Capitulo 1: enfrentamiento
Victoria Ferré no es una mujer que pase desapercibida. A sus treinta años, ha construido Imperia, una firma de moda de alta gama para mujeres de talles grandes que no buscan esconderse, sino reinar. Victoria es el reflejo de su marca: posee curvas generosas que porta con una elegancia arquitectónica, una piel que parece irradiar seguridad y una mirada que ha hecho retroceder a más de un inversor escéptico. Es férrea, decidida e incorruptible. Para ella, el "no" es simplemente una sugerencia que decide ignorar.
Su vida parece estar en perfecto equilibrio. Proviene de una familia que es su roca: un padre que es un abogado de prestigio, una madre arquitecta de renombre y dos hermanos mayores, gemelos de 38 años, que la protegen con ferocidad pero la respetan como a una igual. Uno es abogado y trabaja con su padre; el otro es un brillante arquitecto. Son el clan Ferré, una unidad inquebrantable de éxito y amor. Sin embargo, Victoria siempre quiso marcar su propio camino, lejos de los planos y los tribunales, sumergiéndose en el mundo de las texturas y los diseños que abrazan la realidad del cuerpo femenino.
II. El Despertar del León
En el otro extremo de la ciudad, en un ático que domina el horizonte de cristal, vive Dante Valente. A sus 38 años, Dante es conocido en el mundo corporativo como "el León". Es un hombre de una belleza gélida y una estatura imponente que utiliza para dominar cualquier habitación en la que entra. Es un tiburón de los negocios: pragmático, visionario y absolutamente indómito. Para él, las emociones son variables que ensucian los balances financieros.
Dante ha tomado recientemente las riendas de Textiles Valente, la empresa de sus padres. Sus progenitores son su antítesis: una pareja feliz, cálida y todavía enamorada que no comprende cómo engendraron a un hijo tan implacable. Su hermana menor, de 27 años, es un rayo de sol que vive con una alegría que a Dante le resulta ajena. Él solo entiende de eficiencia. Su primera medida como CEO es "limpiar" la cartera de clientes, eliminando a las empresas medianas que, según sus cálculos, no generan el margen de beneficio necesario. En esa lista de sacrificios, está Imperia.
El sonido de los tacones de Victoria Ferré contra el mármol de Valente Textiles no era un caminar, era una declaración de guerra. Con su vestido blanco abrazando sus curvas con orgullo y la barbilla en alto, Victoria no esperaba a ser anunciada. Ella no pedía permiso; ella tomaba su lugar.
—El señor Valente no recibe a nadie sin cita, señorita… —balbuceó la asistente, retrocediendo ante la mirada de acero de la intrusa.
—Dígale que es Victoria Ferré. Y dígale que si no me abre esa puerta ahora mismo, voy a entrar yo y voy a redecorar su despacho con las facturas que su empresa acaba de incumplir.
Segundos después, Victoria invade el santuario de el León. Dante Valente no se inmuta. Se levanta con la parsimonia de un depredador; mide casi dos metros de arrogancia y pragmatismo. La recorre de arriba abajo con una mirada lenta, gélida, que intenta intimidarla, pero ella no retrocede ni un milímetro.
—Se equivoca de lugar, señora Ferré —ruge Dante, con voz profunda—. Aquí no se grita. Aquí yo decido quién sobrevive.
—Usted se equivoca de mujer, Valente —dispara ella, con los ojos echando chispas—. No soy una empleada a la que pueda intimidar. Soy la dueña de Imperia, y si intenta morder mi negocio, yo voy a arrancarle la mano de un bocado.
Dante se queda helado por un segundo. Por primera vez en su vida, alguien no solo le sostiene la mirada, sino que le muestra los dientes. En ese despacho, la tensión profesional se transforma en algo mucho más peligroso: un reconocimiento mutuo entre dos depredadores que están a punto de descubrir que sus familias esconden un secreto que los unirá para siempre.