+*+*+*+*+ El lunes amaneció con un cielo de color ceniza y un viento que aullaba entre los rascacielos de Seúl, recordándome que aquí el invierno no tiene piedad. Me puse tres capas de ropa, intentando disimular el bulto ya inocultable de mi vientre, y caminé hacia la cafetería. Mis tobillos se quejaban con cada paso sobre el pavimento congelado, pero la necesidad es una maestra severa; me obligaba a moverme, a ignorar el peso y ese presentimiento que se me clavaba en el pecho como una astilla. Llegué al local. El calor del interior, cargado de aroma a granos de café y canela, me golpeó la cara. Saludé a la dueña con una reverencia corta y me instalé tras la caja registradora. Doce horas por delante. Doce horas de contar monedas, entregar cambios y sonreír con esa cortesía mecánica que h

