La soledad en una ciudad extranjera tiene un sabor metálico, como chupar una moneda vieja. Durante el primer invierno en Madrid, aprendí que el frío no venía solo de la sierra, sino de la ausencia de ruido en mi apartamento. El estudio en Lavapiés era mi cueva, pero también mi prisión. Recuerdo una noche específica, cuando Leo tenía apenas tres meses. Había llorado durante cuatro horas seguidas por los cólicos. Yo caminaba de un lado a otro con él en brazos, con los pies descalzos sobre las baldosas heladas, cantando nanas argentinas con la voz rota por el cansancio. —Arrorró mi niño, arrorró mi sol... —canturreaba, pero las lágrimas me caían sobre su pijama de algodón barato. Miré por la ventana hacia el patio interior, donde la ropa de los vecinos se congelaba en los tendederos. En e

