La soledad en una ciudad extranjera tiene un sabor metálico, como chupar una moneda vieja. Durante el primer invierno en Madrid, aprendí que el frío no venía solo de la sierra, sino de la ausencia de ruido en mi apartamento.
El estudio en Lavapiés era mi cueva, pero también mi prisión. Recuerdo una noche específica, cuando Leo tenía apenas tres meses. Había llorado durante cuatro horas seguidas por los cólicos. Yo caminaba de un lado a otro con él en brazos, con los pies descalzos sobre las baldosas heladas, cantando nanas argentinas con la voz rota por el cansancio.
—Arrorró mi niño, arrorró mi sol... —canturreaba, pero las lágrimas me caían sobre su pijama de algodón barato.
Miré por la ventana hacia el patio interior, donde la ropa de los vecinos se congelaba en los tendederos.
En ese momento, la tentación de llamar a Bautista fue tan fuerte que tuve que dejar el teléfono en la otra habitación para no tocarlo.
Imaginé su voz. Imaginé que él estaría despierto, quizás pensando en mí, o quizás odiándome.
¿Qué estaría haciendo Bautista Gordon un martes a las tres de la mañana?
Probablemente revisando balances en su oficina, con esa obsesión por el trabajo que usaba como escudo.
¿Sabría que tenía un hijo? ¿Sentiría, por algún instinto biológico inexplicable, que una parte de él estaba sufriendo a diez mil kilómetros de distancia?
—No lo necesitamos, Leo —le susurré al bebé, que finalmente empezaba a calmarse—.
Somos tú y yo contra el mundo.
Pero mentía. Lo necesitaba como necesitaba el aire.
Y esa carencia se convirtió en el combustible de mi ambición.
Si no podía tener su amor, tendría un éxito tan rotundo que, si alguna vez nos volvíamos a cruzar, él no vería a la mujer asustada que huyó, sino a una igual.
Hubo momentos, sin embargo, en los que el pasado me alcanzaba.
Cuando Leo tenía dos años y medio, empezó a preguntar.
Veía a otros niños en el parque con sus padres, siendo lanzados al aire, jugando al fútbol.
—Mami, ¿dónde está mi papá? —preguntó una noche mientras le leía un cuento.
El libro se me resbaló de las manos.
Sabía que la pregunta llegaría, pero no estaba preparada para el dolor que me causó.
—Tu papá... —empecé, buscando las palabras—.
Tu papá vive muy lejos, Leo.
En un castillo grande al otro lado del mar.
—¿Es un rey?
Sonreí con tristeza. —Algo así. Es un hombre muy importante. Y muy ocupado.
—¿No me quiere?
Lo abracé fuerte, enterrando mi cara en su cuello para que no viera mis ojos húmedos.
—No es eso, mi amor.
Él no sabe... él no puede estar aquí ahora.
Pero tú tienes lo mejor de él.
Tienes sus ojos. Tienes su fuerza. Y algún día, cuando seas mayor y fuerte, lo conocerás.
—Yo quiero conocerlo ahora —dijo él con un puchero.
—Pronto, mi vida. Pronto.
No sabía cuán proféticas eran mis palabras.
Mi teléfono sonó. Era un número desconocido, pero con prefijo de Argentina.
Dudé. Mi corazón martilleaba. ¿Cómo habían conseguido mi número? Contesté con cautela. —¿Sí?
—¿Brenda? —La voz era anciana, frágil, pero inconfundible. Era Roberto, el abogado personal de la familia Gordon. El único hombre decente en ese entorno, aparte de Bautista.
—Roberto... —susurré.
—Gracias a Dios te encuentro.
Ha sido difícil rastrearte, muchacha. Te has escondido bien.
—¿Qué quieres?
—Ignacio se muere, Brenda. Le quedan días, quizás semanas. Y el testamento... —hizo una pausa, tosiendo—.
Eliana ha manipulado todo. Pero hay una cláusula antigua. Una cláusula que el padre de Ignacio, el viejo Don Augusto, puso en el fideicomiso familiar hace décadas.
"En caso de disputa, la esposa legítima tiene voto de calidad sobre la tutela del patrimonio hasta la mayoría de edad del heredero".
Me quedé en silencio, procesando la información.
—¿Sigues casada legalmente, verdad? —preguntó Roberto con urgencia.
—Nunca firmé nada.
—Entonces sigues siendo la Señora Gordon.
Brenda, si no vuelves, esa mujer va a destruir la empresa. Va a destruir a Bautista. Lo va a dejar sin nada.
Cerré los ojos.
La imagen de Bautista esa última noche, susurrando "No creo que pueda ser un extraño", me golpeó.
—Roberto... tengo un hijo.
Silencio al otro lado.
Un silencio denso. —¿Es... es de Ignacio?
Miré a Leo. Sus ojos oscuros me miraban, curiosos.
—Es un Gordon —respondí. No era una mentira.
—Brenda, escúchame con frialdad —me dijo el anciano con voz ronca—.
Volver no es solo presentarte allí. Ignacio ha perdido la cabeza, pero legalmente sigue siendo el dueño.
Eliana tiene un poder notarial que le hizo firmar hace un mes, cuando ya estaba sedado. Ella controla las cuentas bancarias personales.
—¿Y la empresa? —pregunté, mi mente cambiando al modo estratégico.
—La empresa se rige por la Junta Directiva.
Bautista ha logrado mantenerlos a raya, pero si Ignacio muere y el testamento nombra a Lucas como heredero universal del 51% de las acciones, Bautista queda fuera.
Lo despedirán al día siguiente. Eliana quiere vender la empresa por partes a un conglomerado chino para sacar efectivo rápido y largarse a Europa.
Sentí un escalofrío. Gordon Enterprises no era solo dinero para Bautista. Era su vida. Era el legado de su padre, al que adoraba. Destruir la empresa sería destruir a Bautista.
—¿Qué necesitas que haga exactamente, Roberto?
—Necesito que impugnes la paternidad de Lucas.
Necesito que paralices el proceso de sucesión.
Como esposa, tienes derecho a solicitar una auditoría médica y legal antes de que se ejecute el testamento.
Eso nos dará tiempo.
Tiempo para que Bautista encuentre una salida... o para que tú juegues tu carta.
—Mi carta es Leo —dije en voz baja.
—Si Leo es... quien creo que es, o incluso si logramos que Ignacio crea que es suyo en un momento de lucidez... eso cambia todo el tablero.
—Ignacio me odia, Roberto.
—Ignacio tiene miedo a morir y que su apellido desaparezca.
El ego es más fuerte que el odio. Si le presentas a un heredero mejor, más fuerte, más "Gordon" que el hijo de Eliana... podría cambiar el testamento en el último minuto.
Era una jugada arriesgada. Era cruel. Usar a mi hijo como peón en un juego de tronos corporativo.
Pero la alternativa era dejar que Eliana ganara y que mi hijo creciera sin su patrimonio, y que el hombre que amaba lo perdiera todo.
—Lo haré —dije finalmente—. Pero necesito protección. Quiero seguridad privada desde que aterrice. No confío en la seguridad de la casa si Eliana la controla.
—Tendrás a mis mejores hombres. Pero Brenda... una vez que entres en esa casa, no habrá vuelta atrás. Bautista no es el mismo. Se ha vuelto... duro. Oscuro. No esperes una bienvenida cálida.
—No espero nada de él —mentí—. Solo voy a por lo que es mío.
El vuelo de regreso fue una tortura psicológica de doce horas.
Viajamos en primera clase. Había gastado una fortuna en los billetes, pero necesitaba llegar descansada y, sobre todo, necesitaba proyectar poder desde el minuto uno.
No podía llegar como la pobre exiliada. Tenía que llegar como la reina que regresa del exilio.
Leo dormía en el asiento convertible a mi lado.
Yo miraba el mapa de vuelo en la pantalla, viendo cómo el pequeño avión virtual cruzaba el Atlántico, devorando la distancia que había puesto entre mi pasado y mi presente.
Fui al baño del avión para cambiarme antes de aterrizar.
Me quité la ropa cómoda de viaje y saqué el vestido n***o de la funda.
Al maquillarme frente al espejo iluminado del baño del avión, me estudié las facciones.
Había líneas nuevas alrededor de mis ojos, marcas de insomnio y preocupación, pero también había una firmeza en mi boca que antes no existía.
Me apliqué el labial rojo sangre. Rouge d'Armani 400.
—Ya no te pueden hacer daño —me dije—. Ya no te pueden humillar. Tú tienes el secreto. Tú tienes el poder.
Volví al asiento. El capitán anunció el descenso hacia Buenos Aires.
Las luces de la ciudad brillaban abajo como un mar de diamantes esparcidos sobre terciopelo n***o.
La tormenta que azotaba la ciudad se veía en los destellos de los relámpagos que iluminaban las nubes desde dentro.
Mi corazón dio un vuelco.
Ahí abajo estaba él. Bautista.
Recordé su olor. Su tacto. La forma en que gritó mi nombre esa noche.
Una parte de mí, la parte traicionera y femenina, deseaba que él me viera y corriera a abrazarme.
Deseaba que me dijera que me había esperado.
Pero la parte racional sabía que Roberto tenía razón.
Bautista se sentiría traicionado. Le había ocultado a su hijo. Había desaparecido.
Aterrizamos bajo la lluvia.
Mientras el avión rodaba por la pista, tomé la mano de Leo.
—Despierta, mi amor —le susurré—. Ya llegamos.
—¿A casa? —preguntó él, frotándose los ojos.
—Sí. Al campo de batalla.
El taxi, la llegada a la garita, el enfrentamiento con el guardia...
todo eso ya lo conoces.
Pero ahora sabes lo que pesaba en mi maleta. No era solo ropa.
Eran tres años de silencio, mil noches de soledad y una determinación forjada a fuego lento para no volver a agachar la cabeza jamás.
Cuando entré en ese salón y vi a Bautista, toda la preparación mental casi se derrumba.
Estaba más guapo, más peligroso.
Pero entonces vi a Eliana.
Vi su suficiencia.
Vi cómo miraba a mi hijo como si fuera basura.
Y supe que estaba lista para quemarlo todo.