Me quedo ahí, abrazando a mi hijo en la cama de seda destrozada, mientras Dante busca algo para cortar el cordón. Estamos solos, empapados, rotos y unidos por un vínculo que ya no es un contrato firmado por mi padre, sino algo mucho más primitivo y eterno. —Siempre seré yo, Dante —murmuro, besando la cabecita del bebé—. Pero ahora, somos dos contra ti. Dante levanta la vista y sonríe. Es una sonrisa cansada, peligrosa y llena de un nuevo tipo de amor que me da más miedo que todas sus amenazas juntas. —No, Elena —dice, cortando el cordón con una tijera de plata que ha encontrado—. Ahora somos tres contra el mundo. + El ambiente en la habitación es sofocante; huele a hierro, a sudor, a vida cruda y a ese miedo visceral que solo se siente cuando estás al borde de lo desconocido. Tengo a

