El trayecto desde la sede de Imperia hasta el distrito financiero fue un borrón de luces y furia contenida. Victoria Ferré conducía su coche con una precisión milimétrica, la misma que aplicaba a cada costura de sus diseños. No sentía miedo; el miedo era un lujo que las mujeres como ella, que habían tenido que reclamar su espacio en un mundo diseñado para la delgadez extrema, no podían permitirse. Sentía una indignación abrasadora. Dante Valente no solo estaba cancelando un contrato; estaba insultando su esfuerzo, su historia y a las miles de mujeres que encontraban en su ropa el poder que la sociedad les negaba.
Victoria no estacionó su auto; prácticamente lo abandonó frente a la entrada de cristal de la Torre Valente, ignorando las protestas del conserje. Caminó hacia el ascensor con la determinación de una fuerza de la naturaleza. Al entrar, se miró en el espejo de la cabina. Su vestido blanco, una pieza de su propia colección, resaltaba la firmeza de sus hombros y la curva decidida de su busto. Se retocó el labial rojo, no por vanidad, sino porque era su pintura de guerra.
Cuando las puertas del piso cincuenta se abrieron, el silencio del lujo absoluto la recibió. La Torre Valente era un monumento a la frialdad corporativa: mármol gris, acero inoxidable y un aire acondicionado que parecía diseñado para conservar c*******s.
El sonido de los tacones de Victoria Ferré contra el mármol de Valente Textiles no era un caminar, era una declaración de guerra. Con su vestido blanco abrazando sus curvas con orgullo y la barbilla en alto, Victoria no esperaba a ser anunciada. Ella no pedía permiso; ella tomaba su lugar. Cada paso resonaba como un tambor de batalla en aquel pasillo estéril, atrayendo las miradas asustadas de los empleados que se escondían tras sus monitores.
—El señor Valente no recibe a nadie sin cita, señorita… —balbuceó la asistente, una mujer joven que parecía desvanecerse ante la presencia de Victoria. Se levantó torpemente, tratando de interponerse en su camino, pero Victoria ni siquiera ralentizó el paso.
Victoria se detuvo solo un segundo, lo suficiente para clavar sus ojos de acero en la mujer.
—Dígale que es Victoria Ferré. Y dígale que si no me abre esa puerta ahora mismo, voy a entrar yo y voy a redecorar su despacho con las facturas que su empresa acaba de incumplir.
Sin esperar la reacción de la asistente, Victoria apoyó ambas manos en las pesadas puertas de caoba y las empujó con una fuerza que hizo que golpearan las paredes internas. El estruendo fue glorioso.
Segundos después, Victoria invade el santuario de el León.
El despacho era inmenso, con una vista panorámica de la ciudad que parecía rendirse ante los pies de quien ocupara ese trono. Dante Valente no se inmuta. Ni siquiera levantó la vista de los documentos que revisaba en su tableta. Estaba sentado con una elegancia depredadora, la luz del sol resaltando su cabello oscuro y las facciones afiladas de un hombre que nunca había conocido la palabra "perder".
Dante se levantó con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria; mide casi dos metros de arrogancia y pragmatismo. La recorrió de arriba abajo con una mirada lenta, gélida, una inspección que no era s****l, sino táctica. Analizaba su valor, su resistencia y, sobre todo, su punto de quiebre. Pero ella no retrocedió ni un milímetro. Victoria se quedó allí, en el centro de la alfombra persa, sosteniéndole la mirada con un desafío que Dante nunca había visto en una mujer. O en un hombre.
—Se equivoca de lugar, señora Ferré —ruge Dante, con una voz profunda que parecía vibrar en los cristales de la ventana—. Aquí no se grita. Aquí yo decido quién sobrevive y quién se convierte en cenizas.
Dante rodeó su escritorio de obsidiana, acortando la distancia entre ellos. Su presencia era abrumadora, un muro de músculo y traje italiano que buscaba asfixiar su voluntad. Pero Victoria Ferré estaba hecha de hierro.
—Usted se equivoca de mujer, Valente —dispara ella, con los ojos echando chispas—. No soy una empleada a la que pueda intimidar. Soy la dueña de Imperia, y si intenta morder mi negocio, yo voy a arrancarle la mano de un bocado.
Dante se queda helado por un segundo. Camina hacia ella, usando su altura para ensombrecerla, acorralándola contra el inmenso ventanal que muestra la ciudad a sus pies. El vacío a espaldas de Victoria es vertiginoso, pero ella no parpadea.
—Puedo borrar tu marca del mapa con una sola llamada, Victoria —susurra él, invadiendo su espacio personal hasta que sus alientos se mezclan—. Eres un número insignificante en mi balance.
Victoria sonríe, una expresión afilada y peligrosa. Levanta la mano y, con una lentitud tortuosa, agarra la corbata de Dante, tirando de él hacia abajo hasta que sus rostros están a centímetros.
—Hazlo. Destrúyeme —dice ella con una voz que vibra de poder—. Pero te aseguro que cuando yo caiga, tú estarás debajo de mí para amortiguar el golpe. Porque tus secretos pesan más que mi empresa.
Con la otra mano, saca un sobre rojo de su bolso y lo deja caer sobre el escritorio de obsidiana.
—Esa es una copia de las fotos de tu reunión de anoche con el consorcio rival, Dante. Si Imperia cae, esas fotos llegan a la prensa y tus propios accionistas te devorarán vivo.
Dante se queda lívido, soltando el aire que no sabía que retenía. Victoria lo suelta, se ajusta la chaqueta y camina hacia la salida sin mirar atrás. El León ha sido herido en su propia guarida.