+ El eco del portazo de Dante seguía retumbando en mis oídos mientras recorría el pasillo hacia mi habitación. Mis pies, descalzos y aún calientes por el esfuerzo en el salón de ballet, apenas sentían la frialdad del suelo de mármol. El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado que acaba de ver a su captor abrir la puerta de la celda. Entré a mi cuarto y cerré la puerta con llave, apoyando la espalda contra la madera tallada. Estaba jadeando. No era por el ejercicio. Era por él. —Maldita sea, Dante —susurré al vacío. Me miré las manos; las puntas de mis dedos aún conservaban la sensación del frío de sus guantes de cuero. Era una invasión. En dos meses de ausencia, había logrado convencerme de que este lugar era mío, de que el aire que respiraba no le pertenecía. Pero b

