El sol de la mañana entraba por los ventanales del ático de Dante Valente con una claridad ofensiva, iluminando los restos de una noche que lo había cambiado todo. Victoria estaba de pie ante la encimera de mármol, sosteniendo una taza de café n***o que ya se había enfriado, tratando de procesar la confesión de Dante sobre el asesinato del 75. El aire todavía olía a su perfume y al aroma metálico del whisky, una mezcla que empezaba a asociar con el peligro. La puerta del ascensor privado se abrió con un sonido seco, rompiendo el silencio. Marco Ferré irrumpió en el salón con el ímpetu de un huracán contenido. Traía el rostro desencajado y un maletín de cuero que golpeó contra la mesa con la fuerza de una sentencia. —Victoria, tenemos un problema. La fiscalía ha solicitado los registros d

