Me perteneces

1626 Words
+ELENA+ Estaba regresando a la academia después de hacer un par de diligencias. Cosas que se hacen día a día. Al abrir la puerta de mi pequeña academia, Petite Étoile, “¡Sueños Moreau!” Las luces estaban apagadas, el piso de madera brillaba por la limpieza, y solo se escuchaba el tic tac del reloj en la recepción. Mi santuario. Mi refugio. El lugar que había construido con mis manos después de perderlo todo. Pero esa paz duró exactamente tres segundos. Cuando encendí las luces de la sala principal, el corazón se me detuvo. Varios hombres de traje n***o, inmóviles, llenaban el lugar. Parecían esculturas de mármol y peligro. En medio de todos, uno estaba sentado en una de las sillas, con una pierna cruzada y la mirada fija en mí. —Bienvenida, señorita Moreau. La estábamos esperando —dijo con una voz grave, profunda… peligrosa. Me quedé congelada, con el bolso a medio caer. —¿Qué demonios es esto? —pregunté, buscando mi teléfono en el abrigo. Nadie se movió. Solo el hombre del centro. Sonrió, despacio. Esa sonrisa que dice ya perdí la cuenta de cuántas veces me han temido. —Hermoso local. No pensé que alguien con tu historia pudiera mantener algo tan... limpio. —¿Perdón? —Mi voz tembló. Él se levantó. Alto, enorme, ropa negra perfectamente ajustada, cabello oscuro y esa maldita mirada verde que parecía leerme los pensamientos más sucios. —Dante Varonelli —dijo al notar que lo observaba—. Aunque supongo que ya escuchaste mi nombre. —No, y no me interesa. Si vinieron a inscribirse, regresen en la próxima temporada. Él soltó una leve carcajada. —No vine a bailar, piccola ballerina. Vine a cobrar una deuda. Fruncí el ceño. —No entiendo de qué habla. Dante hizo un gesto con la mano, y uno de sus hombres desapareció por la puerta lateral. Un minuto después, mi corazón se detuvo por completo: entró mi padre, arrastrado por dos tipos enormes, con la cara hinchada y la mirada perdida. —¡Papá! —grité, corriendo hacia él. Pero uno de los hombres me detuvo por el brazo—. Suéltame, imbécil. ¡Es mi padre! Dante caminó hacia mí, tranquilo, con esa maldita elegancia que parecía provocación. —Tu padre —dijo, con voz baja—, es un hombre con... malos hábitos. Apuestas, alcohol, promesas rotas. Le di dinero, tiempo y paciencia. ¿Y qué crees? No tiene cómo pagarme. Así que me ofreció algo mejor. No puede ser, esto es una pesadilla. Lo miré, sin entender. —¿Qué cosa? Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa. —A ti. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. —¿Qué...? No. No puede ser cierto. —Oh, lo es. —Dante se acercó tanto que pude sentir su perfume, una mezcla entre madera y peligro—. Dijo que eras su bien más valioso. Que estar contigo… sería un buen pago por su deuda. —¡No soy de nadie! —le grité, empujándolo. Su mano atrapó mi muñeca. Su fuerza no era humana. —Cuidado con las palabras, ballerina. No estoy acostumbrado a que me hablen así. —Pues acostúmbrese —respondí, con la voz temblando, pero sin apartar la mirada. Por un instante, sus ojos verdes se suavizaron. Fue un parpadeo, pero lo vi. Algo en él se movió, como si no esperara que una mujer lo enfrentara. Luego volvió su expresión helada. —Tu padre me pertenece —dijo, sin titubear—. Y tú… vienes con el paquete. —¿Qué vas a hacerle? —Lo que merezca. El silencio fue insoportable. Mi padre, arrodillado, lloraba. Yo sentía el corazón explotarme en el pecho. —Por favor —le supliqué—. No le hagas daño. No es un mal hombre… solo… está roto. Dante ladeó la cabeza, observándome como si analizara un cuadro caro. —¿Sabes lo que es, lo peor de las personas rotas? —susurró, acercándose a mi oído—. Que suelen romper a otros. Y sin más, sacó un arma. Negra. Silenciosa. Fría. —¡No! —grité, lanzándome hacia él—. ¡No lo hagas, te lo ruego! Su dedo se detuvo en el gatillo. Nuestros ojos se cruzaron. Y en ese momento, mi mundo cambió para siempre. —Dame una razón —dijo, con voz baja—. Una sola, para no volarle la cabeza. Las lágrimas me ardieron. —Hazlo conmigo. Lo que quieras. Pero no con él. Dante bajó lentamente el arma. —Eso fue exactamente lo que tu padre me prometió. Mi cuerpo se quedó sin aire. Él guardó el arma en el cinturón y se inclinó hasta que su rostro quedó a unos centímetros del mío. —A partir de ahora, Elena Moreau, tú… me perteneces. —No soy una posesión —dije, con la voz quebrada pero firme. —Aún no —replicó, sonriendo con arrogancia—. Pero lo serás. * Él dio un paso atrás, mirándome como quien observa una joya recién adquirida. —Mañana, ocho en punto, en mi residencia. Mi sobrina necesita una maestra de ballet, es una niña dulce de ocho años. ¿Todo es por una niña? —¿Y si no voy? Dante sonrió de lado. —Entonces tu padre no verá el amanecer. Y en eso se dirige hacia la salida. —Acepto —dije con voz firme, aun cuando el miedo me hacía temblar las manos—. Tu sobrina puede venir aquí. No hay necesidad de que yo vaya a donde tú quieras. Dante se giró lentamente, la mirada verde brillando con esa calma que da más miedo que la furia. —¿Y por qué habría de aceptar eso? —Porque no estás pensando como un niño —respondí, respirando hondo—. Dices que tiene ocho años, ¿verdad? —Sí. —Su voz fue seca, cortante. —Entonces, si realmente te importa, debería estar con niñas de su edad. Con risas, música y pasteles después de clase. No rodeada de hombres con pistolas y trajes negros. Su ceja se arqueó. —¿Estás… dándome lecciones de paternidad, ballerina? —No. Solo estoy usando la lógica —repliqué, cruzando los brazos—. Pregúntale a la niña qué quiere. A lo mejor la respuesta la tiene ella, no tú. Dante permaneció en silencio unos segundos. Sus hombres se miraron entre sí, como si no creyeran lo que escuchaban. Entonces él suspiró, caminando despacio hacia mí. Cada paso suyo sonaba como un tambor en mi pecho. —Buen punto —dijo finalmente, su voz grave, casi un ronroneo. Sus ojos me recorrieron como si estuviera decidiendo si me besaba o me rompía el cuello. —Aunque… eso no cambia lo esencial. —Levantó el mentón, señalando a mi padre—. Él sigue siendo mi problema. Di un paso al frente. —Entonces suéltalo. Dante sonrió apenas. —Él está marcado. —Su tono fue tan frío que me heló el alma—. Las puertas de las apuestas se cerrarán para él, pero eso no garantiza que sobreviva. Si aparece muerto, no será por mis manos… será por las de los que aún le deben. Mis ojos se llenaron de lágrimas. —¿Marcado? ¿Qué significa eso? —Significa que todos los que apuestan saben que su vida ya no tiene valor. —Su mirada se volvió dura—. Y tú, Elena, eres lo único que lo mantiene respirando porque estoy seguro que no solo a mí me ha ofrecido tu cuerpo y vida. Me acerqué a mi padre. Apenas podía mantenerme de pie. Estaba sudando, con la mirada perdida y las manos atadas. Su olor a licor me revolvió el estómago. —Papá… —susurré, arrodillándome frente a él. Él levantó la cabeza, con lágrimas que parecían de arrepentimiento, pero no sabía si creerle. —Lo siento, hija… yo… no quería… —¡Cállate! —le grité antes de que terminara. El silencio que siguió fue espeso, como si todos contuvieran el aire. —No… no digas nada más —seguí, temblando—. Siempre es lo mismo. “No quería”. “No fue mi culpa”. “No lo pensé”. ¿Y qué hay de mí? ¡Yo sí pienso, papá! ¡Yo sí sufro! Mi voz se quebró, pero no me detuve. —¿Por qué quieres matarme, eh? —le pregunté entre sollozos, clavando los dedos en el suelo—. Porque eso estás haciendo. Lentamente, pero lo estás haciendo. Cada vez que bebes, cada vez que apuestas, cada vez que destruyes algo más… me matas un poco más. Mi padre empezó a llorar. —Elena, por favor… —No. —Lo interrumpí, mirándolo directo a los ojos—. Esta vez te culpo. Sí, te culpo. Por mamá, por mi pierna, por las noches que dormí pensando que todo iba a cambiar. Te culpo por venderme como si fuera una baraja más en tu maldito juego. Sentí las lágrimas correr por mis mejillas. Detrás de mí, escuché un leve murmullo. Dante no se movía. Estaba de pie, observando la escena con ese rostro que no mostraba emoción, pero sus ojos… sus ojos tenían algo distinto. Algo que no quería entender. —Ya basta, papá… —dije más suave, cansada—. Para de una vez, o moriré por tu culpa. Y si muero… esta vez sabrás que sí fue tu culpa. Mi padre bajó la cabeza, temblando. El silencio me dolía. Dante finalmente habló, su voz sonó como un trueno contenido. —Tienes fuego en los ojos, ballerina. Me gusta eso.
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