+ El aire dentro del Mercedes era pesado y costoso. Olía a cuero nuevo, a cigarro de alta calidad y, por supuesto, a Dante. La tensión era tan densa que podía saborearla. Me acomodé en el asiento de pasajero, con el trench coat de lana negra cubriendo completamente el vestido dorado, sintiéndome como una bomba de tiempo envuelta en un caparazón oscuro. Cada centímetro de mi piel, desde mis pezones cubiertos por la cinta atlética hasta el músculo tenso de mi muslo, gritaba incomodidad. Mi cuerpo estaba en alerta máxima, y mi mente no tardó en seguirlo. Miré la manija de la puerta. Abre. Lánzate. Acaba con esto. La muerte es una liberación. No más deudas. No más Dante. No más dolor. El pensamiento era demente, seductor y rápido. Pero se estrelló contra una muralla de frialdad autoimpues

