Comimos algo que Kalev ordenó, e hicimos una especie de picnic ahí, sentados en el suelo, entre risas, una conversación muy amena y unas copas de vino. No tardamos mucho, sin embargo, esta “cita improvisada” había sido toda una experiencia. Terminamos la velada de manera definitiva cuando me lleve las manos a los brazos para frotarlos, pues el frío empezaba a calarme, el científico de ojos azules se quitó su suéter y me lo puso sobre los hombros, sin pensarlo. —Vamos, es hora de irnos —espetó, mientras me ayudaba a incorporarme. No dije nada, y asentí al aceptar su mano, Sentía cosquillas en todo mi cuerpo al estar tan cerca de él, y lo hubiera besado, pero tampoco quería darle falsas esperanzas, pues, aunque me gustaba y comenzaba a sentirme bien estando con él, aún quedaba algo de inc

