El sonido de la cerradura al girar fue el primer indicio de seguridad que sentí en horas, pero también sonó como el sello de una tumba. Estábamos en el "Búnker", como Bautista llamaba irónicamente a su apartamento privado en el ala oeste. A diferencia de la mansión principal, que era un museo de frialdad y ostentación barroca, este lugar olía a cuero, a madera de sándalo y a una soledad masculina que resultaba extrañamente reconfortante.
Estaba empapada. El vestido de seda color crema que llevaba —una elección estúpida para un día de lluvia, dictada por el protocolo de "esposa perfecta"— se adhería a mi cuerpo como una segunda piel helada, volviéndose translúcido en los peores lugares. Temblaba, no solo por el frío, sino por el choque de adrenalina que empezaba a disiparse, dejando paso a una realidad cruda y dolorosa.
Bautista se movía por la habitación con la eficiencia de un depredador en su territorio. Se quitó la chaqueta empapada y la lanzó sobre un sillón de cuero n***o sin mirarla. Su camisa blanca estaba pegada a sus hombros anchos y a su pecho, transparentando la piel bronceada debajo.
—Siéntate —ordenó, señalando el sofá frente a la chimenea apagada.
No discutí. Mis piernas parecían hechas de gelatina. Me dejé caer en el sofá, abrazándome a mí misma, sintiendo cómo el agua goteaba de mi cabello sobre la costosa alfombra persa.
Bautista se agachó frente a la chimenea. Lo observé en silencio. Sus movimientos eran bruscos, cargados de una ira contenida. Rasgó un fósforo con violencia y prendió los leños. El fuego rugió casi al instante, proyectando sombras danzantes sobre las paredes oscuras.
Luego se levantó y fue hacia la barra. El tintineo del cristal contra el cristal fue el único sonido en la habitación, aparte del repiqueteo incesante de la lluvia contra los ventanales de piso a techo.
—Toma. —Me extendió un vaso bajo con un líquido ámbar. No había hielo.
Lo tomé con manos temblorosas. —No bebo whisky, Bautista.
—Hoy sí bebes —dijo, y su voz no admitía réplica—. Bébelo. Te calentará y matará lo que sea que estés sintiendo ahora mismo.
Me llevé el vaso a los labios. El olor a turba y alcohol me golpeó la nariz. Di un trago largo, desesperado. El líquido quemó mi garganta como fuego líquido, haciéndome toser, pero cumplió su promesa: una ola de calor se extendió por mi pecho, adormeciendo ligeramente el nudo de angustia que tenía en el estómago.
Bautista se sirvió otro vaso para él y se lo bebió de un solo trago, como si fuera agua. Se sirvió el segundo antes de girarse para mirarme. Se apoyó contra la barra, cruzando los tobillos, con esa elegancia descuidada que siempre me había fascinado y aterrorizado a partes iguales.
—Cuéntamelo todo —exigió. Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, escrutando cada detalle de mi miseria—. Quiero saber exactamente qué dijo ese bastardo.
Apreté el vaso con tanta fuerza que temí romperlo. —Dijo que yo era el plan B —susurré, y al decirlo en voz alta, la humillación volvió a golpearme—. Dijo que siempre la quiso a ella. Que yo solo servía para las fotos y para... para criar. Y como no pude darle un hijo, soy desechable.
Bautista soltó una maldición en voz baja y golpeó la barra con el puño. El sonido seco me hizo saltar. —Siempre supe que Ignacio era un narcisista, pero esto... traer a su amante y a un hijo ilegítimo a la casa mientras su esposa lo está cuidando en su lecho de muerte... es un nuevo nivel de bajeza, incluso para él.
—Eliana dijo que me fuera —continué, las palabras saliendo como un vómito verbal que no podía detener—. Dijo que me fuera a la habitación del servicio. Después de tres años, Bautista. Tres años aguantando sus gritos, su indiferencia, sus... —me detuve, incapaz de decir en voz alta lo vacía que había sido nuestra vida íntima.
Me levanté del sofá, incapaz de quedarme quieta. La energía nerviosa y el whisky empezaban a hacer efecto. Caminé hacia el ventanal, mirando la tormenta. —Soy una estúpida. Mi padre me vendió por una inyección de capital a su empresa, y yo acepté pensando que podría hacer que me quisiera. ¿Puedes creerlo? Pensé que si era lo suficientemente buena, lo suficientemente dócil, él me miraría alguna vez como... como a una persona.
Sentí a Bautista acercarse detrás de mí. No me tocó, pero su calor irradiaba hacia mi espalda fría. —Tú no eres estúpida, Brenda. Eres leal. Y él no se merece ni una uña de esa lealtad.
Me giré bruscamente, quedando a escasos centímetros de él. —¿De qué me sirve la lealtad ahora? —grité, y las lágrimas volvieron a brotar, calientes y furiosas—. ¡Mírame! Tengo veintidós años y me siento como si tuviera cien. No tengo nada. No tengo casa, no tengo dinero propio, no tengo familia porque mi padre se pondrá del lado de Ignacio por los negocios. Soy un "mueble", Bautista. Un mueble viejo que van a tirar a la basura porque compraron uno nuevo.
Bautista dejó su vaso en una mesa cercana y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio vital. Su mirada era intensa, casi febril. —No eres un mueble.
—Para él sí lo soy.
—¡Me importa una mierda lo que tú seas para él! —rugió, agarrándome por los hombros. Sus manos eran grandes, fuertes, y sus dedos se clavaron en mi piel mojada a través de la seda—. Estoy hablando de lo que eres en realidad. Eres la mujer más fuerte que he conocido. Te he visto aguantar infiernos que habrían roto a cualquiera. Te he visto sonreír cuando querías gritar. He visto cómo cuidabas a un hombre que te escupía en la cara.
Me quedé paralizada por la intensidad de su voz, por la cercanía de su cuerpo. Podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros, podía oler el whisky en su aliento mezclado con su aroma natural a almizcle y lluvia. —Bautista... —mi voz fue un hilo.
Él bajó el tono, pero la intensidad no disminuyó. Sus manos subieron de mis hombros a mi cuello, sus pulgares rozando la línea de mi mandíbula. El contacto fue eléctrico. Nunca nadie me había tocado con esa mezcla de reverencia y desesperación. —Eres hermosa, Brenda. Eres jodidamente hermosa y estás desperdiciada con él. Llevo tres años viéndote marchitar en esta casa, mordiéndome la lengua, queriendo romperle la cara a mi propio hermano cada vez que te ignoraba.
Mi corazón latía tan fuerte que dolía contra mis costillas. Lo que él estaba diciendo, lo que estaba implicando, era peligroso. Era traición. Era todo lo que me habían enseñado que estaba mal. Pero yo estaba rota. Estaba herida. Y estaba furiosa.
—¿Por qué nunca hiciste nada? —pregunté, desafiante, buscando provocarlo, buscando una reacción real en un mundo de falsedades.
Bautista sonrió con tristeza, una mueca torcida. —Porque eres su esposa. Porque eres intocable. Porque eres mi cuñada.
—Ya no —dije, y la decisión se formó en mi mente con la claridad del cristal roto—. Él me echó. Él rompió el contrato. Ya no soy su esposa. Solo soy una mujer en tu habitación.
El aire entre nosotros se cargó de una tensión s****l tan densa que se podía masticar. Bautista me miró, y vi la lucha interna en sus ojos: el honor contra el deseo, la razón contra el instinto. Sus ojos bajaron a mis labios, luego a mi escote, donde la tela mojada no dejaba nada a la imaginación. —Brenda, estás borracha. Estás dolida. No sabes lo que estás diciendo.
—Sé perfectamente lo que estoy diciendo. —Di un paso adelante, eliminando la última distancia entre nuestros cuerpos. Mis pechos rozaron su camisa mojada. El contacto me envió una descarga directa al vientre—. Quiero que me mires. Quiero que me toques. Quiero sentir que existo, Bautista. Quiero... quiero vengarme.
Fue la palabra "venganza" la que rompió el dique. O quizás fue el hecho de que levanté mi mano y la puse sobre su pecho, justo sobre su corazón acelerado.
Bautista soltó un gruñido gutural, como un animal herido. —Maldita sea, Brenda.
Y me besó.
No fue un beso dulce. No fue un beso de película romántica. Fue un choque. Sus labios capturaron los míos con una hambre voraz, devoradora. Me agarró la nuca con una mano, inmovilizando mi cabeza, mientras su lengua invadía mi boca, exigiendo, reclamando. Sabía a whisky y a peligro.
Yo respondí con la misma ferocidad. Mis manos se aferraron a su cabello mojado, tirando de él, pegándolo más a mí. Vertí toda mi frustración, todo mi odio hacia Ignacio, toda mi soledad de tres años en ese beso.
Bautista me levantó en vilo como si no pesara nada. Enrosqué mis piernas alrededor de su cintura instintivamente. Caminó a ciegas hacia el dormitorio, sin romper el beso ni por un segundo. Chocamos contra el marco de la puerta, pero no nos importó.
Me dejó sobre la cama grande, cubierta con sábanas de satén gris oscuro. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz del fuego que venía de la sala y los relámpagos que estallaban fuera.
Se apartó un momento para quitarse la camisa. Los botones saltaron por el aire, rodando por el suelo. Su torso desnudo era una obra de arte de músculos tensos y piel dorada, cubierto de un vello oscuro que descendía hacia su abdomen. Era viril, poderoso, real. Nada que ver con el cuerpo flácido y descuidado de Ignacio.
Se inclinó sobre mí, apoyando los brazos a ambos lados de mi cabeza, enjaulándome. —Si seguimos, no voy a parar —advirtió, con la voz ronca, jadeante—. Si te toco ahora, Brenda, no voy a poder ser gentil. Llevo demasiado tiempo queriendo esto.
—No quiero gentileza —respondí, arqueando la espalda para ofrecerle mi cuerpo—. Hazme olvidar. Borra su rastro de mí.
Bautista gruñó y atacó mi cuello. Sus dientes rasparon la piel sensible de mi garganta, enviando escalofríos por toda mi columna. Sus manos bajaron por mi cuerpo, trazando mis curvas con una posesividad que me hizo jadear. Cuando sus dedos encontraron la cremallera de mi vestido en la espalda, el sonido de la tela rasgándose se mezcló con un trueno.
Me quedé en ropa interior: un conjunto de encaje n***o que me había puesto esa mañana con la estúpida esperanza de seducir a mi marido. Qué ironía. Ahora, ese encaje estaba siendo admirado por el hombre equivocado... o el correcto.
—Joder, Brenda... —murmuró Bautista, recorriendo mi piel con la mirada como si estuviera memorizándola—. Eres perfecta.
Me quitó las bragas con impaciencia, y yo le ayudé a deshacerse de sus pantalones. Cuando nuestros cuerpos desnudos finalmente se encontraron, piel contra piel, fue como una explosión térmica. Estábamos ardiendo.
No hubo preliminares suaves. No hubo palabras de amor. Solo había necesidad. Urgencia. Él se colocó entre mis piernas y yo abrí los muslos, invitándolo, suplicando en silencio que llenara el vacío que me consumía.
Cuando entró en mí, grité. Fue una mezcla de dolor y placer tan intensa que vi estrellas. Hacía tanto tiempo que nadie me tocaba, y nunca, jamás, me habían tocado así. Ignacio era pequeño, rápido, insignificante. Bautista... Bautista me llenaba por completo, me estiraba, me poseía.
—Mírame —ordenó, deteniéndose un momento para que me acostumbrara a su tamaño. Me agarró la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos—. Mírame a mí, Brenda. No pienses en él. Soy yo. Bautista.
—Eres tú —gemí, clavando mis uñas en sus hombros—. Solo tú.
Empezó a moverse. Al principio lento, tortuosamente lento, rozando cada punto sensible de mi interior, haciéndome retorcer en las sábanas. Luego el ritmo aumentó. Las embestidas se volvieron fuertes, profundas, golpeando contra mi núcleo una y otra vez.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, de nuestros jadeos entremezclados, llenaba la habitación. Yo gemía su nombre sin pudor. —Bautista, por favor... más, más...
Él respondía con gruñidos, su rostro contorsionado por el placer y el esfuerzo de contenerse. Me besaba el pecho, el cuello, la boca, como si quisiera consumirme. En ese momento, no éramos cuñados. No había apellidos, ni herencias, ni moral. Éramos dos náufragos aferrándose el uno al otro en medio de una tormenta.
El clímax llegó de golpe, como un rayo. Sentí cómo la tensión se acumulaba en mi bajo vientre hasta volverse insoportable, y luego estalló. Grité, arqueando la espalda, mi cuerpo convulsionando alrededor de él.
Bautista aguantó unos segundos más, embistiendo con fuerza bruta, hasta que se tensó completamente, soltó un rugido sordo y se derramó dentro de mí. Caliente. Profundo. Vital.
Nos quedamos así durante un tiempo indeterminado, entrelazados, sudorosos, respirando agitadamente el mismo aire viciado de sexo y culpa. El peso de su cuerpo sobre el mío era un ancla que me impedía flotar hacia la locura, pero también era la cadena que me ataba a un nuevo pecado.
La lluvia seguía cayendo fuera, pero la tormenta dentro de la habitación se había calmado, dejando tras de sí un paisaje devastado.
Bautista rodó hacia un lado, pero me atrajo hacia su pecho, envolviéndome con sus brazos protectores. Apoyé la cabeza en su hombro, escuchando cómo los latidos de su corazón se iban desacelerando.
El silencio que siguió no fue cómodo. Fue el silencio de la comprensión. Habíamos cruzado la línea. Habíamos cometido adulterio, traición, incesto moral. Y lo peor de todo... lo peor era que me había gustado. Lo peor era que, por primera vez en mi vida, me había sentido amada, aunque solo fuera a través de la lujuria.
—Brenda —susurró él en la oscuridad, su voz sonaba áspera, cargada de arrepentimiento o quizás de miedo.
—No digas nada —le pedí, cerrando los ojos con fuerza para evitar que las lágrimas salieran—. Por favor, no digas nada. Deja que esta noche sea solo esta noche. Mañana... mañana seremos extraños otra vez.
Bautista me apretó más fuerte, besando la parte superior de mi cabeza. —No creo que pueda ser un extraño después de esto —murmuró.
Me quedé dormida con esa frase resonando en mi mente, acunada en los brazos del hombre que no debía tocar, con su semilla dentro de mí, sin saber que esa noche, en ese acto de venganza y desesperación, habíamos sembrado el futuro que destruiría y salvaría nuestras vidas tres años después.
Me desperté antes del amanecer. La habitación estaba fría, el fuego se había consumido hasta ser solo brasas grises. Bautista dormía profundamente a mi lado, un brazo posesivo sobre mi cintura, su rostro relajado por primera vez en años, luciendo casi inocente.
Me solté de su agarre con cuidado milimétrico, conteniendo la respiración. Me dolía el cuerpo, un dolor dulce en los músculos y entre las piernas que me recordaba lo que habíamos hecho.
Recogí mi ropa del suelo. El vestido estaba roto, inservible. Me puse la camisa blanca de Bautista, que me llegaba hasta los muslos. Me sentía una ladrona. Una criminal huyendo de la escena del crimen.
Fui al baño, me miré en el espejo y no me reconocí. Tenía los labios hinchados, el cabello enmarañado, marcas rojas en el cuello. Pero mis ojos... mis ojos brillaban con algo nuevo. Miedo, sí. Pero también vida.
Entonces, un pensamiento me golpeó.
El calendario. Mis ciclos. La conversación con el doctor Arriaga de hacía dos años: "Usted es perfectamente fértil".
Me llevé una mano al vientre plano. No habíamos usado protección. Ni siquiera lo pensamos. La pasión nos había cegado.
—No... no puede ser —susurré al espejo.
Me vestí rápidamente con ropa que encontré en mi maleta, que Bautista había hecho traer la noche anterior. Escribí una nota rápida en un papel con el membrete de "Gordon Enterprises" que había en la mesilla de noche.
Gracias por salvarme. Lo siento. Olvida esto.
Dejé la nota sobre la almohada, junto a su cabeza. Lo miré una última vez, memorizando sus facciones, reprimiendo el impulso absurdo de besarlo de despedida.
Salí del apartamento bajo la lluvia fina de la mañana, subí a un taxi que había llamado y le di la dirección del aeropuerto.
Mientras el coche se alejaba de la mansión Gordon, toqué mi vientre otra vez. Tenía la certeza absoluta, irracional y aterradora, de que no me iba sola. Me llevaba algo de Bautista conmigo. Algo que usaría como escudo, o como espada, cuando el destino decidiera que era hora de volver.