El sonido de la lluvia en el presente se desvaneció, reemplazado por el eco de mis propios pasos en los pasillos de mi memoria.
Mientras subía las escaleras de la mansión con mi hijo en brazos en el presente, mi mente fue arrastrada hacia atrás, hacia el abismo. No podía evitarlo. Estar en esta casa era inhalar el pasado. Las paredes tenían memoria, y la mía sangraba.
Recordé el principio.
No el día que me fui, sino el día que llegué.
años antes.
El día de mi boda no hubo sol. El cielo sobre Buenos Aires estaba encapotado, una masa gris y uniforme que presagiaba lo que sería mi vida marital.
Tenía veintidós años y llevaba un vestido de encaje francés que costaba más que la casa donde crecí.
Me sentía una princesa, o al menos, eso intentaba decirme a mí misma mientras me miraba en el espejo de la suite nupcial.
Ignacio Gordon era el partido perfecto.
Doce años mayor que yo, inmensamente rico, respetado, temido.
Mi padre, un empresario de nivel medio con deudas hasta el cuello, había arreglado el matrimonio como quien cierra una fusión corporativa.
Yo era el activo que equilibraba los libros.
Y yo, ingenua y desesperada por complacer, acepté pensando que el amor vendría después. Que el cariño se podía cultivar como un jardín.
Qué estúpida fui.
La primera noche en la mansión Gordon, la realidad me golpeó con la fuerza de un portazo.
La fiesta había terminado.
Los invitados se habían ido. Ignacio se aflojó la corbata con un gesto de fastidio mientras entraba en la habitación principal.
Yo estaba sentada en el borde de la inmensa cama con dosel, nerviosa, retorciendo mis manos.
—Estoy agotado —dijo, sin siquiera mirarme.
Se dirigió al mueble bar de caoba y se sirvió un whisky doble.
—¿Quieres que te ayude a...? —empecé a decir, levantándome para ayudarle con los gemelos de la camisa.
Ignacio se giró.
Su mirada no tenía calidez, ni deseo, ni siquiera curiosidad.
Era la mirada que uno le dedica a un mueble nuevo que no está seguro de si combina con la alfombra.
—No —me cortó en seco—.
No necesito una sirvienta, Brenda. Para eso pago a veinte personas.
Me quedé helada. —Solo quería ser amable.
Es nuestra noche de bodas, Ignacio.
Él soltó una risa seca, vacía. Se bebió el whisky de un trago y dejó el vaso con fuerza sobre la mesa.
—Brenda, seamos claros para no tener malentendidos en el futuro.
Me casé contigo porque necesitaba una esposa para las fotos, para los eventos y, eventualmente, para darme un heredero.
Tu padre necesitaba dinero.
El trato está cerrado.
No esperes romance de novela barata. No tengo tiempo ni paciencia para eso.
Se quitó la camisa y la tiró al suelo.
—Voy a dormir en el estudio esta noche.
Ronco y me gusta tener mi espacio.
Tú quédate aquí. Procura no hacer ruido por las mañanas.
Y se fue. Me dejó allí, vestida de novia, virgen y humillada, en una habitación que era más grande que mi antiguo apartamento.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida, abrazada a una almohada que olía a lavanda y a soledad.
Aprendí la primera lección de ser la Señora Gordon: yo era un adorno.
Y los adornos no hablan, no sienten y no estorban
Los meses pasaron y se convirtieron en una rutina de plomo.
Mi vida se redujo a organizar cenas, sonreír a las cámaras y fingir que era feliz.
Ignacio apenas me tocaba.
Sus visitas a mi cama eran esporádicas, mecánicas y rápidas.
Cumplía con su "deber" con la frialdad de un trámite burocrático, dejándome siempre insatisfecha y vacía, mirando al techo en la oscuridad mientras él se levantaba inmediatamente para irse a su otra habitación.
Pero el verdadero infierno comenzó con la obsesión por el heredero.
Al año de casados, la falta de un embarazo empezó a ser un problema.
Ignacio se volvió irritable. En las cenas familiares, su madre, una matriarca de hielo que me miraba como si fuera poca cosa, lanzaba indirectas venenosas.
—El reloj corre, querida. Los Gordon no somos inmortales.
Necesitamos sangre nueva —decía, mientras cortaba su filete con precisión quirúrgica.
Comenzaron las visitas a los médicos.
Ignacio me obligó a someterme a todo tipo de pruebas invasivas.
Hormonas, ecografías, seguimientos de ovulación.
Yo lo soportaba todo, convencida de que era mi culpa, de que mi cuerpo estaba defectuoso.
Hasta esa tarde en la clínica del Dr. Arriaga.
Estábamos sentados en el despacho, el aire acondicionado zumbaba demasiado fuerte.
Ignacio revisaba su teléfono, impaciente por volver a la oficina.
—Bien, doctor —dijo Ignacio sin levantar la vista—.
¿Cuál es el problema con ella? ¿Necesita más inyecciones?
El Dr. Arriaga, un hombre mayor y canoso, carraspeó incómodo.
Miró a Ignacio y luego a mí con lástima. —Señor Gordon, los resultados de Brenda son impecables. Es una mujer joven y perfectamente sana. Su reserva ovárica es excelente.
Ignacio levantó la vista lentamente. —¿Entonces?
—El problema... está en el factor masculino, señor Gordon.
Su recuento es extremadamente bajo y la movilidad es casi nula.
En términos médicos, la concepción natural es virtualmente imposible.
El silencio que siguió fue atronador. Sentí un alivio inmenso al saber que no estaba "rota", seguido inmediatamente por un terror gélido al ver la expresión de mi esposo.
Su rostro se puso rojo, las venas de su cuello se hincharon.
—Eso es mentira —escupió Ignacio—.
Yo soy un Gordon. Mi padre tuvo cuatro hijos. Mi abuelo tuvo siete. No hay nada malo en mí.
—Señor, los análisis...
—¡Al diablo con sus análisis! —gritó, poniéndose de pie y tirando la silla—.
¡Es incompetente! Nos vamos, Brenda.
Me agarró del brazo con fuerza, arrastrándome fuera de la consulta. En el coche, el silencio fue peor que los gritos.
—No se lo dirás a nadie —dijo finalmente, con la voz temblando de rabia contenida—. Si le dices a alguien que soy estéril, te destruyo.
Seguiremos intentándolo. El problema eres tú. Tú no me inspiras lo suficiente. Eso es todo.
A partir de ese día, el desprecio se convirtió en odio.
Me culpaba de su propia insuficiencia.
Y yo me hacía más pequeña, más invisible, intentando desaparecer entre las paredes de seda y terciopelo.
Fue en esa época cuando empecé a notar a Bautista.
El hermano menor de Ignacio vivía en el ala oeste de la mansión cuando estaba en el país, aunque solía viajar mucho por negocios.
Bautista era todo lo que Ignacio no era. Donde Ignacio era calculador y frío, Bautista era intenso y apasionado.
Tenían los mismos rasgos oscuros, pero en Bautista había una luz, una energía vibrante que llenaba la habitación.
Nuestras interacciones eran mínimas.
Un "buenos días" en el desayuno, un cruce en el pasillo. Pero yo sentía sus ojos sobre mí. No con lujuria, sino con una especie de curiosidad analítica.
A veces, cuando Ignacio me gritaba delante del servicio por algún error estúpido como que el café estaba tibio, yo veía a Bautista al otro lado de la mesa, apretando los puños sobre el mantel, con la mandíbula tensa.
Nunca intervenía. Yo no esperaba que lo hiciera. Nadie se enfrentaba a Ignacio. Pero saber que alguien veía mi dolor, que alguien se daba cuenta de que yo era un ser humano, se convirtió en mi único consuelo.
El punto de quiebre llegó dos años y medio después de la boda.
Ignacio empezó a tropezar. Al principio eran cosas pequeñas: se le caía un vaso, arrastraba un pie al caminar.
Su caligrafía perfecta se volvió temblorosa.
Su arrogancia le impidió ir al médico durante meses, hasta que una mañana colapsó en el baño.
El diagnóstico cayó sobre la casa como una guillotina: Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una variante agresiva.
La enfermedad avanzó rápido.
En cuestión de meses, el hombre que dominaba la ciudad desde su rascacielos estaba confinado a una silla de ruedas, perdiendo el control de sus músculos día a día.
Uno pensaría que la enfermedad lo ablandaría.
Que la proximidad de la muerte le haría valorar a la mujer que lo cuidaba.
Porque yo lo cuidaba. A pesar de todo, a pesar del maltrato, yo tenía un sentido del deber estúpido y leal.
Yo le daba de comer cuando sus manos fallaban,
yo le leía los informes de la empresa, yo soportaba sus insultos balbuceados.
—Inútil... eres una inútil —me decía cuando derramaba un poco de sopa—.
Ni siquiera puedes hacer esto bien. Ojalá me hubiera casado con alguien con cerebro.
Yo tragaba las lágrimas y limpiaba su barbilla. —Lo siento, Ignacio. Lo haré mejor.
La casa se volvió lúgubre. Los socios dejaron de venir.
Solo Bautista mantenía la empresa a flote, trabajando dieciocho horas al día y viniendo por las noches a informar a Ignacio, quien, a pesar de su cuerpo fallido, se aferraba al control de la compañía con garras de hierro.
Una noche, Bautista me encontró llorando en la cocina.
Eran las tres de la mañana. Yo estaba calentando agua para una compresa caliente porque Ignacio tenía dolores musculares.
—Brenda —su voz grave me sobresaltó.
Me sequé las lágrimas rápidamente, dándole la espalda. —Estoy bien, Bautista. Solo es el cansancio.
Él entró en la cocina. Sentí su presencia detrás de mí, grande, cálida.
—No tienes que hacer esto tú sola. Podemos contratar enfermeras de noche.
—Él no quiere extraños —susurré—. Dice que solo confía en mí para... limpiarlo.
Bautista soltó un suspiro frustrado. —Te está matando, Brenda.
Te estás consumiendo. Mira tus brazos, estás en los huesos. Él te odia, y tú te sacrificas por él. ¿Por qué?
Me giré. Estábamos cerca, demasiado cerca. Podía ver el cansancio en sus propios ojos, las ojeras marcadas.
—Porque es mi esposo. Porque hice un voto. En la salud y en la enfermedad.
Bautista negó con la cabeza, y por un segundo, levantó la mano como si quisiera tocar mi mejilla, pero la dejó caer.
—Ese voto debería ser de ida y vuelta. Él rompió el suyo el día que te trató como una propiedad. No te mereces esto, Brenda.
Eres... eres demasiado buena para esta maldita familia.
Ese "demasiado buena" se quedó grabado en mi pecho, ardiendo como una brasa. Fue la primera vez que alguien me validaba.
Pero la validación duró poco.
Porque una semana después, llegó ella.
Era una tarde tormentosa, idéntica a la de mi regreso tres años después.
Ignacio estaba en su estudio, en la silla de ruedas, mirando la lluvia. Yo estaba leyéndole un libro.
El mayordomo entró, visiblemente nervioso. —Señor, hay una visita. Insiste en verlo.
—No quiero ver a nadie —gruñó Ignacio con dificultad.
—Dice que es importante, señor.
Se llama Eliana. Y dice que trae a... su hijo.
El mundo se detuvo. Ignacio se giró en la silla con una rapidez que no sabía que aún poseía.
Sus ojos brillaron con una luz que no había visto en años: esperanza y pánico.
—Hala pasar —ordenó.
—Ignacio, ¿quién es...? —pregunté, poniéndome de pie, sintiendo un nudo en el estómago.
—Cállate, Brenda. Siéntate.
La puerta se abrió y entró ella.
Eliana.
Era despampanante.
Rubia, alta, vestida con ropa de diseñador que gritaba "amante cara".
Y de su mano, caminaba un niño pequeño, de apenas un año, que daba sus primeros pasos torpes.
Eliana miró la habitación, sus ojos recorrieron los muebles caros, las cortinas de terciopelo, y finalmente se posaron en mí con una sonrisa de superioridad que me heló la sangre.
—Hola, Ignacio —dijo ella, ignorándome por completo—. Veo que los rumores sobre tu salud son ciertos. Qué tragedia.
Se acercó a él y, para mi horror, le acarició la mejilla con familiaridad. Ignacio no la apartó. Se inclinó hacia su toque como un perro hambriento.
—Eliana... —susurró él—. ¿Es él?
Ella asintió y empujó suavemente al niño hacia adelante. —Saluda a papá, Lucas.
Me quedé paralizada.
El aire se escapó de mis pulmones. —¿Papá? —mi voz salió estrangulada—.
Ignacio, ¿de qué está hablando? Tú eres estéril. El médico dijo...
Eliana soltó una carcajada cristalina y cruel. —Ay, querida. ¿De verdad te creíste eso?
—Me miró con lástima fingida—.
Ignacio no es estéril.
Cuando estábamos juntos, antes de que te compraran como a una yegua de cría, él congeló esperma.
Lucas es su hijo biológico. In vitro, por supuesto. Pero es suyo.
Miré a Ignacio, buscando una negación, una explicación.
Pero él solo tenía ojos para el niño.
—Es perfecto —murmuró Ignacio, con lágrimas en los ojos—.
Un heredero. Por fin un heredero.
—Ignacio... —di un paso hacia él, temblando—.
¿Y yo? ¿Qué soy yo entonces? Llevo tres años intentando darte una familia, sufriendo tus insultos, cuidándote...
¿y tenías una amante y un hijo a mis espaldas?
Ignacio finalmente me miró.
Y la frialdad en sus ojos fue la estocada final.
—Tú eras el plan B, Brenda. Un plan B fallido.
Eliana siempre fue la mujer que quise, pero mi padre no la aceptaba por su... pasado.
Ahora que me estoy muriendo, ya no me importa lo que piense nadie.
Quiero a mi hijo. Quiero a mi verdadera familia.
Señalo la puerta con un dedo tembloroso.
—Vete.
—¿Qué? —No podía procesarlo.
—Que te largues de mi vista.
Eliana y Lucas se quedarán aquí.
Ella ocupará la habitación principal.
Tú puedes irte a la habitación de invitados del ala norte, la del servicio si quieres.
Pero no estorbes. Ya no te necesito.
Ya tengo lo que quería.
—No puedes hacerme esto... soy tu esposa.
—Eres una carga —dijo Eliana, interviniendo con una sonrisa viperina—.
Hazte un favor y ten un poco de dignidad.
Desaparece. Nadie te va a extrañar.
Salí corriendo del estudio.
Corrí por los pasillos interminables, cegada por las lágrimas, sintiendo que mi corazón se rompía en mil pedazos.
No era solo el dolor del desamor, porque nunca lo amé.
Era la humillación. La sensación de haber desperdiciado mi vida, mi juventud y mi bondad en un monstruo que me había reemplazado sin pestañear.
Llegué al salón principal, jadeando, buscando aire.
Y allí estaba Bautista.
Acababa de llegar del trabajo, empapado por la lluvia, sacudiendo su paraguas. Me vio. Vio mi rostro descompuesto, mi respiración errática.
—Brenda... —dejó caer el paraguas y corrió hacia mí—. ¿Qué pasó? ¿Ignacio está...?
—Está celebrando —grité, soltando una risa histérica que sonó a llanto—. Su amante está aquí. Con su hijo. Me ha echado, Bautista. Me ha dicho que soy un plan B fallido. Que me vaya a la habitación del servicio.
La expresión de Bautista se transformó. La preocupación dio paso a una furia negra, volcánica. Miró hacia el pasillo que llevaba al estudio de su hermano con ganas de asesinar, pero luego me miró a mí. Me vio temblar, me vio rota.
—Ven conmigo —dijo, agarrándome de la mano.
—No, tengo que irme, tengo que hacer las maletas...
—No vas a ir a ninguna parte en este estado. Y no te vas a quedar en la habitación del servicio. —Su voz era firme, una roca en medio de mi huracán—. Ven a mi ala. Allí nadie te molestará. Tienes que beber algo. Tienes que calmarte.
Me dejé llevar. No tenía voluntad. No tenía a dónde ir. Me dejé arrastrar por el único hombre que me había mirado con compasión en esa casa maldita.
Mientras caminábamos hacia su apartamento privado, cruzando los jardines bajo la lluvia torrencial, no sabía que estaba caminando hacia mi perdición y hacia mi salvación al mismo tiempo.
No sabía que esa noche, la rabia y el alcohol nos llevarían a cruzar una línea de la que no se podía volver.
Solo sabía que quería venganza.
Y que el hombre que me sostenía la mano era la herramienta perfecta, o quizás, el único error que valía la pena cometer.