Roma era un caos de turistas y calor, pero Victoria se sentía como si caminara por un páramo de hielo. La traición de Dante seguía quemando en su pecho, una herida abierta que se negaba a cerrar. Cada vez que cerraba los ojos, sentía sus manos; cada vez que respiraba, creía oler su perfume. Se odiaba por eso. Se odiaba por tener "memoria celular" de un hombre que la había usado como una pieza de ajedrez. "No soy una pieza", se repitió, apretando el bolso donde guardaba el cuaderno de la hilandería. "Soy la mano que mueve el tablero". Sabía que Dante movería cielo y tierra. Estaría rastreando sus tarjetas, sus contactos, los aeropuertos. Pero había un hombre al que Dante Valente temía, no por su fuerza, sino por su sofisticación y su alcance global. Alguien que vivía fuera del radar de lo

