Milán amaneció bajo una lluvia fina, gris y persistente, como si la ciudad misma estuviera de luto por la caída de su antiguo monarca. Pero para Victoria Ferré, el clima era simplemente el telón de fondo perfecto para la ejecución pública de un legado podrido. El convoy n***o, compuesto por cuatro Rolls-Royce blindados, se deslizó por las calles adoquinadas hacia la plaza de la Scala con la precisión de una flecha dirigida al corazón de un enemigo. En el coche principal, Victoria vestía un traje de alta costura en blanco marfil. El color de la pureza, pero también el color de los huesos. Sus labios estaban pintados de un rojo carmesí tan intenso que parecía sangre fresca sobre la nieve. A su izquierda, Julian Vacher sostenía su mano con una calma aristocrática; a su derecha, su hermano Ju

