—Espera. Si trabajaré aquí, si me has convertido en tu socia estratégica con estos incentivos de seguridad... ya no es necesario que me toques. Ya no hay necesidad de que nos acostemos. La frase era un desafío directo a su dominio físico. Había justificado el sexo como una transacción, como la primera cláusula de la deuda. Ahora que la deuda se había elevado a un convenio de espionaje y linaje, yo quería renegociar las cláusulas carnales. El silencio que siguió fue más peligroso que cualquier grito. El aire en el lujoso despacho se hizo denso y frío. Dante, que estaba revisando unos planos en una mesa de mármol, se enderezó lentamente. Cada movimiento de su cuerpo era una advertencia. Se acercó a mí con una lentitud deliberada, como un gran felino que se acerca a su presa. Mis defensas

