Florencia nunca había visto una noche igual. La Galería de la Academia resplandecía bajo una iluminación que costaba una fortuna, pero nada brillaba tanto como la mujer que acababa de cruzar el umbral. Julian Vacher no solo había alquilado el espacio; había comprado el silencio de la ciudad para que esa noche solo se escuchara un nombre: Victoria Ferré. Cuando el Mercedes-Maybach n***o se detuvo, el destello de los flashes fue cegador. Victoria respiró hondo. Julian Vacher le tomó la mano. —Sal ahí y recuérdales por qué las estatuas de este museo se quedan cortas a tu lado —le susurró Julian al oído, antes de bajar para abrirle la puerta. Victoria descendió y el mundo pareció detenerse. El vestido de terciopelo color sangre real era una armadura de seducción. El corte era tan ajustado q

