Me besó, un beso lento y tierno que contrastaba con la rudeza de su entrada. Intentó calmar el terror y el dolor. Sus manos grandes sostuvieron mi rostro, forzándome a mirarlo. —Respira, Elena. Ya pasó. Yo te llevo. Y luego comenzó. Lentamente, moviéndose con una cadencia controlada que no se sentía menos ruda, sino más deliberada. Sus primeras embestidas fueron medidas, profundas, buscando lentamente transformar el dolor en otra cosa. —¡Ah…! —Mis gritos se transformaron lentamente en jadeos cargados de excitación. Mi cuerpo de bailarina, con su increíble memoria muscular y flexibilidad, se adaptó a la intrusión. La fricción, la profundidad, la sensación de estar completamente llena por él, borró el dolor inicial. Empecé a mover mis caderas, encontrando el ritmo que él me imponía, un r

