La reina caída se levanta
La lluvia golpeaba el cristal tintado del sedán n***o con una violencia que parecía personal. Era una noche de tormenta en Buenos Aires, de esas que ahogan los gritos y lavan los pecados, o al menos, eso decían los poetas. Yo sabía que no había suficiente agua en el cielo para limpiar lo que ocurría dentro de la Mansión Gordon.
Miré mis manos, descansando sobre mi regazo. Ya no temblaban. Las uñas, pintadas de un rojo sangre profundo, contrastaban con la pálida piel que solía sonrojarse por cualquier insulto susurrado. Esa Brenda, la chica tímida de veintidós años que tartamudeaba cuando su esposo la miraba con desdén, había muerto hacía tres años. La mujer que regresaba hoy, a los veinticinco, era una criatura forjada en la soledad y endurecida por la necesidad de supervivencia.
—Señora, estamos llegando a la garita de seguridad —anunció el chófer, rompiendo el silencio sepulcral del vehículo.
Asentí levemente, sin apartar la vista de la ventanilla. A través de la cortina de agua, las luces de la mansión destellaban como un faro de arrogancia en medio de la oscuridad. La verja de hierro forjado, con la "G" dorada entrelazada en el centro, se alzaba imponente. La misma verja que se cerró tras de mí la noche que huí, embarazada y aterrorizada.
—Todo va a estar bien, mi amor —susurré, girando el rostro hacia el asiento contiguo.
Leo dormía en su sillita de seguridad, ajeno a la guerra que estábamos a punto de desatar. A sus casi tres años, tenía el cabello oscuro y revuelto, idéntico al de los hombres Gordon, y unas pestañas largas que descansaban sobre sus mejillas sonrosadas. Era la prueba viviente de mi pecado, pero también mi única razón para respirar. Él era el heredero. El verdadero heredero. Y nadie, absolutamente nadie, iba a robarle lo que le pertenecía.
El coche se detuvo. El guardia de seguridad, un hombre nuevo al que no reconocí, se acercó con un paraguas y una linterna, golpeando el cristal. Bajé la ventanilla apenas unos centímetros. El aire frío y húmedo se coló en el interior, trayendo consigo el olor a tierra mojada y pino.
—Propiedad privada. No hay invitación para vehículos no registrados —dijo el guardia con voz ronca, iluminando mi rostro.
Me quité las gafas de sol lentamente, clavando mis ojos en los suyos. No dije nada por tres segundos. Dejé que el silencio se volviera incómodo, pesado.
—Abre la maldita puerta —ordené. Mi voz no fue un grito, sino un susurro afilado, cargado de una autoridad que no poseía tres años atrás.
El hombre parpadeó, confundido por la frialdad de mi tono. —Señora, tengo órdenes estrictas de la señorita Eliana de no dejar pasar a nadie que no esté en la lista de la gala benéfica. El señor Ignacio está indispa...
—¿La señorita Eliana? —solté una risa corta, carente de humor—. ¿Desde cuándo la amante da las órdenes en la casa de mi esposo?
El guardia palideció al reconocerme. Quizás fue el tono, o quizás los rasgos que, aunque más maduros y maquillados con precisión letal, seguían siendo los de la señora de la casa.
—¿Señora Gordon? —balbuceó, bajando la linterna—. Yo... pensamos que usted estaba... que no volvería.
—Pensaron mal. Abre. Ahora.
El hombre corrió hacia la cabina y, un segundo después, las pesadas puertas de hierro se abrieron con un gemido metálico. El coche avanzó por el largo camino de grava, flanqueado por robles centenarios.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, no por miedo, sino por la adrenalina del combate inminente. Sabía que hoy se celebraba la Gala Anual de la Fundación Gordon. Ignacio, mi esposo, siempre utilizaba este evento para mostrar su poderío. Pero según mis informes, la enfermedad lo tenía postrado en una cama, convirtiendo la gala de esta noche en el escenario perfecto para que Eliana, la mujer que destruyó mi matrimonio, se presentara ante la sociedad como la consorte de facto, acompañada de ese niño que ella aseguraba era hijo de Ignacio.
Un bastardo contra otro. Solo que mi hijo tenía la sangre de un Gordon corriendo por sus venas de una forma mucho más complicada.
El coche se detuvo frente a la escalinata principal. Había varios vehículos de lujo aparcados y un valet parking que corrió a abrir mi puerta.
—Espera aquí —le dije al chófer—. No bajes las maletas ni al niño todavía. Primero tengo que limpiar la basura.
Salí del coche. Mis tacones de aguja Louboutin golpearon el mármol mojado con un clac resonante. Llevaba un vestido n***o de seda, ceñido al cuerpo como una segunda piel, con un escote en la espalda vertiginoso y una apertura en la pierna que gritaba peligro. No venía vestida de esposa abnegada; venía vestida de viuda negra antes del funeral.
Subí las escaleras ignorando al valet que intentaba ofrecerme un paraguas. Dejé que unas cuantas gotas de lluvia cayeran sobre mis hombros desnudos. Necesitaba sentir el frío para mantener la cabeza fría.
Los murmullos me golpearon en cuanto los camareros abrieron las puertas dobles del gran salón. La música de un cuarteto de cuerdas flotaba en el aire, mezclada con el tintineo de copas de cristal y risas falsas. El salón estaba abarrotado de la élite empresarial: socios, rivales, tiburones oliendo sangre ante la debilidad de Ignacio.
Caminé hacia el centro. Nadie me notó al principio. Todos miraban hacia el pequeño escenario improvisado donde una mujer rubia, vestida de un blanco inmaculado que pretendía inocencia, sostenía una copa de champán.
Eliana.
Estaba más delgada, más operada, más artificial. A su lado, un niño de unos cuatro años jugaba distraído con una tablet, ignorando a la multitud.
—...y aunque Ignacio no puede estar con nosotros esta noche debido a su delicada salud —decía Eliana al micrófono, con esa voz melosa que me provocaba náuseas—, él quiere que sepan que el futuro de Industrias Gordon está asegurado. Nuestro hijo, Lucas, es la luz de sus ojos y la promesa de continuidad...
Sentí una mano invisible apretarme la garganta, pero transformé esa asfixia en fuego.
—Qué discurso tan conmovedor —dije. Mi voz no necesitó micrófono. La proyección fue perfecta, cortando el aire como un cuchillo.
El silencio cayó sobre el salón como una manta de plomo. La música se detuvo. Cien cabezas se giraron hacia mí.
Eliana soltó la copa. El cristal estalló contra el suelo, derramando el líquido dorado sobre sus zapatos de diseñador. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si estuviera viendo a un fantasma.
—¿Brenda? —susurró, y el micrófono captó su miedo.
Avancé. La multitud se apartó instintivamente, abriendo un pasillo para mí como si fuera la realeza bíblica separando las aguas. Caminé con la barbilla en alto, disfrutando de cada jadeo, de cada susurro escandalizado.
—Lamento llegar tarde a la fiesta —dije, deteniéndome al pie del escenario—. El tráfico desde el aeropuerto estaba terrible. Y veo que han empezado a repartir la herencia antes de que el cadáver se enfríe. De muy mal gusto, Eliana. Incluso para una mujer de tu... procedencia.
—¡Seguridad! —chilló Eliana, recuperando la compostura, aunque su mano temblaba—. ¡Saquen a esta mujer de aquí! ¡Es una intrusa!
Dos guardias de seguridad del evento dieron un paso hacia mí, pero se detuvieron en seco cuando una voz masculina, grave y potente, resonó desde la penumbra del pasillo lateral.
—Nadie la toca.
El aire en la habitación cambió de temperatura. Se volvió eléctrico, denso. Mis vellos se erizaron antes de que siquiera girara la cabeza. Conocía esa voz. Esa voz me había perseguido en pesadillas y en sueños húmedos que me avergonzaban al despertar.
Bautista Gordon.
El hermano menor. El rebelde. El genio financiero. El hombre que, en una noche de alcohol y desesperación, me había dado lo único bueno que tenía en mi vida y luego me había destrozado con su silencio.
Giré lentamente sobre mis talones para enfrentarlo.
Bautista salió de las sombras. Vestía un traje azul noche hecho a medida que acentuaba la anchura de sus hombros y su altura intimidante. Su cabello n***o estaba un poco más largo que hace tres años, dándole un aire salvaje, y su mandíbula estaba tensa, cubierta por una sombra de barba de un par de días. Pero eran sus ojos los que me clavaron en el sitio: oscuros, inteligentes y ardiendo con una mezcla indescifrable de furia y... ¿deseo?
Caminó hacia mí, ignorando a los invitados, ignorando a Eliana. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo mi espacio personal. Olía a whisky caro, tabaco y peligro.
—Brenda —pronunció mi nombre como si fuera una maldición.
—Bautista —respondí, manteniendo la mirada, negándome a retroceder ni un milímetro.
—Tienes agallas para volver aquí —gruñó en voz baja, solo para mis oídos—. Después de desaparecer sin dejar rastro. Después de abandonar a mi hermano cuando enfermó.
—No abandoné a nadie. Me echaron —siseé, y el dolor antiguo amenazó con agrietar mi máscara, pero lo contuve—. Y he vuelto porque esta casa sigue siendo mía. Y porque mi hijo tiene más derecho a estar aquí que la ramera de turno de tu hermano.
Bautista entrecerró los ojos. Su mirada bajó a mis labios y luego volvió a subir, recorriendo mi cuerpo con una posesividad que me hizo sentir desnuda.
—¿Tu hijo? —repitió, y la sospecha cruzó su rostro.
—Sí. Mi hijo.
Antes de que pudiera interrogarme más, hice una señal hacia la entrada. El chófer, siguiendo mis instrucciones previas, entró en el salón cargando a Leo, que se había despertado y frotaba sus ojos con el puño, mirando asustado a tanta gente.
El silencio en la sala se volvió absoluto.
Bautista se giró. Vio al niño.
Vi el momento exacto en que el impacto lo golpeó. Bautista miró a Leo, y Leo, con esa inocencia desarmante, le devolvió la mirada con los mismos ojos oscuros y profundos. La similitud era innegable para cualquiera que prestara atención, pero para Bautista, debió ser como mirarse en un espejo que distorsiona el tiempo.
Eliana bajó del escenario corriendo, histérica. —¡Eso es una farsa! ¡Seguro que adoptó a un niño cualquiera para sacar dinero! ¡Ignacio es estéril, todos lo sabemos, por eso tuvimos que hacer in vitro para tener a Lucas! ¡Ese niño no es un Gordon!
Me giré hacia ella, sonriendo con una calma letal. —Ignacio puede ser estéril, querida. Pero yo nunca dije que mi hijo fuera de Ignacio.
Un murmullo de shock recorrió la sala. Bautista se tensó a mi lado, su cuerpo rígido como una piedra. Me agarró del brazo, sus dedos apretando con fuerza sobre mi piel desnuda, quemándome.
—¿Qué estás diciendo, Brenda? —su voz era un rugido contenido.
Me solté de su agarre con un movimiento brusco y me acerqué a mi hijo, tomándolo en brazos. Sentir su peso, su calor, me dio la fuerza final. Me volví hacia la multitud, hacia Eliana, y finalmente, clavé mis ojos en Bautista, el hombre al que odiaba y amaba con la misma intensidad suicida.
—Digo que he venido a reclamar lo que es mío —declaré, alzando la voz para que todos los testigos escucharan—.
He venido a ver a mi esposo.
Y nadie va a impedírmelo.
Bautista dio un paso adelante, acorralándome contra la realidad de lo que acababa de insinuar. Su mirada viajó de mi rostro al del niño una vez más, haciendo cálculos, atando cabos, recordando una noche de tormenta hace tres años, muy parecida a esta.
—Tú y yo vamos a hablar —dijo Bautista. No fue una petición.
Fue una sentencia.
—Cuando yo quiera, cuñado —respondí, dándole la espalda para caminar hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones privadas, dejando atrás el caos, los cristales rotos y a un hombre que acababa de darse cuenta de que su mundo estaba a punto de arder.
Subí el primer escalón. Sabía que sus ojos estaban clavados en mi espalda. Sabía que la guerra había comenzado.
Pero esta vez, yo no era la víctima.
Esta vez, yo era la tormenta.