Yo estaba agotada. Mi cuerpo dolía en lugares que no conocía, pero la sensación de vacío había sido reemplazada por una saciedad física que no podía negar. La virgen que había entrado en esa oficina había desaparecido. Y la humillación se mezclaba con una conciencia recién nacida de la inmensa y aterradora pasión que Dante podía desatar. No podía dormir. La luz grisácea del amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas panorámicas de la suite, pintando las cimas nevadas de los Alpes con tonos pálidos y dorados. —¿Estás despierta, Elena? —preguntó Dante, su voz baja y áspera por el sueño, resonando contra mi oído. —Sí —murmuré. Él no me soltó. De hecho, su agarre en mi cintura se intensificó ligeramente. —No voy a disculparme por lo que pasó en la oficina —dijo. —No lo esperaría —re

