Narra Roberto Méndez
Soy Roberto Méndez, tengo 25 años, mido 1.85 cm, tengo cuerpo atlético, mi cabello es color castaño claro, ojos color marrón, me gusta ser una persona muy responsable.
Desde que regresé de Los Estados Unidos, conocí a una hermosa mujer, no digo que Samira no lo sea, es sólo que es muy superficial, y sé que se casó conmigo por las comodidades y obviamente por el hijo que me dio, si la quiero, mas no la amo, en cambio Gaby es una mujer muy sencilla y llena de amor y como no me iba a enamorar de ella.
Ya llevábamos más de 4 meses siendo novios a escondidas de todos, sé que ella merece ser más, pero como le había dicho, tengo un acuerdo con Samira, y ella no le importa que nos separemos, aunque sé que, a mis padres, en especial mamá, jamás lo permitiría, diría algo como “¿estás loco? ¿te has puesto a pensar en el futuro de tu hijo” y para que les cuento el resto, pero ya es una decisión tomada y ambos estamos de acuerdo.
Yo ya conocía a Samira de tiempo atrás, pero ella siempre andaba tras de mí, al principio no le hacía caso, porque yo tenía que concentrarme siempre concentrarme en mis estudios, ya que pronto tomaré cargo el puesto de presidente de la compañía de mi padre, después ella comenzó a salir con alguien más sólo para darme “celos”. Un día llegó con un vestido muy provocativo, yo había regresado de una fiesta y estaba algo ebrio, así que al verla así, sentí una erección, ella lo notó, se sentó arriba de mí, y esa misma noche la había hecho mía, un mes después llegó a mi casa diciendo que estaba esperando un hijo mío, que si se quedaba como madre soltera, sus padres no la iban a apoyar, le dije que no se preocupara, que yo iba a ver por los dos, mi madre se sorprendió por escuchar la noticia, y en ese momento empezó a querer organizar la boda.
Samira me dijo que sólo sería cuando nuestro hijo cumpliera 6 años, estuve de acuerdo, le hablé a mi abogado para que todo quedara firmado en un documento. Pero ahora que había vuelto a la casa, vi a Gaby y me enamoré de ella.
Siempre que Samira se queda dormida, bajo a visitar a mi novia, ya que decir la palabra “amante” no le queda para nada, es una mujer muy decente y ella me había dicho que nunca había estado antes con un hombre, y le dije que cuando estuviera lista, yo la estaría esperando. Dijo que quiere esperar a que podamos estar juntos ante los ojos de todos, me pareció buena idea, aunque… no sé si pueda esperar tanto tiempo, son tres años, no he tenido más intimidad con mi esposa desde que nació el pequeño Julián. De hecho, ni ella me busca ni yo a ella. A decir verdad, no me importa que tenga un amante por ahí.
Me fui a beber a un bar con algunos amigos después del trabajo, les conté mi situación con la madre de mi hijo, y uno de ellos me dijo que me buscara a una amante para desahogarme, no les quise hablar de Gaby, conociéndolos, son capaces de burlarse, así que me abstengo del tema. Llego a casa a las dos de la mañana y estoy algo ebrio que me tambaleo, las luces están apagadas, y veo a Gaby mirándome con preocupación al pie de la escalera.
– Roberto. ¿Dónde estabas? – dice y yo me acerco a ella y la abrazo.
– Disfrutando con los amigos. – digo en su oído y siento como se estremece en mis brazos.
– Deberías ir a tu habitación. – dice y trata de ayudarme, pero yo niego.
– No, mi amor. Quiero estar contigo. – la miro y sonríe.
– Me gustaría, pero tu… te debe estar esperándote. – dice con tristeza y yo la beso.
– Créeme, ella no lo hace desde que nació Julián. – duda por un momento y después asiente.
Me voy con ella un rato, y nos quedamos abrazados, como me encanta estar así con ella, nos dábamos besos de vez en cuando y nos acariciábamos.
– No sabes cómo deseo hacerte el amor. – digo y ella me mira con ilusión, pero cambia a una mirada triste.
– Yo también lo deseo, pero quedamos en algo. – dice mirando a otra parte.
– Lo sé, pero no lo soporto más, no sé si pueda aguantar tanto. – digo con desesperación.
– Mira, el fin de semana lo tienes libre, nos podemos ver en un lugar en donde no nos conozcan. – digo y ella duda por un momento
– ¿Qué le diré a mis padres? – pregunta un poco preocupada.
– Diles que trabajaras ese día, es solo por el sábado. – digo un poco suplicante. La veo sonreír y acepta la propuesta.
Nos encontrábamos en un hotel 5 estrellas, lejos de donde vivimos, a mi familia les dije que saldría por unas horas a ver a unos amigos, nadie me hizo algún tipo de cuestionamiento, así que aquí estoy con Gaby, y como sé que es su primera vez, seré muy cuidadoso con ella.
– ¿Estás lista? – le pregunto mirándola a sus hermosos ojos.
– Si. – dice tímidamente.
La tomo de su rostro con mis manos para acercarla al mío y comienzo a besarla, ella me sigue, y su beso es cálido y muy tierno, comenzamos a quitar la ropa, acomodo a Gaby sobre la cama, su mirada está llena de ilusión y amor, tomo un preservativo y lo coloco en mi erecto m*****o vuelvo a ella y la sigo besando.
– Roberto… - dice suspirando mi nombre.
– Me encantas. – le digo mientras acaricio su intimidad, ella suelta un gemido y hace que me excite aún más. Entro con cuidado el ella y se queja de dolor.
– ¿Estás bien, amor? – la miro y ella siente.
– No te detengas, por favor. – dice y le hago caso.
Comienzo para moverme lentamente para no lastimarla, ella vuelve a gemir, esto se siente diferente a como lo hice con Samira, con ella sólo fue sexo, y con Gaby es hacer el amor.
Los días pasan y creo que cada vez me enamoro más de ella, casi todas las noches la visito y hacemos el amor, siendo discretos, obviamente. Como lo había dicho antes, con mi “esposa” no lo hemos vuelto hacer desde que nació nuestro hijo y ni tampoco he sido de tener amantes, por mucho que las mujeres se me insinúen, siempre les he dado su lugar, pero con Gaby todo es diferente.
Un año después…
Ya llevamos un año siendo novios, gracias al cielo que en este tiempo nadie se ha dado cuenta de nuestro secreto, yo estaba tan feliz de tan solo pensar que faltan dos años para ser libre y gritar a los cuatro vientos lo mucho que la amo. Llego a casa después del trabajo, mi familia ya me está esperando para cenar, mi hijo Julián corre hacia mí para abrazarme.
– ¡llegaste! – dice con felicidad.
– Así es, hijo mío. – Samira se acerca a mí y me besa con pasión, la verdad me tomó por sorpresa, ella nunca ha sido así conmigo, veo de reojo a Gaby y veo como se pone triste. Una vez que nos dejamos de besar, fuimos a cenar, y Gaby tenía su mirada apartada de mí, todo el tiempo.
Me quedo un rato más en el despacho con mi padre, para ver unos pendientes para mañana, me despido de él y me voy a mi habitación, entro y veo a mi esposa con diminutas prendas, pero ¿Qué le pasa?
– Hola, amor. – se acerca a mí y me jala de la corbata para unir sus labios con los míos.
Dios, esto no puede estar pasando.
– ¿Qué ocurre? – se separa y me mira sin entender nada.
– Samira, esto no está bien – digo y ella no dice nada.
– Tenemos un acuerdo. – le digo recordándole en tema.
– Lo sé, pero… yo te amo, sé que no lo habíamos hecho en años, y… pues estamos casados…- dice mirándome y veo lujuria en sus ojos.
– Yo… - iba a decir que estaba con alguien más, pero me calla.
– Sé lo de tu aventura con Gabriela. – dice sin ninguna pizca de odio, y me quedo atónico.
– Y sé que buscabas en ella lo que no te he dado estos 4 años. – sin más, la tomo por la cintura y la beso con ferocidad, ella me va quitando la ropa y toma mi erección entre sus manos y lo acaricia, mientras que yo masajeo sus senos. Nos metemos a la cama y entro en ella con fuerza y gime fuerte, mis embestidas son un poco fuertes y veo como lo disfruta.
– Te amo… - dice en medio de un suspiro.
– Y yo a ti… - creí que amaba a Gabriela.
Dos meses habían pasado, Samira no se molestaba que de vez en cuando visitara a Gaby, ya que mi esposa está esperando otro bebé mío. En cuanto Gaby se enteró no quiso que la visitara más, siempre cerraba su puerta con llave, siempre la escuchaba llorar. Por las mañanas se veía muy cansada y con ojeras, también se ve un poco pálida. Creo que no debí involucrarme con ella.
Un día no había nadie en casa, sólo las empleadas, pero estaban en sus labores, hasta que la veo, tiene una mirada un poco perdida, me acerco a ella y en cuanto me ve, se pone pálida.
– ¿Qué tienes? – le pregunto con preocupación.
– Nada, joven. - Dice y veo que volvió a la formalidad.
– Dime que pasa – le exijo, suspira antes de hablar.
– Yo… estoy embarazada. – dice y me quedo en shock…