El taxi olía a pino sintético y a tabaco rancio,
un contraste violento con el aroma a sándalo y sexo que todavía impregnaba mi piel.
Miré por la luneta trasera mientras la mansión Gordon se convertía en un punto diminuto y luego desaparecía tras la curva de la carretera arbolada.
No lloré. Ya no me quedaban lágrimas.
Había dejado todas mis reservas de dolor en la almohada de Bautista, junto a una nota que esperaba que él quemará.
—¿A dónde vamos, señora? —preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor.
Debía verme fatal: el cabello revuelto, la ropa arrugada, los ojos enrojecidos y los labios hinchados por besos que no debí recibir.
—Al aeropuerto internacional de Ezeiza —respondí.
Mi voz sonó extraña, ronca, como si perteneciera a otra mujer.
El viaje fue una neblina.
Mi mente intentaba procesar las últimas veinticuatro horas, pero cada vez que recordaba la sensación de las manos de Bautista en mi cuerpo, una mezcla de vergüenza y deseo me recorría la espalda. Había cometido el pecado definitivo.
No solo había engañado a mi esposo moribundo, sino que lo había hecho con su propio hermano, bajo su mismo techo.
Pero la culpa, curiosamente, venía acompañada de una sensación de liberación.
Por primera vez en tres años, había tomado algo para mí. Había sido egoísta. Y se sentía bien.
Llegué al aeropuerto con mi tarjeta de crédito personal —la única que no estaba vinculada a las cuentas de la empresa— y compré el primer billete disponible a un destino lo suficientemente lejano como para desaparecer, pero con un idioma que pudiera manejar.
Madrid.
Mientras el avión despegaba, dejando atrás Buenos Aires y la tormenta que seguía azotando la ciudad, sentí que me arrancaban el corazón del pecho.
No por Ignacio. Ni siquiera por mi vida de lujos.
Sino por él.
Por Bautista. Sabía que lo estaba dejando atrás para siempre.
Sabía que, si me quedaba, él intentaría "salvarme", y eso solo nos destruiría a ambos. Él tenía su lealtad, su empresa, su familia. Yo solo era el daño colateral.
Cerré los ojos y dormí por primera vez sin pesadillas, arrullada por el zumbido de los motores, cruzando el océano hacia la nada.
semanas después. Madrid.
El apartamento era un estudio minúsculo en el barrio de Lavapiés.
Tenía humedad en el techo, una ventana que daba a un patio interior gris y vecinos ruidosos que discutían a todas horas.
Era perfecto.
Nadie me conocía aquí.
No era la "Señora Gordon".
No era la esposa trofeo fracasada.
Solo era Brenda, la chica argentina del 4ºB que pagaba el alquiler en efectivo y no hablaba con nadie.
Había vendido mi anillo de compromiso
—un diamante solitario de tres quilates que Ignacio había elegido por su tamaño, no por su belleza— en una casa de empeños de mala muerte.
El hombre me había dado la mitad de su valor, pero aun así era suficiente para sobrevivir un año si era frugal.
Y yo sabía ser frugal. Antes de los Gordon, sabía lo que era contar monedas.
Esa mañana, sin embargo, la frugalidad era la menor de mis preocupaciones.
Estaba arrodillada frente al inodoro, devolviendo el escaso desayuno que había intentado comer. Las náuseas me habían despertado durante la última semana con la puntualidad de un reloj suizo.
Al principio, lo atribuí al estrés, al cambio de dieta, al agua del grifo.
Pero en el fondo, yo sabía la verdad.
Mi cuerpo, ese que los médicos habían declarado "perfectamente sano", me estaba enviando señales de humo.
Me lavé la cara con agua fría, mirando mi reflejo pálido en el espejo manchado.
—No puede ser —susurré, repitiendo la mentira que me decía cada mañana.
Salí a la farmacia de la esquina con gafas de sol y una gorra, sintiéndome como una criminal comprando armas ilegales.
Compré tres pruebas de embarazo de marcas diferentes. Necesitaba certeza estadística.
De vuelta en el baño, con las manos temblando tanto que casi se me caen las cajas, hice lo que tenía que hacer. Y esperé.
Esos tres minutos fueron más largos que los tres años de mi matrimonio.
Me senté en el borde de la bañera, mirando los azulejos rotos, rezando a un Dios en el que había dejado de creer.
Por favor, que sea negativo.
Por favor, no puedo traer un niño a este desastre. Por favor.
El temporizador de mi teléfono sonó.
Me levanté y miré las tres varitas alineadas sobre el lavabo.
Dos líneas rosadas. Una cruz azul. La palabra "Embarazada".
El aire salió de mis pulmones en un sollozo ahogado.
Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas.
Estaba embarazada.
Y no había duda alguna de quién era el padre.
Ignacio era estéril. No me había tocado en meses antes de mi huida.
Era de Bautista. Era un hijo de la traición. Un hijo del pecado. Un Gordon.
El pánico me invadió. Imaginé a Ignacio enterándose.
Imaginé a Eliana riéndose.
Imaginé a los abogados de la familia Gordon viniendo a buscarme para quitarme al bebé o,
peor aún, para obligarme a abortar para evitar el escándalo.
O quizás Bautista...
¿Qué haría él? ¿Me odiaría por ocultárselo?
¿O intentaría quitármelo para criarlo como un "verdadero Gordon"?
—No —dije en voz alta, y mi voz resonó en el baño pequeño con una fuerza nueva—.
Nadie te va a tocar. Eres mío.
Me llevé las manos al vientre plano. Aún no había nada allí,
solo un grupo de células dividiéndose frenéticamente, pero sentí una conexión instantánea, feroz y aterradora.
Ese pequeño ser era lo único que era verdaderamente mío.
No lo había comprado mi padre, ni lo había ordenado mi esposo.
Fue creado en una noche de pasión prohibida, sí. Pero era mío.
En ese momento, el miedo se transformó en acero. Me sequé las lágrimas.
Me miré al espejo y vi, por primera vez, el brillo de la leona que defiende a su cachorro.
—Vamos a estar bien —le prometí a mi reflejo—.
Mamá te va a cuidar. Y nadie, nunca, sabrá de dónde vienes hasta que estemos listos.
Siete meses después.
El parto fue largo y solitario.
Estaba en un hospital público de la seguridad social.
No tenía seguro privado, y no quería dejar rastros digitales que pudieran ser rastreados por investigadores privados.
El dolor era una bestia que me desgarraba desde dentro.
Gritaba, sudaba, apretaba los barrotes de la cama hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
A mi alrededor, otras mujeres tenían a sus esposos, a sus madres, sosteniendo sus manos.
Yo estaba sola.
—Vamos, Brenda, empuja —me decía la matrona, una mujer severa pero eficiente llamada Carmen—.
Ya veo la cabeza. Un poco más.
—¡No puedo! —grité, sintiendo que me partía en dos.
—Sí puedes.
Las mujeres llevamos haciendo esto desde el principio de los tiempos.
No necesitas a nadie. Empuja por él.
Pensé en Bautista. En su fuerza, en su intensidad. Imaginé que él estaba allí, sosteniendo mi mano,
diciéndome que era fuerte.
Usé ese fantasma, esa ilusión, para sacar fuerzas de donde no las tenía.
Con un grito final, gutural y primitivo, sentí el alivio de la expulsión. Y luego, el llanto.
Un llanto fuerte, vigoroso, enojado.
—Es un niño —anunció Carmen, depositando al bebé sobre mi pecho sudoroso.
Lo miré. Estaba rojo, arrugado y cubierto de vernix, pero era lo más hermoso que había visto en mi vida. Y entonces abrió los ojos.
Eran oscuros. Profundos. Eran los ojos de Bautista.
El parecido era tan innegable que me asustó. Tenía la misma forma de la boca, incluso la misma línea del cabello que se intuía.
Era un Gordon de pies a cabeza.
—Hola, mi amor —susurré, besando su cabecita húmeda—.
Hola, Leo.
Leo. Como un león.
Porque tendría que ser fuerte para sobrevivir en el mundo que le esperaba.
Esa noche, mientras lo amamantaba en la oscuridad de la sala de maternidad compartida, hice un juramento.
No volvería a ser la víctima. No volvería a ser pobre.
No volvería a depender de nadie.
Criaría a este niño para que fuera un rey, y yo construiría mi propio reino para protegerlo.
Dos años después
—Señora Williams, los planos para la renovación de la villa en Marbella están listos. He incorporado el mármol italiano que pidió para la cocina, pero sugiero cambiar la iluminación del vestíbulo para resaltar la colección de arte.
Hablaba por teléfono mientras caminaba con prisa por la Gran Vía, con un café en una mano y una carpeta de muestras bajo el brazo.
Mis tacones repiqueteaban con autoridad sobre la acera.
—Confío en tu criterio, Brenda. Tienes un ojo exquisito —respondió la clienta al otro lado de la línea. Una multimillonaria británica que no tenía idea de que su decoradora de interiores estrella vivía en un apartamento de dos habitaciones y criaba sola a un niño de dos años.
—Gracias, Margaret.
Te envío los presupuestos esta tarde.
Colgué y suspiré.
Había sido un camino difícil. Durante el primer año de vida de Leo, apenas dormí.
Trabajaba como asistente virtual por las noches y estudiaba diseño de interiores online mientras él hacía la siesta.
Pero tenía talento. Los años viviendo en la mansión Gordon, rodeada de lujo, me habían educado el ojo.
Sabía lo que la gente rica quería porque yo había sido una de ellos.
Sabía distinguir una seda auténtica de una imitación, sabía cómo organizar espacios para impresionar.
Empecé decorando pequeños apartamentos para alquileres turísticos.
Mi estilo —minimalista pero cálido, lujoso pero funcional— llamó la atención.
El boca a boca hizo el resto.
Ahora, tres años después, tenía mi propia pequeña agencia, "BG Interiors". No era millonaria, pero vivíamos bien.
Leo iba a una buena guardería, teníamos un coche decente y mi armario volvía a tener ropa de calidad, aunque comprada con mi propio dinero.
Recogí a Leo de la guardería a las cinco. Corrió hacia mí con sus piernitas regordetas, gritando "¡Mamá!" y se lanzó a mis brazos.
Lo levanté, aspirando su olor a talco y galletas. Cada día se parecía más a su padre. A veces, mirarlo dolía. A veces, me despertaba por la noche sudando, soñando que Bautista venía a quitármelo.
—¿Cómo te portaste hoy, leoncito?
—¡Bien! Pintamos un sol grande —dijo, mostrándome sus manos manchadas de amarillo.
Llegamos a casa. Mientras él veía dibujos animados, yo encendí mi portátil para trabajar un poco más.
Tenía la costumbre de revisar las noticias de Argentina de vez en cuando. Era un masoquismo que no podía evitar. Necesitaba saber. Saber si Ignacio seguía vivo. Saber si Bautista se había casado.
Abrí el portal de noticias financieras.
Y allí estaba. El titular parpadeaba en rojo, urgente.
"CRISIS EN EL IMPERIO GORDON: IGNACIO GORDON EN ESTADO CRÍTICO.
¿GUERRA SUCESORIA?"
Hice clic con el corazón en la garganta. La foto mostraba a Ignacio.
Estaba irreconocible. Un esqueleto en una silla de ruedas sofisticada, conectado a respiradores.
Pero lo que me heló la sangre fue la foto siguiente.
Era Eliana. Estaba saliendo de la sede de Gordon Enterprises, vestida de n***o riguroso,
con gafas de sol oscuras y una sonrisa apenas disimulada.
El titular debajo de su foto rezaba: "La prometida de Ignacio Gordon, Eliana Sorel,
asume el control de la Fundación y exige un puesto en la junta directiva en nombre de su hijo, Lucas Gordon, único heredero aparente."
Seguí leyendo. "Fuentes internas aseguran que Bautista Gordon,
actual CEO interino, está siendo presionado para ceder el control.
Se rumorea que el testamento de Ignacio podría dejar la mayoría de las acciones al pequeño Lucas,
dejando a Bautista fuera de juego."
Sentí una oleada de náuseas.
Eliana iba a ganar.
Esa mujer, que había destruido mi vida, que se había burlado de mi dolor, se iba a quedar con todo.
Y no solo eso. Iba a destruir a Bautista.
Le iba a quitar la empresa por la que él había dado su vida.
Miré a Leo, que jugaba en la alfombra con sus coches. Lucas. El "único heredero aparente".
Una furia fría, mucho más potente que la tristeza, se instaló en mi pecho.
Lucas no era el único heredero.
Y probablemente, conociendo las mentiras de Eliana y la esterilidad de Ignacio, ni siquiera era un heredero legítimo.
Leo sí lo era. Leo era sangre de su sangre. Leo era el hijo del hermano, sí, pero era un Gordon biológico.
Si Ignacio moría, Eliana se quedaría con todo.
A menos que... A menos que la esposa legítima apareciera.
Yo nunca me había divorciado. Legalmente, seguía siendo Brenda Gordon.
No habíamos firmado papeles. Yo simplemente huí.
El abandono de hogar podría ser una causa de divorcio,
pero si Ignacio estaba incapacitado, quizás el trámite nunca se finalizó.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Si regresaba ahora, con un hijo...
Si regresaba antes de que Ignacio muriera...
Podía impugnar el testamento. Podía reclamar mi lugar. Podía proteger el futuro de Leo.
Pero eso significaba enfrentar a Bautista.
Significaba mirarlo a los ojos y decirle que le había ocultado a su hijo durante tres años. Significaba exponer a Leo al nido de víboras.