Dante se inclinó, ese gesto de condescendencia que me hacía hervir.
—Debía hacerlo. No creas, me tomó varias horas. Lo que es claro es que eres una infeliz, Elena. No tienes lo que has soñado. Y ahora mírate. Tienes que hacer todas estas cosas para que viva el infeliz que te ha hecho infeliz.
Sus palabras eran un espejo que reflejaba la miseria de mi existencia. Eran crueles. Eran ciertas. Y me destrozaban.
Pero la verdad, dicha por él, perdía su poder. Él no era mi juez, era mi carcelero.
Una sonrisa amarga, una mueca forzada, apareció en mi rostro. No era felicidad; era el sarcasmo más oscuro que pude conjurar.
—Wow —dije, arqueando una ceja—. Qué corazón tan sensible. ¿No me digas que tienes corazón, Varonelli? Naah. Eres un tipo tan frío que no conoce la palabra amor y menos corazón.
Di un paso hacia él, acortando la distancia con una osadía suicida.
—¿Y qué te importa, eh? Lo que te pido es que no te metas en mi vida. No me desafíes. No lo intentes —Mi voz era una advertencia a fuego lento—. Sé que me necesitas por tu sobrina, perfecto. Hay límites y debes respetarlos. Si vuelves a aparecer en mi vestuario, te juro que...
—¿Qué? —me interrumpió, su mirada clavándose en la mía.
—Te juro que no verás un solo plié de tu sobrina —siseé. Era mi única arma.
Dante me miró en silencio por un largo momento, su rostro impasible, sopesando mi amenaza. Era un juego de póker donde yo solo tenía un par de siete.
—Apresúrate, Elena —dijo finalmente, sin ceder un milímetro, pero respetando mi espacio—. No tengo tu tiempo.
—Me voy a poner esto —dije, sosteniendo la bolsa dorada como si fuera veneno—. Lo que sea que hayas traído.
Di media vuelta, sintiendo cada músculo de mi cuerpo gritar de tensión. Volví al vestuario, cerrando la puerta con un golpe seco. Me senté en una de las banquetas de madera, el corazón galopando como un tambor en mi pecho, la respiración acelerada y desigual. Estaba al borde del abismo emocional. Las palabras de Dante resonaban: él mató a tu madre.
—Basta —me ordené, la voz temblorosa.
El pánico se apoderaba de mí. Estaba a punto de hundirme de nuevo, de llorar hasta que mis ojos se hincharan.
Justo en ese instante, un golpe seco resonó en la puerta.
—Apresúrate, Elena —Era la voz de Dante, amplificada por la madera—. No tengo tu tiempo. Y deja de llorar.
El control absoluto de Dante sobre mí era aterrador. No solo sabía mi pasado y mi dolor, sino que ahora podía escuchar mis silencios y mis lágrimas.
La vergüenza me dio la fuerza para levantarme. Limpié mis lágrimas con el dorso de la mano con un gesto brusco, de rabia. No, Varonelli. No me rompes hoy.
Abrí la bolsa. Era un vestido de terciopelo de seda, largo, color dorado quemado, de tirantes finos. El corte era sencillo, fluido, diseñado para deslizarse sobre el cuerpo sin oprimir. Junto a él, unos tacones de aguja con detalles dorados y, en una pequeña bolsita de seda, unas bragas, también doradas.
—Un vestuario para una muñeca de lujo —me dije con desprecio.
Me quité la toalla y la arrojé. El vestido era sin espalda y con un escote profundo. Imposible llevarlo con sostén.
Busqué en el cajón de primeros auxilios. Encontré la cinta atlética. La misma que usaba para vendar mis tobillos cuando la lesión de mi rodilla me causaba problemas. La cinta que siempre ocupo para heridas.
Con movimientos rápidos, tensos, me puse las bragas. Luego, me acerqué al espejo y con una frialdad clínica, comencé a forjar mi armadura. Corté tiras de la cinta y, con precisión de cirujana, las coloqué estratégicamente, tensando y levantando. No era lencería; era arquitectura. Una barrera para que mis pezones no se notaran bajo la seda, una simulación de perfección. El tacto gomoso de la cinta sobre mi piel era un recordatorio: me estaba preparando.
Me deslicé dentro del vestido. La seda era fría al tacto, pero al caer, se convirtió en fuego. El color, el dorado, parecía diseñado para resaltar el tono de mi piel y contrastar con la negrura de mi cabello.
+
Me miré al espejo. La mujer que me devolvía la mirada ya no era la bailarina rota en el suelo. Era una estatua de venganza, cubierta de seda y oro, lista para ser expuesta en el salón del hombre que la odiaba.
Esta noche, Varonelli, te daré la Reina que mereces. Una Reina que te destruirá.
Tomé mi trench coat de lana negra y lo arrojé sobre mis hombros, cubriendo el vestido dorado. Lo único visible era mi rostro maquillado con precisión, mis ojos listos para la batalla.
Con la frente en alto, abrí la puerta del vestuario.
Dante estaba esperándome en el mismo sitio. Al verme, sus ojos se detuvieron en la curva de mi cuello, en el brillo metálico de los tacones. Su rostro permaneció impasible, pero noté un leve, apenas perceptible, tensar de su mandíbula.
—Lista —dije, mi voz ronca pero firme.
Él asintió, extendiendo la mano hacia la puerta de la calle.
—Entonces vámonos, Elena. Tu coronación te espera.
Acepto que esto es demasiado ridículo, no tengo ninguna escapatoria. Claro que quiero desvincularme de mi padre, pero tampoco lo quiero muerto, no tan rápido, no cuando mi madre sufrió y yo sigo sufriendo, menos cuando no logré cumplir mis sueños.
—La verdad que no solo las niñas te verán, nooo, he decidido abrir una nueva academia en la que dirigirás a niñas tan, pero tan adineradas que no dudarán en pagar lo que sea para que tú la lleves a la cima.
En eso, trago grueso.
—¿Por qué? NOoo, yo tengo mi academia, ¿por qué aceptaría?
—Sencillo, aceptaría por la vida tu padre, eso no es todo, si cumples con todo lo que te pido, tu padre será libre y tú, también.