Epílogo Nueva York. Tres años después La inauguración de la muestra de arte de Alma Gordon en Manhattan era el evento de la temporada. Sus cuadros, una mezcla violenta de sombras portuarias y luces patagónicas, habían cautivado a la crítica. Pero Alma no miraba a los fotógrafos; miraba al hombre que, desde el rincón más oscuro de la galería, sostenía una copa de cristal con una elegancia que gritaba peligro. Se llamaba Dante. No llevaba apellido en su tarjeta de presentación, pero Alma conocía esa mirada. Era la misma mirada que su padre, Bautista, solía tener antes de dar una orden. —Tus cuadros hablan de secretos, Alma Gordon —dijo Dante, acercándose. Su acento tenía el eco de las colinas de Calabria—. Pero les falta el final de la historia. —¿Y tú crees saber cómo termina mi
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