Me quedo en silencio, escuchando el llanto ahora más suave de mi hijo y la respiración pesada de Dante. El pánico ha pasado, dejando tras de sí un paisaje de devastación y maravilla. Estoy desnuda, ensangrentada y agotada en una mansión que es mi cárcel, pero por un breve instante, mientras Dante nos sujeta a ambos, siento que el mundo exterior. Seúl, el Consejo, las deudas de mi padre, ya no tiene poder sobre mí. —Dante... —lo llamo, antes de cerrar los ojos para rendirme al sueño. —¿Dime? —Limpia esa tijera. Es de plata y no quiero que el niño tenga un recuerdo tan sucio de su padre. Dante suelta una carcajada baja, una risa que vibra en mi pecho y me hace sentir, por primera vez, que tal vez, solo tal vez, esta historia no tiene por qué terminar en tragedia. —La guardaré en una caj

