La luz de la mañana no entró como una bendición, sino como una sentencia.
Se filtró por los bordes de las pesadas cortinas de terciopelo azul, dibujando líneas de polvo suspendido en el aire viciado de la habitación.
Me desperté con el cuello rígido y un sabor metálico en la boca.
Había dormido —si es que a esas cabezadas intermitentes se les podía llamar dormir— vestida, sentada en un sillón orejero al pie de la cama, vigilando la puerta cerrada y a mi hijo.
Leo seguía profundamente dormido, desparramado en el centro del colchón king size como si fuera el dueño del lugar.
La inocencia de su respiración rítmica era el único sonido reconfortante en un mundo que, fuera de esas cuatro paredes, se sentía hostil.
Me levanté y caminé descalza hacia la puerta.
Giré el pomo con suavidad. Cerrado.
Bautista no había bromeado. Nos había encerrado.
La humillación de sentirme prisionera en la casa que legalmente aún era mía hizo que la bilis me subiera por la garganta.
Golpeé la madera con la palma de la mano, una vez, dos veces.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté, intentando no levantar la voz para no despertar a Leo.
—Buenos días, señora Brenda.
La voz al otro lado me hizo detener el corazón un instante.
Era Matilde. La ama de llaves que había sido mi única amiga, o lo más cercano a una figura materna, durante mis años de infierno con Ignacio.
Ella me había traído té cuando lloraba, me había enseñado a esconder los moretones del alma.
El sonido de la llave girando fue un estruendo en el silencio del pasillo.
La puerta se abrió y reveló el rostro arrugado y bondadoso de Matilde, que sostenía una bandeja de plata con desayuno para un niño. Sus ojos se llenaron de lágrimas al verme.
—Mi niña... —susurró, dejando la bandeja sobre una consola del pasillo para abrazarme.
Me dejé abrazar, hundiendo mi rostro en su uniforme almidonado que olía a lavanda y limpieza.
Por un segundo, me permití ser débil. —Hola, Mati.
—El señor Bautista me dijo que estabas aquí —dijo ella, separándose para mirarme el rostro, examinando los cambios—. Dijo que "la señora ha vuelto y trajo visitas". No me dijo nada más, pero su cara... ay, señora, su cara era de tormenta.
—Lo sé. —Me alise el vestido arrugado de la noche anterior—. Mati, necesito ropa limpia. Y necesito que vigiles a Leo mientras me ducho. No quiero que nadie más entre aquí. Especialmente ella.
Matilde frunció el labio con disgusto. —Esa mujer... la señorita Eliana no se ha levantado aún. Anoche hizo un escándalo después de que usted se fuera. Rompió copas, gritó a los camareros. El señor Bautista tuvo que amenazarla con echarla a la calle para que se calmara.
Sonreí levemente. Bautista poniendo orden. Mi general. —Tráeme algo de mi antiguo armario, si es que queda algo.
—El señor Bautista ordenó que no se tocara nada de su habitación en el ala de servicio —confesó Matilde en voz baja—. Todo está tal cual lo dejó. Iré a buscarle un traje sastre. Cuarenta minutos después, yo era otra mujer. Me duché con agua helada para despejar la mente y bajar la hinchazón de mis ojos y mis labios.
Matilde me trajo un traje de pantalón blanco impecable que solía usar para las reuniones de caridad.
Me recogí el pelo en una coleta baja, tirante, severa. Sin maquillaje, salvo un poco de corrector y rímel. Quería que vieran mi cara limpia. Sin máscaras.
Leo se despertó y desayunó las tortitas que Matilde le había traído, encantado con la aventura de estar en una "casa de príncipes".
—Mami, ¿vamos a ver al señor Bautista? —preguntó con la boca llena.
—Sí, mi amor. Pero recuerda: tú te quedas con Mati en la cocina jugando un rato mientras mamá habla con los mayores.
Bajamos las escaleras.
La casa estaba inquietantemente silenciosa.
El servicio se movía como fantasmas, limpiando los últimos restos de la fiesta. Al verme, cuchicheaban y bajaban la cabeza, pero yo caminaba con la frente en alto. El clac-clac de mis tacones resonaba como disparos de advertencia.
Matilde se llevó a Leo hacia la cocina con la promesa de galletas de chocolate.
Yo me dirigí al comedor principal.
Bautista estaba allí. Estaba sentado en la cabecera de la mesa larga de caoba, diseñada para veinticuatro comensales, pero que ahora solo lo tenía a él.
Vestía un traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata, y parecía haber dormido menos que yo. Leía documentos en una tablet con el ceño fruncido, mientras tomaba un café n***o.
No se levantó cuando entré. Ni siquiera levantó la vista. —Llegas tarde —dijo, pasando el dedo por la pantalla.
—No sabía que tenía un horario, carcelero —respondí, sentándome en la silla a su derecha, el lugar que solía ocupar Ignacio. Una declaración de intenciones.
Bautista dejó la tablet sobre la mesa con un golpe seco y finalmente me miró. Sus ojos estaban inyectados en sangre, rodeados de sombras oscuras.
La furia de anoche se había solidificado en una capa de hielo cortante.
—En esta casa se desayuna a las siete. Si quieres formar parte de la estrategia, te adaptas a mi reloj.
—No estoy aquí para adaptarme a tus horarios, Bautista. Estoy aquí para salvar la herencia de mi hijo.
—Nuestro hijo —corrigió él con voz letal.
—Biológicamente, sí. Legalmente, todavía es un fantasma.
Bautista hizo una señal y un camarero apareció de la nada para servirme café.
Esperé a que se fuera para hablar. —¿Cuál es el plan? Roberto me dijo que Ignacio está...
—Ignacio está sedado el noventa por ciento del tiempo —interrumpió Bautista—. La ELA ha avanzado a los músculos respiratorios.
Está conectado a una máquina. Apenas puede hablar.
Pero su mente... su mente sigue siendo un nido de víboras. Tiene momentos de lucidez donde es más cruel que nunca.
—¿Sabe que he vuelto?
—No. Y Eliana se encargará de que no lo sepa. Ella controla quién entra y quién sale de su habitación médica en el tercer piso.
Tiene enfermeras privadas pagadas por ella.
—Entonces, ¿cómo vamos a hacer la prueba de ADN si no podemos acercarnos a Ignacio? —pregunté, confundida.
Bautista sonrió, y fue una sonrisa carente de alegría, afilada como un bisturí.
—No necesitamos a Ignacio para la prueba de ADN, Brenda.
Me necesitas a mí.
Me quedé helada.
Por supuesto. Si comparábamos el ADN de Leo con el de Bautista, saldría una coincidencia de paternidad directa del 99.9%.
Si lo comparábamos con Ignacio (si pudiéramos), saldría una coincidencia de hermandad o tío-sobrino.
Pero para el mundo, para la narrativa pública, si el ADN de Leo coincidía con el de los Gordon...
—Vamos a hacer una prueba de paternidad privada hoy mismo
—continuó Bautista, sacando un sobre de su chaqueta y deslizándolo por la mesa hacia mí—.
Tengo cita en la clínica genética a las diez.
Tú, yo y el niño.
—¿Y qué haremos con el resultado?
—pregunté, sin tocar el sobre—. Si sale que eres el padre, destruyes tu reputación.
"El hermano traidor se acuesta con la esposa del moribundo".
Te destrozarán en la prensa, Bautista. Los accionistas pedirán tu cabeza.
Bautista se reclinó en la silla, mirándome con una intensidad que me hizo sentir desnuda bajo el traje blanco.
—¿Te preocupa mi reputación ahora? —preguntó con sarcasmo—. Qué tierna.
—Me preocupa que, si caes tú, cae la defensa de la empresa. Y mi hijo hereda cenizas.
—Eres pragmática. Eso me gusta. Has aprendido.
—Bautista tamborileó los dedos sobre la mesa—. El plan es este: Hacemos la prueba. Confirmamos que es un Gordon.
Pero no revelamos quién de los dos Gordon es el padre.
Fruncí el ceño. —¿Cómo?
—El ADN de los hermanos es muy similar.
Presentaremos un informe genético que confirma "Filiación Gordon Directa".
Dejaremos que la ambigüedad juegue a nuestro favor.
La prensa asumirá que es de Ignacio porque tú eras su esposa.
Eliana sabrá que no es de Ignacio porque sabe que es estéril, pero no podrá probar que es mío sin admitir públicamente que Ignacio es estéril, lo cual invalidaría su propia mentira sobre Lucas.
Era brillante. Y retorcido.
—Es un juego de póker —murmuré—.
Estamos faroleando con la verdad a medias.
—Exacto. Atrapamos a Eliana en su propia red.
Lo miré con admiración a mi pesar.
Bautista siempre había sido el cerebro financiero, pero ahora se había convertido en un estratega despiadado.
El dolor lo había endurecido. Y yo era la culpable.
—¿Y después? —pregunté—. Cuando ganemos.
Cuando Eliana se vaya. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con Leo?
Bautista se levantó de la silla.
Caminó hasta mi lado de la mesa y se inclinó, apoyando las manos en los brazos de mi silla, atrapandome.
Su rostro quedó a centímetros del mío. Podía ver los poros de su piel, el destello dorado en sus iris oscuros.
—Cuando ganemos —susurró, y su voz bajó una octava, volviéndose íntima y aterradora—, tú y yo tendremos una conversación muy larga sobre esos tres años que me robaste.
Y decidiré si te perdono... o si te destruyo.
Mi respiración se aceleró. —No puedes destruirme, Bautista.
Ya no soy la misma.
—Ya veremos. —Sus ojos bajaron a mi boca, y por un segundo, pensé que iba a besarme otra vez.
La tensión crepitó en el aire, eléctrica, magnética.
Mi cuerpo se inclinó imperceptiblemente hacia él, traicionando mi mente—.
Prepárate. Salimos en diez minutos.
Se apartó bruscamente y se dirigió a la puerta.
Pero antes de que pudiera salir, la entrada del comedor se llenó de un color fucsia chillón.
Eliana.
Llevaba una bata de seda rosa brillante, pantuflas de plumas y una mascarilla facial a medio quitar.
Parecía una caricatura de una villana de telenovela, pero sus ojos eran de hielo puro. Se detuvo al vernos.
Su mirada viajó de Bautista a mí, y luego a la mesa servida.
—Vaya, vaya —dijo con voz chillona—.
El desayuno de los traidores. ¿Qué hace esta mujer todavía aquí, Bautista?
Te dije anoche que llamaras a la policía.
Bautista se giró hacia ella. Su postura cambió instantáneamente.
De depredador s****l pasó a ser un muro de hormigón indiferente.
—Esta mujer es mi cuñada, Eliana. Y legalmente, es la dueña de la mitad de los muebles que estás pisando.
Ten cuidado.
—¡Ignacio la odia! —chilló ella, entrando en la sala—.
¡Si supiera que está aquí, le daría un infarto!
—Quizás deberíamos probar —dije yo, poniéndome de pie y alisandome el traje blanco.
Caminé hacia ella con calma—. ¿Por qué no vamos a verlo?
Estoy segura de que le encantará saber que su esposa ha vuelto para cuidarlo... y para auditar las cuentas de la Fundación que tú manejas.
Eliana palideció bajo los restos de su mascarilla.
—No te atrevas a acercarte a él.
—Tú no das las órdenes aquí —intervino Bautista, su voz cortante como un látigo—.
Y te sugiero que te vayas a vestir. Tienes visitas hoy.
Los auditores de la empresa vienen a revisar los gastos de tu tarjeta corporativa.
Eliana abrió la boca, indignada, pero la mirada de Bautista la hizo retroceder.
—Esto no se va a quedar así —siseó, mirándome con odio puro—.
Tú y tu bastardo van a salir de aquí en bolsas de basura.
Dio media vuelta y salió taconeando furiosa.
El silencio volvió al comedor. Bautista y yo nos miramos.
Por primera vez en tres años, estábamos en el mismo bando.
Un bando frágil, tenso y peligroso, pero unido por un enemigo común.
—Ve por el niño —ordenó Bautista, mirando su reloj—.
La guerra ha empezado.
El viaje a la clínica fue un estudio en tensión claustrofóbica.
Bautista conducía su propio coche, un SUV n***o blindado, en lugar de usar chófer.
Quería privacidad. Yo iba en el asiento del copiloto.
Leo iba atrás, en su sillita, cantando una canción sobre un elefante, ajeno a que sus padres estaban librando una batalla silenciosa a medio metro de distancia.
Cada vez que Bautista cambiaba de marcha, su mano rozaba casi imperceptiblemente mi rodilla o mi muslo.
No sé si lo hacía a propósito o si el espacio era reducido, pero cada roce enviaba una descarga eléctrica a mi sistema.
Yo miraba por la ventana, intentando ignorar la presencia física de este hombre que ocupaba todo mi espacio mental.
Llegamos a la clínica privada, un edificio de cristal y acero en la zona norte.
Entramos por el garaje privado, directos al ascensor VIP.
El doctor que nos atendió era un viejo amigo de Bautista, discreto y eficiente.
—Necesito una prueba de paternidad urgente —dijo Bautista sin preámbulos—.
Y un perfil genético completo comparativo.
El proceso fue rápido.
Un hisopado bucal para Leo, uno para Bautista.
Cuando Bautista se agachó para que la enfermera le tomará la muestra, Leo lo miró con curiosidad. —¿Te duele? —preguntó el niño.
Bautista miró a Leo, y su expresión se suavizó de esa forma que me rompía el corazón. —No, campeón. Solo hacen cosquillas.
—A mí también me hizo cosquillas —dijo Leo, sonriendo—.
Tienes la boca grande, como yo.
Bautista se quedó quieto. Tragó saliva. —Sí. Tenemos muchas cosas en común.
Vi a Bautista luchar contra el impulso de abrazarlo.
Vi sus manos cerrarse en puños a sus costados para contenerse. Quería reclamarlo.
Quería gritar que era suyo. Pero el pacto de silencio que habíamos hecho en el desayuno lo ataba.
Salimos de la clínica con la promesa de resultados en 24 horas.
De vuelta en el coche, el ambiente había cambiado. Ya no era solo tensión s****l o ira. Había una tristeza pesada, compartida.
La realidad de lo que nos habíamos perdido, de lo que le habíamos robado a Leo, estaba sentada entre nosotros.
—Brenda —dijo Bautista, rompiendo el silencio mientras conducía de vuelta a la mansión.
—¿Sí?
No me miró. Mantuvo la vista en la carretera lluviosa. —Cuando esto termine... cuando saquemos a Eliana y aseguremos la empresa... quiero que sepas una cosa.
—¿Qué?
—No voy a dejar que te lleves a Leo otra vez.
—Su voz era tranquila, pero implacable—.
Puedes vivir en la mansión, puedes vivir en China si quieres.
Pero mi hijo se queda conmigo.
Si intentas huir de nuevo, te perseguiré hasta el infierno.
Y esta vez no seré amable.
Sentí un escalofrío, pero también una extraña sensación de seguridad.
Él no me estaba amenazando con hacerme daño.
Me estaba amenazando con estar presente.
—No pienso irme —respondí suavemente—.
Corrí una vez. No volveré a hacerlo.
Bautista asintió, una sola vez. —Bien.
Entonces prepárate. Porque cuando lleguemos a casa, voy a llevarte a ver a Ignacio.
Me giré bruscamente hacia él.
—¿Qué? Dijiste que Eliana no dejaba...
—Eliana está ocupada con los auditores que le envié
. Es nuestra ventana de oportunidad. Ignacio tiene que verte. Tiene que ver al niño.
—Podría matarlo de la impresión, Bautista.
—O podría ser lo único que lo mantenga vivo el tiempo suficiente para cambiar el testamento. —Bautista me miró por un segundo, y sus ojos ardían—.
¿Tienes el valor para enfrentarte al monstruo que creaste en tu cabeza?
Respiré hondo. Miré a Leo por el retrovisor. —Sí. Vamos a verlo.
El coche aceleró, devorando el asfalto hacia la mansión, hacia el pasado, hacia el hombre que nos había unido y separado. La prueba de fuego real no era el ADN.
Era mirar a los ojos a la muerte y mentirle para salvar la vida.