos y en su boca dibujó una sonrisa de complicidad. Adele acercó un poco más a Ryan y deslizó su mano detrás de su cuello, atrayéndolo a ella con un movimiento único, para depositar luego un beso sensual en la boca de él. Mordió el labio inferior de Ryan con sus dientes, este soltó un gemido, mientras ella bajaba su mano por el definido y atractivo abdomen hasta detenerse en la cremallera del pantalón. Masajeó, con una agobiante lentitud, el bulto sobre la gruesa tela del pantalón, generando en la parte baja de su estómago una sensación de excitación que rayaba en lo vulgar. —¿Esta es tu forma de disculparte? —susurró Adele en su oído—. Si es así, te libro de cargos. Ryan percibió el delicioso aroma de su cabello, era como leche de coco y perfume de rosas. Sus labios eran suaves, provocativos, carnosos, llenos de un delicioso labial sabor a chocolate que lo enloquecía. Ella sabía muy bien que Ryan amaba ese aroma, el labial que usaba y la manera en que los dos se entregaban, dejándose llevar por el placer que los dominaba. Sabía como atraparlo en sus redes, como envolverlo y tenerle allí dispuesto siempre para él. Eso la tenía fascinada. —Tú también me gustas. —Fue lo último que dijo antes de que él introdujera su m*****o en ella. Enloqueció de placer y cuando él quiso detenerse, le pidió que continuara. Y así pasaron la noche, explorándose y disfrutándose hasta el amanecer.
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