El silencio que siguió a las palabras del doctor Ferré fue tan denso que parecía tener peso físico. Victoria sentía que el oxígeno del estudio se agotaba. Miró el documento amarillento sobre el escritorio como si fuera una serpiente a punto de morderla. ¿Unión civil? ¿Fusión? Las palabras daban vueltas en su cabeza como un torbellino de pesadilla.
Dante Valente, por su parte, parecía haber sido tallado en piedra. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el respaldo de la silla de cuero. Su mente, esa máquina calculadora y pragmática, buscaba desesperadamente una salida, un resquicio legal, cualquier cosa que lo liberara de la humillación de tener que compartir su trono con la mujer que acababa de desafiarlo.
—Esto es ridículo —rugió Dante, su voz rompiendo el silencio como un latigazo—. Estamos en el siglo veintiuno. No pueden obligarme a casarme o fusionar mi empresa por un papel que firmaron unos viejos hace cincuenta años por una "deuda de honor". Mi abogado desmantelará esto en una hora.
Marco, el hermano de Victoria, que se había mantenido en la sombra de la puerta, dio un paso adelante con una expresión de gravedad profesional.
—Dante, no es tan simple. He estado revisando los antecedentes mientras mi padre hablaba. No es solo un acuerdo de caballeros. Es un fideicomiso blindado. Si Textiles Valente corta el suministro a Imperia de forma unilateral, se activa una cláusula de incumplimiento que transfiere automáticamente el 40% de tus acciones a la fundación de los Ferré. La única forma de evitar la pérdida de control de tu empresa es la integración total.
Victoria soltó una carcajada amarga, una que no llegó a sus ojos.
—¿Y la "unión civil"? —preguntó ella, mirando a su padre—. Papá, dime que esto es una broma de mal gusto. ¿Esperas que firme un papel con este... este depredador de oficina para salvar mi marca?
Su padre se acercó y le tomó las manos. Sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y necesidad.
—Victoria, los Valente y nosotros somos más que socios. En 1975, cuando el abuelo de Dante estuvo a punto de perderlo todo en la crisis textil, mi padre puso todo nuestro patrimonio como garantía para salvarlos. Se hizo un pacto: las familias nunca se dejarían caer. La unión civil es la garantía de que ninguna parte traicionará a la otra durante la fusión. Es un seguro de lealtad.
Dante se giró hacia Victoria. Sus ojos gélidos ahora ardían con un fuego oscuro.
—Parece que la soberana de Imperia ha resultado ser una carga que no puedo soltar —dijo él con un veneno que escondía una creciente desesperación.
—No soy una carga, Valente —disparó ella, soltándose de su padre y caminando hacia él hasta quedar a escasos centímetros—. Soy tu peor pesadilla. Porque ahora, para salvar lo que construiste, vas a tener que mirarme a la cara todos los días. Vas a tener que escuchar mis órdenes. Y vas a tener que dormir sabiendo que tu preciada "eficiencia" depende de mí.
La reunión se disolvió en una atmósfera de hostilidad contenida. Los padres, dándose cuenta de que habían lanzado una granada en medio de la cena, se retiraron para darles "espacio". Los gemelos Ferré se quedaron cerca, como guardias de corps, pero Victoria les hizo una señal para que la dejaran sola con Dante en el gran balcón de la mansión.
La noche estaba fresca, y el viento agitaba la seda verde del vestido de Victoria. Dante se encontraba de pie junto a la barandilla, mirando hacia la oscuridad con una intensidad feroz. Se había quitado la chaqueta del traje y se había desabrochado los primeros botones de la camisa, revelando la tensión de su cuello.
—No voy a hacerlo —dijo Dante sin mirarla—. Encontraremos una forma de anularlo.
—No hay forma, Dante —respondió Victoria, acercándose con paso firme. Sus tacones golpeaban la piedra con un ritmo que exigía atención—. Escuchaste a Marco. Si no lo haces, pierdes el 40% de tu empresa. Te convertirías en un empleado de lujo para mi familia. Y sé que tu orgullo de León no soportaría eso.
Dante se giró bruscamente. Su altura la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—¿Y tú? ¿Estás dispuesta a sacrificar tu libertad por Imperia? ¿A fingir que somos una pareja feliz ante el mundo?
Victoria sonrió con una frialdad que lo sorprendió.
—No tengo que fingir nada. El mundo verá lo que somos: una alianza de poder. Tú tienes las telas, yo tengo el diseño y el mercado real. Juntos, seremos imbatibles. El matrimonio es solo un contrato de protección de activos. No significa que tengas derechos sobre mí, Dante. Ni en mi cama, ni en mi vida privada.
Dante dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio de una manera que hizo que el corazón de Victoria diera un vuelco. Él bajó la cabeza, su aliento rozando su oreja.
—¿Ahí es donde te equivocas, Victoria. Si firmamos ese papel, seremos uno ante la ley y ante la sociedad. Si yo caigo, tú caes. Y si alguien intenta tocar lo que es mío... —él hizo una pausa, y su voz bajó a un registro barítono que la hizo vibrar—, descubrirá por qué me llaman el León.
—¿Me estás reclamando como una propiedad? —preguntó ella, su pecho subiendo y bajando con una respiración agitada.
—Te estoy advirtiendo —respondió él, retrocediendo un poco para mirarla a los ojos—. Esto no es un juego de moda, Victoria. Esto es una guerra de supervivencia. Si acepto esta fusión, voy a exigir el control total de la logística.
—¡Ni hablar! —exclamó ella, golpeando su pecho con un dedo—. Imperia es mía. Tú pondrás las telas al costo de producción y me darás prioridad en la línea de tejidos premium. Y yo mantendré el control creativo y comercial. Esas son mis condiciones.
Dante atrapó su mano antes de que ella pudiera retirarla. Sus dedos eran cálidos y fuertes, rodeando la muñeca de Victoria con una firmeza que la dejó sin aliento por un segundo.
—¿Me estás dando órdenes en mi propia cara?
—Te estoy negociando, Valente. Algo que dijiste que sabías hacer —ella no retiró la mano. Al contrario, se acercó más, desafiándolo con su cercanía—. Mañana a las ocho de la mañana, en tu oficina. No quiero secretarias asustadas ni excusas. Quiero el borrador del contrato de fusión con mis cláusulas incluidas.
Dante la miró con una mezcla de furia y un deseo que se negaba a reconocer. La fuerza de Victoria era magnética. No era la belleza sumisa a la que él estaba acostumbrado; era una belleza volcánica, una mujer que lo obligaba a estar alerta.
—Ocho de la mañana —repitió él, su mirada bajando por un instante a sus labios rojos antes de soltar su muñeca—. Pero no esperes que sea amable, Victoria. Si vamos a estar encadenados, asegúrate de que tu cadena sea lo suficientemente fuerte para sostener mi peso.
Victoria lo vio alejarse hacia el interior de la mansión, sintiendo el calor de su mano todavía marcado en su piel. Entró en la casa y encontró a su familia esperándola en el salón. Sus hermanos la miraban con preocupación, su padre con esperanza.
—¿Y bien? —preguntó Marco—. ¿Qué decidieron?
Victoria se alisó el vestido verde esmeralda y se colocó un mechón de pelo tras la oreja. Se veía más soberana que nunca.
—Díganle a los abogados que empiecen a redactar. Voy a fusionar Imperia con Textiles Valente.
—¿Victoria, estás segura? —preguntó su madre, acercándose—. Es un compromiso muy grande. Dante es... difícil.
—Dante es un animal que cree que el mundo es su selva —respondió Victoria con una voz que no admitía réplicas—. Pero se olvidó de un detalle. En esta historia, yo no soy la presa. Soy la reina. Y si tengo que casarme con el León para proteger mi imperio, lo haré. Pero él va a descubrir que mi corona está hecha de espinas.
Esa noche, Victoria no durmió. Se pasó las horas revisando los archivos secretos que su padre le había entregado: la verdadera historia de la deuda de honor. Descubrió que los Valente no solo debían dinero; debían un favor que involucraba la supervivencia de su apellido. Había algo más, una cláusula oculta que mencionaba una propiedad en Italia que había sido el origen de todo.
Mientras tanto, en su ático de cristal, Dante Valente servía un whisky doble. Miraba la ciudad, pero solo veía los ojos de acero de Victoria Ferré. Tiró el vaso contra la chimenea, viendo cómo el cristal se hacía añicos.
—No vas a domarme, Victoria —susurró para sí mismo—. Vas a ser la joya de mi imperio, pero nunca la dueña de mi libertad.
El escenario estaba listo. La sociedad más peligrosa de la década estaba a punto de firmarse, y el mundo de los negocios no sabía que estaba a punto de presenciar un eclipse: el choque del León con la Soberana.