Cena con lobos

2283 Words
La tormenta fuera de la mansión había dejado de ser un fenómeno meteorológico para convertirse en un asedio. Desde el comedor principal, a través de las pesadas cortinas cerradas, no se veían los relámpagos, pero se podía sentir la vibración de los truenos y, peor aún, el murmullo constante y zumbante de la prensa acampada en la puerta. Los helicópteros de los noticieros sobrevolaban la propiedad de vez en cuando, haciendo temblar la cristalería fina sobre la mesa. Era un escenario de guerra moderna, y nosotros estábamos cenando en el búnker. La mesa, una superficie interminable de caoba pulida capaz de reflejar nuestros rostros cansados, parecía ridículamente grande para tres personas. Bautista se había sentado en la cabecera, como era su costumbre desde que Ignacio enfermó. Yo me senté a su derecha. Y Leo, mi pequeño Leo, estaba sentado a mi lado, en una silla demasiado grande para él, con un cojín de terciopelo debajo para que pudiera alcanzar el plato. El contraste era doloroso. Leo llevaba su pijama de dinosaurios, porque se había negado a ponerse "ropa de picar" (como él llamaba a la ropa elegante), y Bautista llevaba su camisa de vestir remangada hasta los codos, con la corbata deshecha colgando del cuello. Yo seguía con mi traje blanco, que ahora se sentía como una armadura abollada tras un día de batallas. El silencio era denso, solo roto por el sonido de los cubiertos de plata golpeando la porcelana. Leo miró con desconfianza el plato que el camarero acababa de depositar frente a él: una crema de espárragos con virutas de jamón ibérico y aceite de trufa. —Está verde —susurró Leo, arrugando la nariz y mirándome con pánico—. Mami, es moco de ogro. Bautista, que estaba cortando un trozo de pan con una violencia innecesaria, se detuvo. Levantó la vista y miró el plato del niño, luego al mayordomo que esperaba en la sombra, rígido como una estatua. —Antonio —llamó Bautista. —¿Sí, señor? —¿Quién ordenó el menú de esta noche? —La señorita Eliana, señor. Dejó instrucciones precisas de que se sirviera el menú de degustación "Sofisticación Verde". Dijo que... —el mayordomo vaciló, mirando de reojo a Leo—... dijo que era hora de educar paladares y no ceder a gustos plebeyos. Sentí que la sangre me subía a las mejillas. Era un ataque directo. Una forma sutil de decirnos que mi hijo no pertenecía a esa mesa. Iba a abrir la boca para pedir que le trajeran una tostada, pero Bautista fue más rápido. —Llévate esto —ordenó Bautista, señalando el plato de Leo con desdén—. Y llévate el mío también. No tengo ganas de comer "sofisticación" hoy. —¿Qué desea que le traiga, señor? Bautista miró a Leo. Por primera vez en la noche, su expresión de CEO implacable se suavizó. —Oye, campeón. ¿Qué es lo que más te gusta comer en el mundo? Leo abrió los ojos como platos, sorprendido de que el "señor gigante" le pidiera su opinión. —¡Milanesas! —gritó, olvidando por un segundo su timidez—. Con puré. Y mucho ketchup. Bautista asintió solemnemente y miró a Antonio. —Ya has oído al jefe. Tres milanesas con puré. Y que el chef prepare su mejor salsa de tomate casera, nada de botes. Y patatas fritas también. —Pero señor... el chef francés... —Si el chef francés no sabe empanar carne, está despedido. Tienes veinte minutos. Antonio asintió rápidamente y retiró los platos verdes. Leo sonrió, mostrando sus dientes de leche. —Gracias, señor Bautista. —Dime Bautista. O Tío Bautista, si prefieres —corrigió él, y vi cómo la palabra "tío" se le atragantaba en la garganta. Evitó mi mirada y tomó un trago largo de su copa de vino tinto. El gesto de las milanesas relajó un poco la tensión, pero la calma duró poco. Justo cuando Antonio volvía con la comida "real" (que olía deliciosamente a hogar y a infancia), las puertas dobles del comedor se abrieron de par en par con un estruendo teatral. Eliana. Por supuesto. No había bajado a cenar al principio, probablemente esperando que nos sintiéramos incómodos y nos retiráramos a la cocina. Pero al ver que no nos movíamos, había decidido cambiar de táctica. Venía vestida para matar. Llevaba un vestido rojo sangre, ajustado, con joyas que probablemente pertenecían a la colección de la abuela de Ignacio. Su cabello rubio estaba peinado en ondas perfectas, y su maquillaje era impecable, ocultando cualquier rastro de la rabieta de la tarde. Detrás de ella, arrastrando los pies y con una tablet en la mano, venía Lucas. El niño,parecía cansado y aburrido. Vestía un trajecito de marca que parecía incómodo. —Vaya —dijo Eliana, deteniéndose a mitad de camino y mirando la mesa con una sonrisa gélida—. Qué escena tan... pintoresca. Parece una beneficencia. Han convertido el comedor de los Gordon en un comedor social. Caminó hacia la mesa y se sentó en el extremo opuesto a Bautista, ocupando el lugar de la anfitriona. Lucas se sentó a su lado, ignorándonos, absorto en su pantalla. —Buenas noches, Eliana —dije, cortando mi milanesa con calma—. Veo que te has recuperado de tu actuación ante la prensa. Deberían darte un Oscar. O una orden de alejamiento. Eliana soltó una risita cristalina mientras se servía agua. —Solo dije la verdad, querida. Que has vuelto para rapiñar. Y por lo que veo en las noticias, el público está de mi lado. La "esposa huida" no es una figura muy popular estos días. —La prensa cambia de opinión rápido —intervino Bautista sin mirarla, concentrado en ponerle un poco de sal a las patatas de Leo—. Especialmente cuando se enteren de los desfalcos en la Fundación. Eliana se tensó. —No sé de qué hablas. —Los auditores han encontrado facturas interesantes esta tarde —siguió Bautista, con tono casual—. Viajes a París que figuran como "Misiones Humanitarias" pero que coinciden con la Semana de la Moda. Compras de joyas registradas como "donaciones en especie". Es fraude, Eliana. Y es cárcel. Eliana palideció, pero recuperó la compostura rápidamente. Miró a Leo, que estaba comiendo con gusto, manchándose un poco la comisura de los labios con puré. —Disfruta de tu cena, Bautista. Porque será la última que controles. Cuando Ignacio muera —y morirá pronto, los médicos lo han dicho—, Lucas será el dueño de todo esto. Y yo, como su tutora, te despediré antes de que puedas terminar tu postre. Miró a Leo con asco. —Y en cuanto a ese niño... ni siquiera debería estar comiendo en esta mesa. Los bastardos comen en la cocina. Es la tradición. El sonido de un cubierto cayendo al plato resonó como un disparo. No fui yo. Fue Bautista. Soltó el cuchillo con fuerza. Se limpió la boca con la servilleta lentamente, con una calma que aterraba más que cualquier grito. Se giró hacia Eliana. Sus ojos eran agujeros negros. —Repite eso —dijo Bautista en voz baja. —Es la verdad —insistió Eliana, aunque su voz tembló ligeramente—. No es hijo de Ignacio. Todos lo sabemos. Es un bastardo que Brenda tuvo con algún amante en Europa. —Ese niño —dijo Bautista, articulando cada sílaba— tiene más sangre Gordon en su dedo meñique que tú y tu hijo probeta en todo el cuerpo. —¡Lucas es hijo de Ignacio! —chilló ella. —Lucas es un proyecto de vanidad comprado en un catálogo —escupió Bautista—. Y si vuelves a insultar a Leo, o a mirarlo mal, o a respirar en su dirección de una forma que no me guste... te juro por la memoria de mi padre que te sacaré de esta casa yo mismo, arrastrándote por ese vestido rojo, y te dejaré en la puerta para que los periodistas te coman viva. Eliana se quedó boquiabierta. Nunca, ni en sus peores peleas, Bautista había sido tan explícito. Lucas, asustado por los gritos, empezó a llorar bajito. —Mami... vámonos... —gimoteó Lucas. —Calla, Lucas —le siseó Eliana, sin mirarlo. Ese gesto. Ese desprecio hacia su propio hijo asustado. Eso fue lo que me hizo reaccionar. Me levanté de la silla. Caminé hasta el extremo de la mesa donde estaba ella. Eliana se echó hacia atrás, asustada, pensando que iba a pegarle. Pero hice algo peor. Saqué de mi bolsillo una copia doblada del documento que había firmado con Roberto hacía una hora. Lo desdoblé y lo puse sobre su plato vacío. —Léelo —ordené. Eliana miró el papel. Sus ojos se movieron rápidamente por las líneas legales. "Cláusula de Regencia Matrimonial". "Poderes plenos sobre el domicilio". "Voto de calidad". Su rostro pasó del rojo al blanco ceniza en segundos. —Esto... esto es mentira. Ignacio nunca firmaría esto. —Lo firmó el día que nos casamos —dije, apoyando mis manos en la mesa e inclinándome hacia ella—. Y como nunca nos divorciamos, sigue vigente. He vuelto al domicilio conyugal, Eliana. Legalmente, soy la jefa de esta casa. Soy la regente de Ignacio. Señalé la puerta. —Así que a partir de ahora, las reglas cambian. Se acabaron los menús pretenciosos. Se acabaron los guardias privados que no sean de la empresa. Y se acabaron los insultos a mi familia. —¿Tu familia? —se burló ella, intentando recuperar algo de dignidad—. ¿Te refieres a tu amante? —Miró a Bautista—. Porque está claro que os acostáis juntos. —Me refiero a mi hijo —dije—. Y a mi cuñado. Y a mi esposo. Porque hasta que Ignacio muera, yo soy la Señora Gordon. Y tú... tú solo eres una invitada que se ha quedado demasiado tiempo. Eliana arrugó el papel en su puño, temblando de rabia. Se levantó bruscamente, tirando la silla hacia atrás. —Esto lo verán mis abogados. Mañana mismo impugnaré esa cláusula. —Hazlo —dijo Bautista desde el otro lado de la mesa, levantando su copa en un brindis burlón—. Mientras tanto, estás en nuestra casa. Buenas noches, Eliana. Ella nos miró con odio puro, agarró a Lucas de la mano con fuerza y salió del comedor taconeando, arrastrando a su hijo que lloraba. Cuando las puertas se cerraron, el silencio volvió al comedor. Pero esta vez no era un silencio tenso. Era el silencio del alivio después de la tormenta. Me dejé caer en mi silla, sintiendo que las piernas me fallaban. Bautista me miró. Había una chispa de admiración en sus ojos que me calentó más que el vino. —"La Señora Gordon" —repitió él, saboreando las palabras—. Te queda bien el título cuando lo usas como un arma. —Solo quería que se callara —murmuré, mirando a Leo, que había seguido comiendo su puré, ajeno a la batalla legal, pero con los ojos muy abiertos. —Mami, ¿esa señora es una bruja? —preguntó Leo, con la boca manchada de tomate. Bautista soltó una carcajada, un sonido grave y auténtico que no había escuchado en años. —Sí, Leo. Es una bruja. Pero tu mamá tiene magia más fuerte. Miré a Bautista, sorprendida por su risa. Por un segundo, éramos una familia normal bromeando sobre los vecinos molestos. Por un segundo, la enfermedad, el secreto y el pasado no existían. Pero entonces Antonio entró para retirar los platos. —Señora, señor... —dijo el mayordomo, incómodo—. Hay un tema que debemos resolver. Las habitaciones. El aire se congeló. La realidad volvió de golpe. —La señorita Eliana ocupa la suite principal con el señor Ignacio (aunque duerme en el anexo). La habitación azul de invitados donde dejó al niño no tiene calefacción central funcionando bien, se estropeó la caldera de esa ala esta tarde. Miré a Bautista. —¿Dónde vamos a dormir? —pregunté. Bautista dejó la copa en la mesa. Su expresión se volvió indescifrable. —El ala oeste es la única que tiene seguridad independiente y calefacción propia. Mi ala. Tragué saliva. Su ala. El "Búnker". El lugar donde concebimos a Leo. El lugar del crimen. —Hay dos habitaciones —continuó Bautista rápidamente, viendo mi pánico—. La mía... y la de invitados, que está justo enfrente. Conectadas por un pasillo privado. —Pondremos a Leo en la de invitados —dije rápidamente. —No. Leo no puede dormir solo en una casa extraña con una mujer como Eliana suelta por los pasillos —dijo Bautista—. Leo dormirá en la habitación de invitados contigo. La cama es grande. —¿Y tú? —Yo dormiré en la mía. A tres metros de distancia. Con la puerta abierta. Antonio carraspeó. —¿Preparo las habitaciones, señor? —Sí. Y Antonio... cambia la cerradura del acceso al ala oeste. Quiero que solo Brenda y yo tengamos llave. Nadie entra. Ni siquiera para limpiar, a menos que estemos nosotros. —Entendido, señor. Bautista se levantó y caminó hacia mí. Me ofreció la mano para levantarme, un gesto de caballero antiguo que contrastaba con la situación moderna y retorcida. —Vamos —dijo—. Ha sido un día largo. Y la noche... la noche promete ser más larga todavía. Tomé su mano. Estaba caliente. Áspera. Familiar. Levanté a Leo con el otro brazo, que ya se estaba quedando dormido. Subimos las escaleras hacia el ala oeste. Hacia la boca del lobo. Hacia la intimidad forzada que ambos temíamos y deseábamos con la misma intensidad suicida.
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