No fue un grito, ni un golpe. Fue una sensación. El frío, metálico y absoluto, de algo duro que se clavó en mi costilla, justo debajo del pecho. En el mismo instante, una mano, áspera y pesada, se cerró sobre mi boca, asfixiando el grito que ya se formaba en mi garganta. La llave se cayó de mis dedos, tintineando patéticamente sobre el mármol del porche. Mi cuerpo se congeló, un muñeco de porcelana roto por la sorpresa. El terror no era un escalofrío; era una ola de calor que me subió por la columna, vaciándome de toda fuerza. —Te hemos estado buscando —susurró una voz masculina, grave y cortante, justo detrás de mi oreja. Su aliento olía a tabaco rancio y alcohol barato—. No te muevas. Intenté mover la cabeza, hacer un gesto. La mano se apretó de inmediato. El objeto en mi costilla se

