Capítulo 2: El hilo que se tensa

630 Words
El sol de la mañana entraba con suavidad por los ventanales de su departamento, bañando las sedas y bocetos que descansaban sobre la mesa. Victoria Ferré se miró al espejo mientras terminaba de abrocharse un conjunto de lencería de encaje esmeralda. Sus curvas, firmes y orgullosas, le devolvían la imagen de una mujer que no le debía disculpas a nadie por su tamaño. Se pasó una crema perfumada por los hombros, disfrutando del ritual, antes de enfundarse en un traje de seda color crema que gritaba autoridad. El sonido de su teléfono rompió el silencio. Una sonrisa se dibujó en su rostro al leer el nombre en la pantalla: Papá. —¿Ya estás despierta, mi soberana? —la voz de su padre era profunda y cálida, el refugio seguro de siempre. —Desde hace una hora, papá. Sabes que el mundo de la moda no duerme —respondió Victoria, mientras se servía un café n***o—. ¿A qué debo el honor? —Solo quería recordarte que este viernes tenemos cena en la mansión. Tus hermanos ya confirmaron. Marco dice que tiene un caso nuevo que te va a encantar y Julián quiere mostrarte los planos del nuevo museo. No faltes, Victoria. Sabes que tu madre se pone de mal humor si su "arquitecta de sueños" no está presente. —Ahí estaré, lo prometo. Dale un beso a mamá. Colgó con una sensación de paz. Amaba a su familia; eran un bloque de cemento armado. Pero esa paz duró exactamente lo que tardó en llegar a la sede de Imperia. Al cruzar la puerta vidriada, el ambiente no era el habitual. No se escuchaba la música brasileña que siempre ponía su mejor amiga, ni el murmullo alegre de las costureras. En su lugar, había un silencio tenso. —¡Vicky! Graças a Deus que llegaste —su mejor amiga, una mujer de piel canela y ojos vibrantes, corrió hacia ella con una tablet en la mano—. Tenemos un problema. Un problema de los grandes. —Respira —ordenó Victoria, dejando su bolso sobre el escritorio—. ¿Qué pasó? —La carga de seda italiana y el lino de alta densidad de Textiles Valente... no llegaron. Llamé al almacén y me dijeron que el camión nunca salió. Dicen que hay una "retención administrativa". Victoria frunció el ceño. Ella conocía a los Valente de toda la vida. Su padre era el abogado de la familia desde que ella tenía memoria. —Llama de nuevo. Debe ser un error. El señor Valente jamás me dejaría sin material, sabe que estamos a dos semanas de la presentación de temporada. —Ya lo hice, Victoria —su amiga bajó la voz—. Me dijeron que el señor Valente padre se ha retirado oficialmente. El hijo, Dante Valente, tomó el mando esta mañana. Y parece que su primera orden fue cancelar todos los contratos de "mediano impacto". Entre ellos, el nuestro. Victoria sintió un golpe de calor subirle por el cuello. No era miedo; era una furia fría que empezaba a cristalizarse. Abrió su computadora y revisó los números. Si no recibían esas telas en las próximas cuarenta y ocho horas, Imperia no solo perdería la temporada; entraría en un incumplimiento de contratos que podría llevarla a la quiebra. —¿Así que el "León" quiere jugar a los depredadores? —Victoria se levantó, tomando las llaves de su auto—. Cree que puede borrar años de relación comercial con un clic. —¿Qué vas a hacer? —preguntó su amiga preocupada. Victoria se ajustó la chaqueta del traje, sus ojos echando chispas de acero. —Voy a recordarle que las leonas muerden más fuerte. Prepara los expedientes de deuda, voy a hacerle una visita al heredero.
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