Capítulo 7: El Beso de la Discordia

1499 Words
El aire en el ático de Dante Valente estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Victoria se erizara. Se encontraba frente al espejo del vestidor principal, terminando de ajustar los detalles de su "armadura". Para la Gala de la Alianza, no había elegido la discreción. Había diseñado un vestido de seda líquida en color carmesí profundo, un tono que no solo evocaba la pasión, sino la sangre. El diseño abrazaba cada una de sus curvas con una devoción casi religiosa; el escote caía en una "V" pronunciada que resaltaba la firmeza de su busto, y una abertura lateral en la falda revelaba su pierna con cada paso decidido. Victoria se aplicó una última capa de labial rojo sangre. Sus manos temblaban imperceptiblemente, no por miedo, sino por la furia contenida de tener que representar el papel de "esposa trofeo" ante la élite financiera. —No eres un trofeo, Victoria —se susurró a sí misma, clavando la mirada en su reflejo—. Eres el caballo de Troya. Al salir de la habitación, el sonido de sus tacones de aguja contra el suelo de madera noble anunció su llegada. Al final del pasillo, junto a la escalera de cristal que descendía al salón principal, estaba él. Dante Valente era una visión de poder absoluto. Su esmoquin n***o, cortado con una precisión quirúrgica, acentuaba sus dos metros de estatura y la anchura imponente de sus hombros. Estaba de espaldas, revisando su reloj de muñeca, pero al escucharla se giró con la lentitud de un depredador que detecta movimiento. El silencio que siguió fue asfixiante. Los ojos gris tormenta de Dante recorrieron el cuerpo de Victoria con una intensidad que ella sintió como una caricia física, una que quemaba y hería al mismo tiempo. Por un segundo, la máscara gélida del León se agrietó. Sus pupilas se dilataron y su respiración, usualmente rítmica y controlada, se detuvo por un latido. —Ese vestido es una provocación —dijo Dante. Su voz era un gruñido bajo, cargado de una mezcla peligrosa de reproche y deseo. —Es una declaración de principios, Valente —respondió ella, bajando el último escalón hasta quedar frente a él—. Si el mundo va a mirar, que miren a una mujer que no le teme a su propio espacio. ¿O es que el León se siente intimidado por un poco de seda roja? Dante dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa arrogancia que ella tanto odiaba. El aroma a sándalo y metal frío de su colonia la envolvió. —No me intimidas, Victoria. Me irritas. Me irrita que creas que puedes usar tu cuerpo como un arma de distracción masiva. —Funciona, ¿no? —desafió ella, inclinando la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. No has dejado de mirarme desde que salí. Dante apretó la mandíbula, sus ojos bajando por un instante al escote de ella antes de volver a chocar con los suyos. —Vámonos. Los tiburones ya deben de tener hambre de noticias. La llegada al Gran Teatro de la Ópera, donde se celebraba la gala, fue un caos de flashes y gritos. En cuanto la puerta de la limusina se abrió, el resplandor de cientos de cámaras iluminó la noche. Dante salió primero, su figura imponente cortando el viento, y luego extendió una mano hacia el interior. Victoria tomó su mano. Sus dedos se entrelazaron y, a pesar de los guantes de seda, ella sintió la fuerza bruta de Dante. Al salir del coche, él rodeó su cintura con su brazo, pegándola a su costado de una forma que parecía protectora para el público, pero que para Victoria se sentía como una cadena. —Sonríe, Soberana —susurró él al oído de ella mientras subían por la alfombra roja—. Mañana quiero que las acciones de nuestra fusión suban diez puntos solo por la forma en que me miras. —Entonces tendrás que esforzarte más, León —replicó ella entre dientes, manteniendo una sonrisa deslumbrante hacia las cámaras—. Porque ahora mismo, lo único que quiero es clavarte el tacón en el empeine. Llegaron al centro del photocall. Los periodistas estaban frenéticos. —¡Señor Valente! ¡Señora Ferré! ¡Un beso para la portada de Forbes! —gritó un fotógrafo desde la primera fila. Dante se tensó. Victoria sintió cómo los músculos de su brazo se ponían rígidos contra su espalda. Era el momento de la verdad. Si no lo hacían, los rumores de que la fusión era una farsa por la deuda de 1975 destruirían su credibilidad antes de empezar. —Hazlo —ordenó ella en un susurro apenas audible, sin dejar de mirar a la cámara principal. Dante no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento rápido y posesivo, giró a Victoria hacia él. Su mano grande se deslizó desde su cintura hasta su nuca, enterrando los dedos en su melena oscura, obligándola a inclinar la cabeza. El beso no fue una actuación suave. Fue un choque de trenes. Cuando los labios de Dante aplastaron los de Victoria, ella sintió el sabor del deseo mezclado con el odio puro. Era un beso hambriento, cargado de la frustración de las últimas semanas de peleas y tensiones bajo el mismo techo. Dante la besó como si estuviera reclamando un territorio prohibido, con una lengua que buscaba dominar y unos labios que quemaban. Victoria, lejos de rendirse, respondió con la misma ferocidad, enredando sus dedos en las solapas de su esmoquin, devolviéndole cada milímetro de pasión agresiva. Por un instante, el ruido de los flashes desapareció. Solo existían ellos dos en medio de un incendio. Dante soltó un gruñido ahogado contra sus labios, un sonido de derrota ante la atracción física que tanto intentaba negar. Cuando finalmente se separaron, jadeantes, con los labios hinchados y los ojos brillantes, el silencio en la alfombra roja fue absoluto por un segundo antes de que estallaran los vítores. Dante la miró, su mirada gris ahora oscurecida por un deseo que ya no podía esconder. —Eso no fue parte del guion —susurró él, su pulgar rozando el labio inferior de Victoria, que ahora tenía el carmín corrido. —No —respondió ella, tratando de recuperar el aliento y la compostura—. Eso fue para recordarte que, si vas a intentar domarme, vas a tener que quemarte en el proceso. Dentro del salón, la gala era un desfile de hipocresía y diamantes. Victoria se movía con la elegancia de una pantera, saludando a inversores y diseñadores, siempre con Dante a su sombra, como un guardián silencioso y oscuro. Sin embargo, la tensión no había disminuido; el beso había dejado un rastro de pólvora entre ambos. A mitad de la noche, mientras Dante hablaba con un magnate de la logística, Victoria se retiró a un rincón apartado cerca de la terraza para beber una copa de agua. El calor del salón empezaba a agobiarla. Fue entonces cuando escuchó la conversación. —... los Ferré creen que ganaron la partida con la fusión —decía una voz masculina, cargada de veneno, detrás de unos arreglos florales—. Pero no saben que Dante tiene los documentos originales de 1975. En cuanto sepa lo que el padre de Victoria le hizo realmente a su abuelo, esa "unión civil" será el funeral de Imperia. Victoria sintió que el mundo se inclinaba. Sus dedos se apretaron contra la copa de cristal hasta que estuvo a punto de romperse. ¿Dante tenía los documentos originales? ¿Qué era lo que su padre le había ocultado? Sintió la presencia de Dante antes de verlo. Él se acercó por detrás, su cuerpo rozando la espalda de ella, rodeando su cintura con naturalidad para los ojos ajenos. —Es hora del brindis principal, Victoria. Vamos. Ella se giró, mirándolo con una intensidad que él no pudo descifrar. Dante notó que algo había cambiado en sus ojos; ya no era solo odio o deseo, era una chispa de sospecha profunda. —Dante —dijo ella, su voz baja y gélida—, ¿hay algo que quieras decirme sobre el pasado de nuestras familias antes de que subamos a ese escenario a mentirle al mundo? Dante entrecerró los ojos, su expresión volviéndose una máscara de piedra. —El pasado es solo ruido, Victoria. Lo único que importa es que ahora eres mi socia. Y lo que es mío, lo protejo... o lo destruyo si me traiciona. Caminaron hacia el escenario bajo el foco de las luces principales. El León y la Soberana, unidos por un beso que había sido real y una mentira que empezaba a desmoronarse. Mientras levantaban sus copas frente a la élite de la ciudad, Victoria supo que la verdadera guerra no acababa de empezar en la oficina, sino que estaba oculta en las sombras de una historia que Dante Valente estaba dispuesto a usar para cobrar su venganza final.
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