El sol de París se filtraba a través de los ventanales de la oficina principal del Grupo Vacher en la Place Vendôme, creando patrones de luz dorada sobre el escritorio de mármol n***o. Victoria Ferré no miraba la vista hacia la columna de bronce; su atención estaba fija en una serie de pantallas que mostraban el flujo de capital de la Bolsa de Milán. Sus dedos, largos y adornados con un anillo de zafiro que Julian Vacher le había regalado esa mañana, se movían con una cadencia rítmica sobre el teclado. Ya no era la mujer que lloraba en la Toscana. Esa mujer había muerto en la hilandería. La mujer que estaba sentada allí era la Soberana, una estratega que había aprendido que la mejor forma de curar una herida de traición era ver cómo el traidor perdía hasta el último aliento de su prestigi

