—Me dijeron que el diablo no espera a nadie —respondí con una sonrisa gélida, tomando mi copa y dándole un sorbo largo, sin apartar la vista de la suya—. El vino es bueno. Supongo que la sangre de los Bianchi ha hecho que la cosecha de este año sea especialmente dulce. Dante apretó la mandíbula, pero no se inmutó por mi comentario. Hizo una señal y los criados empezaron a servir la comida en un silencio sepulcral. —Tu sarcasmo empieza a ser predecible, Elena —dijo él, cortando su carne con una precisión que me hizo pensar en lo que esas mismas manos le habían hecho a mi captor en el almacén—. Pensé que dos meses de paz te habrían dado algo de perspectiva. —La perspectiva que me han dado es que eres un cobarde, Dante —solté, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco. El líquido roj

