DOS DESCONOCIDOS
Olivia Ríos
Aliso las arrugas imaginarias de mi prolijo y discreto vestido gris y practico la sonrisa perfecta frente al espejo una vez más.
-Muchas gracias a todos por la confianza, prometo ser… No, “ser” no va… –me tomo unos minutos para pensar cómo seguir y luego de un suspiro vuelvo a enfrentarme a mi reflejo para intentarlo una vez más.
-Muchas gracias a todos por la confianza, prometo poner todo de mí… No, “poner” tampoco. Mierda –maldigo, pensando que esto suele ser más sencillo para mí, pero claro, no todos los días una se enfrenta al grupo de hombres que van a definir el futuro de su carrera.
Cierro los ojos y respiro profundamente varias veces. Cuando por fin me siento un poco más relajada vuelvo a mirar mi reflejo y con una sonrisa y mucha seguridad, hablo nuevamente.
-Muchas gracias a todos por la confianza, prometo dar mi mayor esfuerzo para colmar las expectativas.
Me aplaudo mentalmente, imaginando que esa sola frase, corta y contundente será lo que esperan para apoyarme.
Giro decidida y salgo del baño para enfrentarme nuevamente al comité del partido.
Los doce hombres que conforman el selecto grupo que decide la continuidad de todos los que aspiramos a posicionarnos en la política local se encuentran hablando animados, bebiendo sofisticados licores que compiten en la cantidad de alcohol que llevan y lo desagradable de sus sabores.
-Ahí está la persona de la noche, nuestro “cupo femenino” –dice uno de ellos, que por lo colorado de sus cachetes parece tener más contenido de alcohol en sangre que los demás.
Le devuelvo una sonrisa y me acerco al grupo donde éste se encuentra, que casualmente es el que nuclea a las cabezas del comité.
-Necesitamos su atención un momento –habla el más serio y respetado de los señores, haciendo que todos se giren a mirarlo, sabiendo que llegó el momento de la noche donde el motivo de la reunión se pone sobre la mesa, independientemente de que ya todos saben perfectamente lo que sucederá.
Uno a uno los hombres se van sentando a lo largo de la mesa, dispuesta para la parte formal de la reunión.
-Tu lugar es acá –indica otro de los sujetos, señalándome la silla contigua al líder del grupo.
Con una sonrisa tímida le agradezco y ocupo mi sitio, obedientemente.
Cuando por fin todos estamos en nuestros lugares, el hombre a mi izquierda se incorpora y comienza a hablar.
-Como todos saben, nuestro partido tradicionalmente ha impulsado a los hombres más valiosos de la política local. Durante generaciones, nuestros candidatos han ocupado los puestos más importantes en la conducción nacional –habla con un gran orgullo, que es acompañado por las miradas y asentimientos de los otros presentes-. Esta vez, es tiempo de que apoyemos a un baluarte indiscutible, que para grata sorpresa de los electores, será una mujer –continúa, depositando una mano sobre mi hombro sin si quiera girarse a mirarme a los ojos.
Algunos de los hombres que rodean la mesa me miran fingiendo sorpresa, otros evitan mi mirada sin disimular su disgusto y los menos, me devuelven una sonrisa de apoyo que me parece sincera y transparente.
Me pierdo en mis pensamientos mientras el líder del grupo sigue con sus halagos y reconocimientos, exponiendo mi carrera académica, que supera ampliamente a la de la mayoría de los presentes.
Qué triste es tener que pasar por esto para triunfar en la política. Cuánto me gustaría poder simplemente llegar a los electores haciendo que, por arte de magia, vean mi interior y sepan que soy sincera cuando digo que solamente quiero mejorar la comunidad que me vio nacer, con trabajo y honestidad.
Advierto que el hombre se sienta y, ahora sí, todos los ojos se posicionan sobre mí, por lo que me incorporo y dedico una sonrisa elegante.
-Muchas gracias a todos por la confianza, prometo dar mi mayor esfuerzo para colmar las expectativas –digo con tranquilidad, agradeciendo que mis nervios de acero me ayuden a mantener la voz firme y el pulso certero en estas situaciones.
Los presentes aplauden, en señal de aceptación, y quienes se encuentran más próximos extienden sus manos para apretar las mías.
-Al menos es la primer mujer que habla menos que un loro –escucho decir a uno de mis “compañeros”, a solo unas sillas de distancias.
Lo miro a los ojos y sonrío abiertamente, disimulando mis ganas de clavar las uñas en sus mejillas y arañarlo con fuerza, pero la sonrisa compradora que me dedica el otro hombre, al que iba dirigido el comentario, me hace olvidar de todo lo malo a mi alrededor.
Todos ríen y comentan las virtudes que encuentran en mí, que según ellos, me diferencian del resto de mis compañeras de género.
Desactivo mi cerebro de sus comentarios, pero comienzo a abrir un archivero en el que, mentalmente, los voy colocando en casillas de “menos pelotudo” a “más o menos pelotudo”, terminando con la mayoría ocupando lugar en “completamente pelotudo”.
Luego de varias horas dándome consejos y sugerencias para la campaña, en su mayoría totalmente inútiles, por fin termina el encuentro y logro escabullirme hacia mi departamento.
Entro a mi cómoda morada y dejo el saco en el perchero, agradeciendo que la calefacción haya hecho lo suyo y me brinde un lugar placentero con las frías temperaturas que reinan en el exterior.
Mientras remuevo el maquillaje repaso algunas arrugas, que comienzan a aparecer en mi frente, y sonrío al pensar que solo tengo treinta años y ya estoy logrando llegar a un punto de mi carrera en el que no esperaba estar, al menos, hasta los cuarenta.
Sin dudas tengo que agradecer a muchos jóvenes políticos que allanaron el camino para hacer que a los mayores no les quede más opción que aceptar que los jóvenes también tenemos mucho para dar.
Cierro los ojos y recuerdo la tarde en que decidí que este sería mi destino.
Más de trescientos ojos me miraban en el patio de la escuela, esperando que dijera algo importante. Los nervios me generaban náuseas y sentía todo mi cuerpo temblar, pero el grupo de compañeras que me apoyaban esperaban por mis palabras, incluso más ansiosas que el resto, y saber que todo su empeño estaba en mis manos me hizo tragar fuerte y contener el temblor de mi garganta, para hablar en forma clara y con toda la seguridad posible.
-Queridos compañeros. Queda sólo un día para las elecciones. No hay mucho por decir, porque todo lo hablamos en este tiempo…
Abro los ojos y me sonrío a mí misma, pensando que esa una buena forma de comenzar mi discurso cuando la actual campaña termine.
El recuerdo cambia y ahora se instala en mi pecho una alegría que logra igualar a la nostalgia.
-Felicitaciones Olivia, sos la nueva presidenta del Centro de Estudiantes del Instituto –anuncia la directora con una sonrisa sincera, habiendo terminado el conteo de votos.
Rápidamente, evitando que mis compañeras comiencen a saludarme, me incorporo y camino hacia la presidenta de la lista contraria, que me mira con los ojos cargados de lágrimas.
-Dijimos que, fuera cual fuera el resultado, trabajaríamos juntas, te tomo la palabra y espero ansiosa que coordinemos cómo poner en marcha sus propuestas junto con las nuestras –le digo sin disimular la emoción.
Mi “contrincante” se incorpora y nos abrazamos, sellando la promesa de, verdaderamente, trabajar juntas para y por nuestras compañeras de Instituto.
El timbre de la puerta me hace volver a la realidad y seco las lágrimas que rodaron inconscientemente por mis mejillas, a causa de los sentimientos removidos con los recuerdos.
Abro la puerta preguntándome de quién podrá tratarse.
-Felicitaciones, futura diputada –suelta Germán con su sonrisa de lado, que me desarma en el instante.
Con la seguridad de siempre se acerca hacia mí y me toma por la cintura para atacar mi boca sin disimular las ganas contenidas. Correspondo rodeando su cuello con mis brazos y profundizo el beso sin dudar.
De un solo movimiento me levanta y me aferro a su cuerpo con las piernas.
-Pensé que no podías venir hoy –suelto mientras siento sus labios bajar por mi cuello y sus manos comienzan a abrir el cierre del vestido.
-No pude contenerme después de dos horas mirándote en esa reunión infernal –dice con la voz ronca, sin apartarse de mi piel.
Me acuesta en la cama y levanta mi vestido hasta la cintura, mientras yo abro su cinto y bajo su pantalón de vestir, que le queda como pintado, marcando a la perfección sus trabajados glúteos. Sin dejar de besarme y de acariciar mis pechos sobre la ropa, me penetra con fuerza, haciendo que un gemido escape de mis labios.
Mi excitación comienza a aumentar junto con el ritmo de sus embestidas y cuando siento que estoy por llegar al clímax él se detiene, dejándome completamente inmóvil.
-Me encantás. Cada día me enamoro más de vos –Suelta en mi oído, antes de dejar un casto beso en mis labios.
Siento ganas de golpearlo en el pecho y gritarle que yo no acabé, que ni se le ocurra dejarme así, pero no me da tiempo porque, sin si quiera mirarme, comienza a acomodar sus ropas y sigue hablando.
-Me encantaría poder quedarme a dormir con vos, pero de verdad hoy tengo que volver. La semana que viene seguro voy a estar más tranquilo. Espero que me extrañes como yo a vos. Te amo –suelta mientras me besa nuevamente y sale por donde vino.
Me miro en el espejo del armario de la habitación y suspiro pensando que definitivamente tiene que haber algo malo conmigo, esta vez podría culpar mi falta de orgasmo a lo “exprés” del encuentro, pero la realidad es que, por más que la duración sea extensa, nunca logro llegar al orgasmo acompañada.
Me acomodo en la cama, saco del cajón mi pequeña y fiel balita vibradora y me procuro sola el orgasmo, pellizcando los pezones a través de la ropa y pensando en el trabajado cuerpo del hombre cuyo aroma todavía inunda el lugar.
Ya satisfecha me quito la ropa y me acomodo entre las sábanas, dispuesta a dormir cuanto antes. Mañana mismo comienzo la campaña, y se muy bien que no será para nada sencillo, en especial siendo mujer y joven.
-No te preocupes Oli, nada nuevo bajo el sol –me aliento a mí misma, dejándome llevar por el cansancio, para caer en un sueño profundo.
Axel Lars
-Me encantaría quedarme, te juro, nunca conocí a una chica como vos, pero tengo que viajar temprano y no puedo cambiar la agenda. Te prometo que te escribo ni bien llego –miento sin descaro a los hermosos ojos azules, que me devuelven una sonrisa esperanzada.
Nos besamos unos minutos más y camino decidido hacia la salida mientras al pasar voy recogiendo las ropas que dejé desplegadas por el departamento la noche anterior, cuando llegamos. Me las coloco sin dejar de caminar y al llegar a la planta baja ya estoy completamente vestido.
Salgo corriendo y subo de un salto al descapotable de Bruno, que me espera con una sonrisa traviesa y la misma ropa de ayer
-Parece que tu noche estuvo igual de buena que la mía –comento mientras saco los lentes de sol de la guantera y me los coloco.
-Estoy seguro de que mejor –responde mi amigo, con aire sobrador.
-Si no fuera porque me acuerdo muy poco, te lo discutiría –reconozco, dando por finalizado el tema.
Llegamos al edificio y entramos juntos hasta el ascensor para ir cada uno a su piso.
-Hay cosas que nunca cambian –dice la madre de mi amigo cuando las puertas de su piso se abren y nos ve a los dos con las camisas arrugadas, los lentes de sol puestos y los cabellos revueltos.
Ambos nos miramos y reímos, sabiendo que la dulce mujer tiene razón.
Desde séptimo grado, Bruno y yo somos los mejores amigos del mundo, juntos aprendimos a controlar el alcohol, fumamos nuestros primeros cigarrillos, probamos cuantas sustancias se nos presentaron sin caer en ninguna adicción y aprendimos que con nuestros atractivos naturales y un poco de ingenio, podíamos conquistar a la chica que quisiéramos.
Hoy, veintitrés años después, la magia sigue intacta, y juntos disfrutamos la vida y los miles de beneficios que la fama nos suma.
Sonrío para mí mismo recordando al Bruno de doce años, gordito, con el pelo lacio largo hasta los hombros y su mirada amenazante.
-Así que sos el nuevo –me comentó con aire desafiante en cuanto Salímos al primer recreo que iba a afrontar en el colegio primario.
-Sí, si me vas a querer pegar te advierto que ni bien cumpla trece voy a comenzar el gimnasio y, cuando tenga músculos, te voy a devolver cada uno de los golpes que hoy me puedas dar –contesté sin demostrar los nervios que me producía pensar que podía tener que enfrentarme a esa bola de carne, que me sacaba una cabeza y diez kilos de ventaja.
Para mi sorpresa, una sonrisa apareció en su rostro y su actitud pasó de intimidante a simpática en solo un instante.
-Te cambio un poco de mi peso por tu delgadez, así compensamos –bromeó golpeando mi hombro con una mano, que resultó tan pesada como lo suponía.
Por suerte los años nos favorecieron a ambos y para la adolescencia ya estábamos en forma y con más atractivo del que la mayoría hubiera pensado en aquel momento.
Llego a mi piso, que como siempre está vacío, y abro la heladera para sacar un botellón de agua y de un solo movimiento beber la mitad de su contenido.
Me quito sólo los pantalones y camino hacia el dormitorio, donde tomo una necesaria siesta reparadora.
-Arriba Aurora –bromea Bruno cuatro horas después, cuando sube a despertarme para la reunión que tendremos en solo una hora.
-¿Aurora? –pregunto intrigado.
-Es el nombre de la bella durmiente –aclara con una sonrisa.
Tener una hermanita pequeña definitivamente le está afectando. Me levanto y me doy una ducha, también reparadora, y salgo hacia la cocina sólo con una toalla alrededor de mi cintura.
Al llegar al living, el olor a comida casera me invade y siento una felicidad inexplicable, que solo se acrecienta cuando encuentro sobre la mesa una fuente de pastas con salsa boloñesa.
-¿Y eso? –pregunto a mi amigo, que está sentado en el sillón, jugando a la play.
-Te lo mandó mi mamá, dice que estas muy flaco –responde con gracia, sin dejar de mirar la pantalla.
Repaso mi abdomen y si bien no tengo una sola partícula de grasa, tampoco se podría decir que estoy flaco, porque los músculos se marcan, engrosando mi talla todo lo necesario.
Me siento a la mesa y devoro el manjar, agradeciendo el día en que mi amigo decidió mudarse al piso de abajo.
Una hora y media después, ya estamos en la reunión. Si, la puntualidad no nos caracteriza.
-Llegan tarde –comenta ofuscado mi representante.
-No te pongas así Peter, seguro te sirvió para relajar un rato –bromeo acercándome al hombre, con la intensión de dejar un beso en cada una de sus mejillas.
-Que ni se te ocurra –dice adivinando mi intención, haciendo que recule con las manos levantadas, en señal de rendición-. Y es Pedro, Axel. Mi nombre es Pedro.
Los años de trabajar juntos me llevaron a descifrar que su humor, siempre cortante, es solo una fachada de lo que en realidad oculta, un hombre sumamente sensible, con un miedo terrible al fracaso.
Seguramente esta última característica es lo que lo llevó a posicionarse como el mejor representante que una banda de música, o músico, podría tener, aquello a lo que todos los del rubro aspiramos.
-Axel. Bruno. Siéntense –dice Pedro con seriedad, haciendo que entienda que algo no anda bien.
Bruno y yo nos miramos y sin hablar nos ubicamos en las sillas frente al escritorio.
-No es la misma cara que cuando nos denunciaron por correr desnudos por la avenida –dice mi amigo, con fingida preocupación, y ambos estallamos en carcajadas.
Cuando logramos calmarnos miro nuevamente a Pedro y decido dejar las bromas, para escuchar lo que tiene que decir.
-Necesitamos un cambio –sentencia el representante, con el semblante completamente serio.
-¿Un cambio? –pregunto sin entender.
-Sí. Un cambio –afirma entregándonos una carpeta a mí y otra a mi amigo.
Miro las cifras y advierto que mis niveles de aceptación en el público adolescente son inmejorables, bajan un poco en el público de adultos jóvenes y son casi negativos en adultos mayores.
-Esto no se condice con las ventas –suelto a la defensiva, haciendo alusión a que nuestro último álbum fue un éxito total, y hasta recibió premios internacionales.
-No te equivoques, nadie más que yo querría creer que esto es un error, algo mal planteado –reconoce Pedro con calma-, pero no lo es. Lo que están viendo es la proyección de su futuro, si las cosas siguen así.
-¿Y por qué? –pregunto sin entender cuál podría ser la razón de que mi éxito deje de crecer.
-Porque nos estamos poniendo viejos y, por ende, tenemos que gustar a las viejas. Ya no somos unos adolescentes, para atraer a las quinceañeras –reflexiona Bruno sin levantar la vista de las hojas llenas de gráficos.
Miro a Pedro esperando que lo refute, pero para mi sorpresa éste asiente en silencio, con las manos cruzadas a la altura de sus labios y los codos descansando en el escritorio.
-Ahora la pregunta sería… ¿cómo conquistamos a las señoras?, entonces –afirmo soltando un suspiro al pensar que no hay forma de que las opciones que voy a escuchar me agraden.
-En plural no. La cara visible de la banda sos vos amigo –dice Bruno mirándome a los ojos, mostrando con su expresión que esta vez está hablando en serio.
Nuevamente Pedro asiente despacio y cuando va a hablar lo interrumpo.
-Ya entiendo, tengo que hacer un cambio, y algo me dice que no va a ser uno de mi agrado –suelto con pesar, y el silencio sepulcral de ambos hombres me confirman lo que ya se.
Junto con este cambio, comienza mi tortura.